por Xafier Leib´s
Hay algo que no funciona en este cuento. Puede ser la cantidad de verbos o de adjetivos. Pensándolo bien, tal vez no sea eso. La página debe estar mal configurada. También es posible que las teclas sean demasiado duras, dificultándome alcanzar una escritura fluida acorde a las ideas que van bajando de mi mente. Por otro lado, hoy tampoco estoy muy concentrado que digamos. Hay un sol hermoso afuera pero está fresco. Ideal para salir a caminar en lugar de estar encerrado entre estas tres paredes (en lugar de una cuarta hay un ventanal).
¡La silla! Estas malditas sillas de escritorio que tienen veinte palancas diferentes y uno nunca termina de regularlas para sentirse cómodo. Debería apagar la música. Divago demasiado, soy como un bebé cuya atención se posa en algo distinto cada diez segundos, o como aquellos pajaritos inquietos cuyo nombre no recuerdo en este momento. Esos pequeños. Tal vez una música tranquila de compases distendidos me ayudaría. Definitivamente no es un momento de gran inspiración. Debería estar haciendo cualquier otra cosa pero con toda seguridad, escribir no es la mejor idea. Encima esta planta (cuyo nombre desconozco) que amenaza con caer sobre mi cabeza y destrozarla por completo. Entonces seguro que ya no podré volver a escribir algo decente. Aunque también puede caerse sobre la computadora, escenario en el cual yo me salvaría pero dejaría de poseer mi herramienta de escritura, teniendo que recurrir a la hoja y la lapicera. O bolígrafo. ¿Cuál será la diferencia?
Sin dudas es culpa también del lector. Demasiada exigencia. Uno no puede estar todo el tiempo pensando en sorprender, en superarse constantemente. ¡No puede ser tan egoísta! Por este condicionamiento, hace veinticuatro líneas que no logro redondear una idea; lograr un concepto claro e interesante; alcanzar un desarrollo, aunque sea mínimo, de aquello que quiero contar y de lo cual, por el momento, no tengo la más pálida idea. Voy a cerrar la ventana. El frío me congela los dedos y eso me quita velocidad y espontaneidad. Mejor me abrigo y dejo la ventana abierta, así entra un poco de aire. Odio los ambientes cerrados con aire viciado y caliente. Me resulta imposible concentrarme cuando no puedo tomar una buena bocanada de aire puro. Y entonces no logro escribir, o escribo basura. Bueno, lo de puro es muy relativo. Además, después de tantos años en la ciudad, cuando respiro aire realmente puro se me seca la nariz. Ni hablar de cuando tengo hambre. Por tener que estar acá, tipeando y tipeando (palabra que aparentemente no existe en el español), no tuve tiempo ni siquiera para prepararme un sándwich (esta sí existe). Después, cuarenta minutos para llegar al consultorio del psicólogo, cuarenta y cinco de sesión (ni un minutito más) y otro tanto para regresar. Al ingresar al departamento la pantalla está negra. Hay sólo una luz amarillenta que cada tanto titila. Paso en puntas de pie al lado de la computadora, rezando que no se despierte, pero sin querer toco la mesa y el negro se convierte en un blanco resplandeciente. La hoja vacía. O mejor dicho una abstracción binaria de lo que sería una hoja. Y en el costado superior izquierdo (o derecho si uno está usando un idioma semita) está ese maldito cursor centelleando, esperando, como diciéndome: “¿y loco? ¿Vas a tenerme acá mucho tiempo más?”. Mucha presión. Apago la computadora. La enciendo. No tolero el sabor del fracaso. Trasnocho escarbando en mi mente. Caspa, algunos recuerdos por aquí, otros por allá. Repaso los acontecimientos del día. Nada interesante. Una receta perfecta para escribir un buen cuento malo.
xafier leib´s
Blog con obras literarias poéticas, poemarios y libros de poesía de relativa extensión. Se aguardan opiniones comentarios y sugerencias de los lectores.
Foto de Cartier Bresson
lunes, septiembre 10, 2007
Sólo un turista
por Ester Mann
Caminaba como si fuera un turista. O como suponía que pasearía un extranjero en cualquier ciudad del mundo.
Miraba las vidrieras, los edificios, trataba de no pensar en los nombres de las calles, simulaba no entender los letreros de los comercios ni la conversación que llegaba a sus oídos al pasar entre la gente.
La idea, muchas veces pensada y masticada, discurría casi inconsciente en su cerebro: ser un extranjero, vivir en un lugar ajeno y distante, que no le perteneciera y con el que no tuviera compromisos. Pero, como otras veces, al emerger a su conciencia, ese pensamiento lo angustiaba, lo atemorizaba y entristecía.
Sus abuelos habían sido exiliados. ¿No sería irónico que su generación volviera a irse, retornara al país del que ellos habían huído?
A pesar de todo, decidió seguir esa semana con la comedia para su propio solaz: no llamaría a nadie, hablaría solo en inglés y compraría exclusivamente comida y algunos regalitos.
Nunca había estado fuera del país, pero muchas veces se había imaginado recorriendo las calles de Londres o París, escalando algún pico en Sud América o tratando de descifrar carteles callejeros en China o Vietnam.
Encontró en un supermercado un largo baguet, queso camembert y un vino blanco de marca francesa. En el albergue guardó sus provisiones, se bañó y después de comer y de mirar las noticias en CNN, se fue a dormir.
Continuó con su farsa. Los días siguientes visitó museos, preguntó a los transeúntes por calles y lugares, siempre en inglés. En la playa trabó fugaz amistad con algunos jóvenes. Se presentaba como John, nacido en Zimbawe de padres holandeses. Pensaba que era difícil que alguien le hiciera preguntas sobre ese país.
El último día compró los típicos regalos: un candelabro, varias "jamsa" y algunos llaveros con forma de camello. Guardó todo en la mochila, se puso el uniforme, se colgó el arma del hombro y tomó el micro hacia la base de Samaria.
Cuando su hermano mayor fue a reconocer el cuerpo, recibió sus pertenencias: el enorme bolso con ropa sucia que había dejado en la base y la mochila, casi destrozada en el tiroteo.
-Fue una exploración de rutina- le había dicho el oficial. –No esperábamos resistencia.
La familia nunca comprendió porqué Yosef tenía en su bolso recuerdos de Israel, aún envueltos en su papel de regalo...
Ester Mann
Caminaba como si fuera un turista. O como suponía que pasearía un extranjero en cualquier ciudad del mundo.
Miraba las vidrieras, los edificios, trataba de no pensar en los nombres de las calles, simulaba no entender los letreros de los comercios ni la conversación que llegaba a sus oídos al pasar entre la gente.
La idea, muchas veces pensada y masticada, discurría casi inconsciente en su cerebro: ser un extranjero, vivir en un lugar ajeno y distante, que no le perteneciera y con el que no tuviera compromisos. Pero, como otras veces, al emerger a su conciencia, ese pensamiento lo angustiaba, lo atemorizaba y entristecía.
Sus abuelos habían sido exiliados. ¿No sería irónico que su generación volviera a irse, retornara al país del que ellos habían huído?
A pesar de todo, decidió seguir esa semana con la comedia para su propio solaz: no llamaría a nadie, hablaría solo en inglés y compraría exclusivamente comida y algunos regalitos.
Nunca había estado fuera del país, pero muchas veces se había imaginado recorriendo las calles de Londres o París, escalando algún pico en Sud América o tratando de descifrar carteles callejeros en China o Vietnam.
Encontró en un supermercado un largo baguet, queso camembert y un vino blanco de marca francesa. En el albergue guardó sus provisiones, se bañó y después de comer y de mirar las noticias en CNN, se fue a dormir.
Continuó con su farsa. Los días siguientes visitó museos, preguntó a los transeúntes por calles y lugares, siempre en inglés. En la playa trabó fugaz amistad con algunos jóvenes. Se presentaba como John, nacido en Zimbawe de padres holandeses. Pensaba que era difícil que alguien le hiciera preguntas sobre ese país.
El último día compró los típicos regalos: un candelabro, varias "jamsa" y algunos llaveros con forma de camello. Guardó todo en la mochila, se puso el uniforme, se colgó el arma del hombro y tomó el micro hacia la base de Samaria.
Cuando su hermano mayor fue a reconocer el cuerpo, recibió sus pertenencias: el enorme bolso con ropa sucia que había dejado en la base y la mochila, casi destrozada en el tiroteo.
-Fue una exploración de rutina- le había dicho el oficial. –No esperábamos resistencia.
La familia nunca comprendió porqué Yosef tenía en su bolso recuerdos de Israel, aún envueltos en su papel de regalo...
Ester Mann
sábado, agosto 04, 2007
UNO EN EL RIO

por Silvia Loustau
a federico
Por dentro, la casa no parecía la misma. Ahora se veía más oscura, mas chica que en sus recuerdos. Iba a preguntar por qué, cómo, pero vio a su hermano, allí, poniendo prolijamente una taza sobre cada plato, todo sobre una bandeja . Lo miró tomar la azucarera y llevarla a la mesita, y prefirió callar.
Al caminar , él arrastraba levemente la pierna izquierda. Entonces quiso saber qué, cuándo, y él dijo: un accidente.
−¿ Accidente? – Mariana se asombró–. Nunca me contaste.
Ricardo se encogió de hombros y dijo: para qué. Ella lo miraba. Como siempre. No había cambiado, hasta en eso parecía no haberle pasado los años. Y se preguntó si alguna vez había sido joven, o si, tal vez, de ser el niño que era cuando los sorprendió la muerte del padre, había saltado abruptamente a la madurez..
El se sintió observado, y levantó la vista. Estaba distinta. Los ojos pagados, ya no había rebeldía , ni entusiasmo , ni expresividad en ellos.
Se sentaron y por un momento el silencio llenó el vacío que había entre los dos . Una vida de palabras no dichas. De silencios impuestos, pensaba ella, cuando lo escuchó preguntar:
−¿ Por qué viniste sola? −
Mariana no le contestó. Sintió que no podía explicarle que esto era otra fuga. El volvió a preguntar:
−¿ Cómo es Tomás?
−Muy cariñoso, muy bueno− contestó y empezó a contarle todo lo que hacía, la Universidad, la última noviecita, sus salidas a escalar, y terminó con− todo lo que hace un adolescente, imagínate.
−No era lo que vos hacías ¿Te acordás? –
Pero ella cambió de tema. Le pregunto por sus hijas ,él no pareció escuchar e insistió :
−Se parece a Federico ¿ − y agregó − ¿ Sabe lo que pasó ´?
Jamás le hubiese ocultado la verdad, contesto ella tensa, aunque me duele que nunca hable del padre, que evite el tema. Como si nada le hubiese sucedido. Como si nada nos hubiese sucedido.
−Lo que está muerto, mejor enterrarlo – sentenció él
−¿Muerto y enterrado ´? .Lo asesinaron. Lo tiraron al río, contesto ella con furia y un leve temblor en sus manos. y quiso explicarle como ella había tratado de olvidar los detalles mas dolorosos, sin conseguirlo, como su imagen diciéndolo adiós, hasta pronto, volvía una y otra vez, empecinada, su imagen eternamente joven abrazándola y ella volviendo a sentir aquel calor dentro de si, pero Ricardo la interrumpió :
−¿ Se lleva bien con tu marido ¨?−
− Mejor que conmigo, reaccionan igual, son muy compinches – su voz sonó casi dolorida
−No te molestará eso, me imagino –
−No, como creer...− miró a su alrededor y se paró − La casa está distinta, no se, parece otra
−Hubo que cambiar algunos muebles y adornos, el resto está igual− se quedó callado. De pronto se incorporó y corrió las cortinas para que entrara más luz. Ella lo observaba. Lo sentía tan lejano
−Me parece increíble estar aquí sentada. En nuestra casa. Hace un tiempo que recuerdo nuestra infancia, que se yo nada en especial, pero momentos juntos.
Ricardo se dio vuelta y sin moverse del lado de la ventana exclamó :
−¿Te acordás el día que te fuiste ¨?−
Mariana dijo ,por supuesto y alzó la cabeza, mientras le preguntaba por qué.
−Yo también quisiera acordarme.
Volvió a darle la espalda . Ella comenzó a hablar, cuando él hizo un ademán con el brazo.
−Deja, no me expliques, ahora para qué .
Sonó el teléfono: La voz de Ricardo le llegó apagada desde el otro extremos de la casa. Mariana empezó a recorrer la habitación. Acariciaba con la punta de los dedos la superficie labrada de un mueble, cuando él entró . Ella le señaló las formas que sobresalían. Gárgolas de madera de grandes fauces abiertas pretendiendo devorarse a pequeños y desconocidos animales.
−Todavía me acuerdo el miedo que me daban cuando era chica .
−¿Miedo?¿Vos?
Ella lo miro y dijo,
−por qué no , qué tiene de extraño.
Se alejaba del mueble cuando el murmuró:
−No te recuerdo miedosa −se quedo unos segundos en silencio y agregó, con ironía− de chica y de grande menos.
Mariana no contestó. Respiró hondo antes de hablar.
−Nunca me aprobaste. Me aprobaron.
−Tampoco te importó− e hizo un gesto con la mano− ¿ Querés más café...?.
Ella asintió y agregó :
−Dejá lo hago yo.
Ambos fueron para la cocina. La luz entraba suavemente por la ventana
Mariana miró hacía el pequeño jardín y se sonrió.
−El níspero, el níspero todavía está.
Ricardo asintió mientras servía el café y tomando la bandeja dijo : −Vamos a sentarnos.
−Sabés, Ricardo, hace tiempo que recuerdo algo que nos pasó cuando éramos chicos, tendríamos diez años −se interrumpió para tomar el café− Hasta lo escribí.
Él la miro con una mezcla de sorna y furia.
−Qué, ¿ahora escribís?
−No, no, es una manera de quitarme la angustia, de aclararme las ideas...−parecía pedir perdón mientras explicaba.
−¿Y qué es lo que recordás?
−La vez que estábamos en el río, cuando casi nos ahogamos .
Ricardo se rió, por primera vez con ganas .
−¿Ahogarnos? qué decís, sí sabíamos nadar desde muy chicos. Lo soñaste.
−Pero no, acordate, esa vez que el río creció de repente...
Mariana lo miraba ansiosamente. El permaneció quieto, pensando, hasta que dijo:
−No, no me acuerdo de nada.
Ella bajo los hombros y murmuró: ¿cómo puede ser? Mariana se acurrucó en el sillón, los ojos entrecerrados. Su voz sonó tenue:
−Era domingo, me parece. Había mucha gente, familias, esos grupos que iban al club .
Ricardo la miraba con atención, había cierta expresión en la cara de ella, parecía elegir las palabras,. como si tuviera temor a equivocarse.
−Nos pusimos a jugar, como haciamos siempre, tirábamos agua, barro, hasta que no se por qué, tal vez nos cansamos y decidimos sentarnos y quedarnos de espaldas a la costa.
−Siempre mirábamos el horizonte, era más lindo, supongo. O tal vez era mejor así, y no ver otros chicos que tenían padre y...−se mordió el labio inferior.
Ambos se quedaron callados unos instantes. Ella volvió a hablar.
−El río empezó a crecer sin que lo notáramos, nos arrodillamos, después tuvimos que pararnos, entonces yo me asusté y empecé a pedirte que nos fuéramos.
−¿Y yo que hice? −Ricardo inclinó su cuerpo hacia ella.
−La orilla se veía lejos, vos no dijiste nada y empezaste a caminar, yo a duras penas podía seguirte, así que me tomaste de la mano y juntos hicimos toda la fuerza para vencer la corriente −respiró con angustia.
El atardecer había ocupado el interior de la habitación y ahora las facciones de ambos parecian borrosas. El se levantó y prendió una lámpara de pie que estaba junto al sillón de ella. Al hacerlo, le toco levemente el hombro, lo que la sacó de la ensoñación y continuó:
−Íbamos mirando hacia la costa que estaba llena de gente, no gritamos, no pedimos auxilio, ni siquiera hicimos señas.
Edgardo murmuró, no me acuerdo nada de eso y se quedo mirándola. Ella dijo:
−Tan significativo, no te parece.
El la miro sin entender.
−¿ Te acordás aquello de saber ser solo es no pedir ayuda?
−Mamá siempre lo decía, y con eso...? –frunció el ceño
−Nos lo marcó a fuego, aceptar la realidad ,porque no se cambia –
sacudió la cabeza– tal vez por eso me fui de boca , querer cambiar todo lo que creía injusto.
El endureció la cara y no dijo nada. Ella continuó:
−Fue algo terrible que no gritáramos socorro, nada, aceptamos eso como aceptamos la muerte de papá, por aquello de que la vida es así, que a la vieja no se le caía de la boca.
−Ya veo, mamá es responsable de todo −sonrió irónicamente.
−No digas pavadas y escuchame. Llegamos muertos a la orilla, nos tiramos sobre el pasto y no le dijimos nada a mamá, ni tampoco lo hablamos entre nosotros.
−A esa edad qué querías.
−¿A esa edad? A ninguna , jamás hablamos vos y yo.
Ricardo se paró. Bueno, dijo, empezó el psicoanálisis. Dio unos pasos y se volvió hacía ella:
−Hubo muchos momentos en que los hubiera necesitado... tenerlos cerca, quiero decir.
Ella levantó los ojos y extendió la mano para tomarle el brazo, pero él se alejó.
−Y yo, por ejemplo, hubiera querido saber que estabas viva.
−No `podía avisarles, Ricardo, era muy peligroso para mi y para ustedes.
−Peligroso para nosotros, claro, porque aquí , según vos, no hubo riesgos −Él agitó las manos− Aquí nosotros andábamos tranquilos, yo podía trabajar, todo estaba bien.
Se paró delante de la ventana y miró fijamente hacía la oscuridad de la calle. Mariana lo observaba, tenía las manos apretadas y la boca entreabierta.
−Para que hablar de esto −carraspeó y desvió los ojos de ella −Es ridículo, hace demasiado tiempo y además ya me olvide.
−Vos no olvidaste , Ricardo −y continuó −te aseguro que creia`que iba a volver enseguida. Tomasito estaba enfermo cuando recibimos la orden de volver. Federico se vino solo. Lo demás lo sabés.
−Además, cómo avisarte que mama ya estaba mal, que acá −Ricardo inspiró profundo− que acá la pasamos muy difícil, lo que tuve que hacer, cualquier cosa ,para poder vivir .
−Pero sólo fueron unos meses
−Qué decís, fueron años −dio unos pasos y volvió a toser.− Pero, por supuesto, la señorita no tenía que enterarse de nada, no había que preocuparla porque estaba lejos.
−Quiero decir que no tuvieron noticias mías por unos meses, después pudiste avisarme.
Él no contestó. Se hundió en el sillón con todo el peso de su cuerpo y prendió un cigarrillo. Exhaló el humo y le preguntó:
−¿Por qué no lo hiciste ¨? − Mariana insistió...
−¿Cómo es tu marido?
− Como todos. Te pregunté algo.
−¿Qué cosa?
Mariana se levanto y se acercó a él. Mirándolo a los ojos le dijo:
−Por qué no me aviste antes.
−Ah, eso− puso el cigarrillo en el cenicero−, mamá no quiso.
−¿Y vos? −había rabia contenida en su voz
−Yo qué...
−Vos esperaste casi treinta años, así podías echármelo en cara.
Ricardo hizo un ademán mientras decía, cuánta estupidez. Se quedaron callados unos minutos hasta que él habló :
−Mamá me hizo prometerle que no te diría nada. Que estaba enferma, que se moría... Eso, todo lo que nos pasó.
−¡Pero qué les pasó! – gritó ella.
−Te dije, ya me lo olvide...
Mariana empezó a pasearse por la habitación. Al fin se detuvo y sin mirarlo, murmuró :
− No vas a hablar, por supuesto.
El se encogió de hombros con los labios apretados.
−No entiendo de que sirve, para qué sirvió todo −Ella se había tomado la
cabeza con las manos.
Se quedaron callados. Afuera sintieron los ladridos de unos perros que pasaban por la vereda .
−Para qué tanto silencio –Mariana hablaba cerrando los ojos –te recordé todos estos años tomándome la mano en el río, siendo uno para sobrevivir. Y ahora esto. Se le quebró la voz.
−No llores, no vale la pena recordar.
−Cómo hago para no recordar que todo salió mal, que yo me quedé y a Federico lo mataron, cómo olvido la traición, Ricardo −le tomó las manos, casi gritando.
−Traición, qué decís – tuvo un sobresalto imperceptible, mientras se
soltaba.
Ella se refregó los ojos con el dorso de la mano y se puso a buscar en la cartera.
−El pañuelo, me olvide el pañuelo, justo ahora −levantó la vista y tendió la mano−, prestame el tuyo.
Ricardo sacó del bolsillo el pañuelo celeste y se lo dio. Ella se secó la cara y lo retuvo entre las manos. En su boca apareció una sonrisa leve.
−Siempre te pedía el pañuelo, te acordás?
−No fallabas, no había recreo que no vinieras a pedírmelo – su cara se
había distendido−. Cómo me fastidiaba que me lo devolvieras todo mojado.
−Y mamá todas las veces me preguntaba si lo llevaba en el bolsillo, pobre vieja− empezó a llorar suavemente−, por que no me avisaste que estaba enferma...
Ricardo se levantó del sillón y buscó un paquete de cigarrillos. Antes de prender uno, le dijo:
−¿Sabés? me estoy acordando de algo.−
−¿De qué? −Mariana lo miró .
−Del río, me acuerdo que siempre que íbamos vos te retrasabas, juntabas bichos, piedras, te ponías flores en el pelo.
−Y vos me protestabas todo el camino, apurate, apurate, Mariana, tengo calor, se nos hace tarde −empezó a sonreír.
−Y la escalera, ¿te acordás de la maldita escalera que teníamos que bajar hasta el balneario? −Ricardo soltó una carcajada−.
La de los mil escalones y subirla después, cuando regresábamos muertos de cansancio, siempre tarde porque nos quedábamos hasta que el sol se iba.
Aún se reía. De pronto se dio un golpecito en la frente. Se levantó y fue hasta un mueble. Abrió el cajón y sacó algo que escondió detrás de su cuerpo, mientras volvía al sillón. Entonces le dijo:
−Mirá lo que tengo aquí −y le mostró un álbum con tapas de cuero, de aspecto algo raído− Lo encontré hace poco, metido dentro de un placard.
Mariana abrió sus labios en un gesto de asombro y murmur: no lo puedo creer.
−Sentate acá, al lado mío –le hizo un gesto con un brazo– fijate esta foto en que estamos los dos de la mano, la ropa que nos habíamos puesto.
−Es de Carnaval, no ves que estás disfrazado de soldado, yo de india, mamá los había cosido, ganamos un premio en el Corso −siguió sonriendo mientras decía: nuestro álbum de fotos, lo guardaste. Y empezó a recorrer las hojas.
martes, julio 31, 2007
Muere a los 94 años el director de cine Antonioni

El cineasta italiano fallece en su casa de Roma donde residía con su mujer, Enrica Fico
El director italiano de cine Michelangelo Antonioni ha fallecido a los 94 años de edad, según ha confirmado su familia.
Antonioni murió a las ocho de la tarde de ayer en su casa de Roma, donde residía junto a su mujer, Enrica Fico. El cineasta sufría dificultades para hablar y desplazarse tras sufrir una parálisis cerebral en 1985.
El Ayuntamiento de la capital italiana acogerá la capilla ardiente con sus restos mortales. El entierro se celebrará el jueves en Ferrara, al norte del país, donde el director nació el 29 de septiembre de 1912.
Entre la filmografía de Antonioni destaca su película Blow-up, premiada en el festival de Cannes en 1967, basada en un relato del escritor argentino Julio Cortázar, en la que se narra la vida de un fotógrafo en Londres que descubre un asesinato a través de sus fotografías.
Antonioni fue en primer lugar crítico de cine en un estudio local antes de llegar a Roma donde cursó estudios en el Centro Experimental del Cine y colaboró en el Estudio Cine, considerados como centros culturales de resistencia al fascismo.
En 1942 en París, trabajó de ayudante de Marcel Carné y posteriormente colaboró con Roberto Rossellini. En 1950 rueda su primer largometraje Crónica de un amor. Su estilo se afirma en su trilogía La Aventura en 1960, La noche, 1961 y El eclipse, 1962, interpretada por Monica Vitti, su actriz talismán, su compañera y su musa durante una decena de años. Su consagración la alcanza con Blow-up.
Antonioni fue homenajeado por el cine italiano a los 90 años, en septiembre de 2002. Estos últimos años, muy limitado por la enfermedad tras la parálisis cerebral, se había refugiado en el mundo de la pintura y logró exponer algunas de sus obras en Roma el año pasado.
domingo, julio 29, 2007
COMO POR AGUA
Paredones tremendos de tierra herida que otra vez devuelven más agua. Picó el corazón y atravesó la cascada. No llega y la fuerza voltea. Un pájaro más, que moría en donde la naturaleza manda hacer los nidos detrás del agua..
Dijeron por años que al hombre, para que anduviera, le tiraron agua sobre tierra. Lo dijeron hasta que la evolución lo hizo pararse en la dignidad de dos patas, arma en mano buscando con qué sostenerse. Y el hombre sigue mirando morir el pájaro. Pocos saben su nombre de catálogo, cuántos infinitos años prevaleceo en su tenacidad, cuántos años el hombre quisiera ser pájaro y atravesar una de las cataratas más grandes del mundo. Así sucede con las palabras. Sacudón feroz que no atrapan los ojos ni un segundo del estallido. Y el sol que mira y deja que el agua lleve.
Así sucede con las palabras. Paredones tremendos que la voz y el papel devuelven y cuando al entendimiento llega a nada, han de escaparse por el agua. Tendal de idiomas fundidos en color plata.
La palabra, el idioma, la voz, verdadero aire que lo hace respirar, milagro que lo revela y lo rebela. Lo identifica. En un nombre o en varios...
- ¿Sabe usted el nombre, señor, de ese pájaro que se estrella contra semejante catarata?
- Acá le dicen “negritos”, lo hacen para preservar sus crías. Los que lleguen, también lo harán por siglos. Ni el ruido de algunos helicópteros los espanta.
Sílabas inconclusas para quién no entiende semejante voracidad de palabras. Y el agua cae como un inmenso manto de historia, barandas de arco iris y gotas que salpican la cara.
Mercedes Sáenz
Dijeron por años que al hombre, para que anduviera, le tiraron agua sobre tierra. Lo dijeron hasta que la evolución lo hizo pararse en la dignidad de dos patas, arma en mano buscando con qué sostenerse. Y el hombre sigue mirando morir el pájaro. Pocos saben su nombre de catálogo, cuántos infinitos años prevaleceo en su tenacidad, cuántos años el hombre quisiera ser pájaro y atravesar una de las cataratas más grandes del mundo. Así sucede con las palabras. Sacudón feroz que no atrapan los ojos ni un segundo del estallido. Y el sol que mira y deja que el agua lleve.
Así sucede con las palabras. Paredones tremendos que la voz y el papel devuelven y cuando al entendimiento llega a nada, han de escaparse por el agua. Tendal de idiomas fundidos en color plata.
La palabra, el idioma, la voz, verdadero aire que lo hace respirar, milagro que lo revela y lo rebela. Lo identifica. En un nombre o en varios...
- ¿Sabe usted el nombre, señor, de ese pájaro que se estrella contra semejante catarata?
- Acá le dicen “negritos”, lo hacen para preservar sus crías. Los que lleguen, también lo harán por siglos. Ni el ruido de algunos helicópteros los espanta.
Sílabas inconclusas para quién no entiende semejante voracidad de palabras. Y el agua cae como un inmenso manto de historia, barandas de arco iris y gotas que salpican la cara.
Mercedes Sáenz
La Colección

por Margalit Matitiahu
A
Guardaba su colección de bolsas de plástico en el ropero, plegadas y perfectamente ordenadas una sobre la otra. Las guardaba celosamente, lisas y a colores, grandes, mediana y pequeñas, bolsas que fue juntando en sus compras en grandes almacenes o en tiendas pequeñas. Coleccionaba bolsas que traía de sus viajes al exterior. Las guardaba en una gran bolsa que tenía su estante especial, privilegiado.
Cuando escogía una bolsa para que la acompañe por la calle, sabía que los transeúntes identificarían fácilmente el origen de la bolsa y comprenderían que estuvo en Londres o en París. Letras rojas anunciaban sobre el fondo claro "Top Shop", letras verdes proclamaban "Benetton" o "Marks and Spencer".
Siempre escogía la bolsa que mejor combinara con su ropa, que tuviese algo de los colores de su falda o de su camisa. Durante el invierno las combinaba con su manto largo y negro. Cuando alguien de su familia le pedía una bolsa para cualquier fin, buscaba en la montaña de bolsas dobladas tratando de encontrar alguna que ya estuviera arrugada, desteñida o que hubiese sido usada mucho y estuviera por romperse. Nunca daba una bolsa que tenía mucha vida por delante, con mofletes sonrientes a todo color. Mientras se agachaba sobre las bolsas que crujían entre sus dedos, sus familiares permanecían a su alrededor, esperando y observando el dilema, cuál de las bolsas iría a recibir el permiso de salir de entre sus manos.
¿Cómo se contagió de tal locura?
Cuando se casó con él escapó del carácter obsesivo de su padre pensando que podría llenar lo que la faltaba, soñando en una relación que nunca se dio, y el cuerpo se cansó. De noche reducía su cuerpo en el extremo de la cama, y con lo que le quedaba de fuerzas trataba de encontrar algún filo que la conectase con sí misma. La relación con él se fue aflojando, el silencio en casa era interrumpido sólo por sus gritos y ella se encerraba en su habitación, arreglando una y otra vez las bolsas de plástico tan bien ordenadas, acariciándolas como si fuera un acto mágico.
B
Todavía recordaba la colección de bolsas de su madre. Recordaba las bolsas marrones, plegadas una por una sobre la alacena abierta de la cocina. La alacena colgaba de la pared, hecha de una red fina como una pantalla semi-transparente. Los estantes de madera estaban sostenidos en el costado y dos pequeñas puertas caladas se abrían de par en par. Un pequeño gancho las cerraba.
A veces las bolsas le servían a su madre de refugio para las cuentas, que quedaban ahí hasta que había dinero. A veces se utilizaba una de las bolsas para guardar fotos que no llegaban a ser ordenadas en el álbum. En ciertas bolsas se guardaban viejas cartas y postales. Cuando la nostalgia vencía a su madre, sus bocas se abrían y emitían fragmentos del pasado.
Del pasado surgían momentos de ocio mezclados con angustia, recuerdos que la transportaban de vuelta a su madre. Su nombre pronunciado en la tienda de ropa "Moda Jersey" hacía aparecer en su paladar la dulzura del chocolate de aquellos días, el susurro de bolsas, un poco de sentido de importancia y luego el escalofrío de la vergüenza.
Cuando comenzaban las ventas de fin de temporada, sea de verano o sea de invierno, acompañaba a su madre. En su cartera vacía había un papel doblado con la lista de tiendas que le daba el el prestamista-usurero. Una vez al mes venía a lo de su madre a cobrar las liras sudadas anotadas en su libreta a cambio de la ropa. Su padre siempre se quejaba del despilfarro de las pocas liras que provenían del sudor de su frente. Liras que se gastaban en aquellos "trapos" por los cuales la dueña de la tienda lograba sacarles el dinero, pretendiendo que les vendía la última moda.
En "Moda Jersey" en la calle Allenby había aquel olor especial de ropa nueva. Escogían la tienda de la lista por el buen trato que ahí gozaban. La ropa estaba hecha según la moda. El lugar les proporcionaba cierta alegría, preciosa aunque de corto plazo.
Se medían la ropa, una falda, un vestido. Alfileres marcaban el ruedo o la cintura. La vendedora las colmaba de piropos, sonriendo con sus abundantes mofletes, ruborizados por el maquillaje exagerado, marcando su falso asombro ante la supuesta belleza de la prenda que tan bien quedaba, que era un crimen no comprar. Y ahí comenzaba el regateo. Y después de tomada la decisión de cuál prenda comprar, su madre sacaba el papel de su cartera, el papel que le daba derecho a comprar sin pagar en efectivo.
Juntaba todas sus fuerzas, tratando de evadir a su madre y a la vendedora que las había dirigido a la dueña de la tienda, en sus ojos la mezcla de ira oculta, piedad y rechazo.
La dueña era una mujer agradable de buena expresión y de ojos claros y cálidos. Con un leve movimiento de cabeza señalaba que el acuerdo iba a ser honorado y recibía el cupón que su madre firmaba, aprobando el valor de la compra.
Mientras esperaban que las prendas fueran modificadas, les convidaban un excelente chocolate en tabla que dejaban recuerdos en su paladar hasta la próxima compra. Al volver las prendas de la costurera, aparecía la gran bolsa blanca de papel de calidad, crujiente, que a veces tenía franjas de colores. La dueña de la tienda doblaba la ropa con esmero y cuidado, como si fueran sus hijos acabados de madurar y por salir al mundo, independizados.
Al llegar a casa, sacaban la ropa de la gran bolsa de papelx y su madre la plegaba en pliegues prolijos para que no se arrugara, y luego la añadía a las bolsas cuyas bocas repletas de secretos se abrían, se cerraban, crujían mágicamente esperando la próxima vez.
C
"El Horno de Bolsas". Así llamaba a la minúscula fábrica de bolsas de papel. La puerta de la fábrica daba a la acera. Bolsas marrones, pequeñas, medianas y grandes. Adentro, la oscuridad parecía infinita, quizás por el techo alto y oscuro. Los vapores de la goma flotaban hacia la calle, haciendo cosquillas en su nariz. Parada ante la puerta, su mirada quedaba fija hacia el interior y el tesoro de bolsas ordenadas por tamaño. El hombre usaba una gorra blanca y un delantal sucio de pedazos secos de goma, que cubría su ropa azul. El lugar encerraba un misterio.
Si sólo pudiera brindarle un poco de felicidad a su madre dándole una cuantas bolsas de papel, nuevas, lisas, de todos los tamaños, en vez de las bolsas viejas que acumulaba una por una, arrugadas, a veces puestas a secar bajo una piedra en el alféizar de la ventana de la cocina, antes de ser plegadas y guardadas. Tanto quería alegrarle. Si su madre supiera, su madre ya fallecida, cuántas bolsas de papel hermosas, lisas, de colores tiene ahora en su casa.
D
Sus hijos nacieron uno tras otro. Cuando crecieron sus horas libres aumentaron. Fue una clase de alfarería donde amasaba lo acumulado en su alma, volviendo a casa leve como una pluma.
Una tarde estaba con algunas amigas en un café. Una conversación casual, chismes que iban y venían. Ella permanecía callada, observándolas, de vez en cuando trataba de decir algo y ellas seguían en lo suyo... Y la bolsa de plástico apareció ante ella, envolviéndola de magia, llevándole más allá... a un lugar con otras personas, donde su voz suena clara y sus palabras son oídas, y todos están atentos, sonrientes, y ella les sonríe y la taza de café toca sus labios y ella sorbe, y los sonidos de la música se mezclan con las voces mágicas y ella se encuentra con la música, sonriente, sonriente... Y de repente todo se corta y cae un silencio pesado... sus amigas la miran atentamente, no entienden sus sonrisas que nada tienen que ver con la conversación, y ella se levanta, les agradece el café y se disculpa. Camina mucho tiempo, transita por las calles hasta la puesta del sol.
Cuando su tercer hijo estaba por dejar la casa, empezó a trasladar las pertenencias de su habitación. Ella lo ayudaba, cargando objetos, agitada sin comprender porqué. Luego se vio mirando las puertas de las habitaciones de sus hijos, que habían quedado casi vacías, desiertas.
El silencio se apoderó de la casa, que quedó sin señales de alegría.
Se fue a su habitación, se miró en el espejo. El pelo corto le devolvió algo de su imagen juvenil. Un impulso repentino la llevó a medirse viejos vestidos que colgaban en el armario. Los vestidos de antaño se apilaron en una silla hasta que escogió uno que le sentaba bien, que hacía lucir su cuerpo. Luego se maquilló, una tenue sombra para las pestañas y lápiz de labios rosado que acentuó su boca.
Así salió a la calle, revisando vidrieras, viendo su reflejo en los vidrios. Enderezó sus hombros y ocultó su vientre flácido, y siguió andando. Se compró dos vestidos, una falda y un par de zapatos, y todas las prendas le fueron dadas en bellas bolsas de plástico, bolsas de colores, lisas, crujientes, que sus dedos sintieron suavemente. Algo en su alma cantaba. Esperó hasta la tarde, que su esposo regresara... quería sorprenderlo.
¿Qué le pasó? ¿De dónde tanta alegría? Los niños han dejado la casa y ella está cantando, comprando ropa y zapatos y... las palabras la azotaron como un látigo. La voz de su esposo que tronaba. Su cuerpo se dobló en dos. Mecánicamente recogió la ropa y se tragó las explicaciones que nunca tuvieron la oportunidad de ser dichas. Se alejó de él y se encerró en un su habitación. Daba vueltas como en una nube. Dando pasos de baile se acercó al armario, lo abrió y sacó todas las bolsas del estante, abrazándolas, acercándolas a su pecho y luego extendiéndolas sobre el piso como si fuera una alfombra brillante, multicolor. Luego se acostó sobre la cubierta de bolsas, revolcándose en el material blando, liso, frío, agarrándolas con todo su ser para colmarlas de sus lágrimas.
E
El verano se alargó hasta llegar a su fin, dejando entre las paredes de la casa días pesados de silencio. El verano se fue y llegó el invierno, cerrando las ventanas del espacio en el cual su vida se había congelado.
Los días pasaron. Una mañana, salió de su casa temprano y volvió muy tarde, con una bolsa de colores, una bolsa nueva sx. Abrió la puerta y su cuerpo quedó paralizado. Un relámpago le quitó la vista, su cuerpo empezó a temblar. En el centro de la sala había una montaña de tiras de colores, suaves y brillantes, tiras que se movían solas, como un a cuerpo con vida, y las tiras parecían brazos que la llamaban...
Parada ante sus bolsas sintió que se desprendía de la realidad hacia la nada, flotando en el espacio, acurrucada entre las tiras que se movían, como si estuviera entre capas de algodón, aislada... Y cayó como una piedra sobre la realidad del piso de la sala.
Rindió homenaje, un minuto de silencio. Luego echó una última mirada hacia las tiras multicolores que habían quedado sin vida y colocó la bolsa nueva que había traído.
Recogió su sombra, y se marchó.
miércoles, julio 04, 2007
Dos cuentos breves de Mercedes Sáenz

Comezón de la cuarta letra
Sacudían los dedos cada mañana como si se tratara de secarse agua al aire. Siempre la impaciencia los detenía en la cuarta letra. Hay quién prendía velas para empezar a escribir o elegía fechas que pocos conocían. Otros, en esa familia de escritores, se perpetraban detrás de prolijos sistemas de ocho horas ante una bocanada de humo blanco de silencio, que les tapaba las ideas. Ellos, no.
¡Ay! Con esa cultura que cada tanto les tomaba examen. Padre y madre sin cuotas de disculpa pedían una hoja por día. Doblá la seriedad, debés de acortar el dobladillo del texto final, demasiadas ideas de zurda, más abajo se desboca el potro, doble juego de palabras repetidas totalmente prohibidas aunque la sonoridad del oído las pida. No dibujes un personaje que no puedas sostener, ¿dónde está el héroe de ésta historia.? Depender del diccionario lavarropas, palabras recién planchadas que volverían a arrugarse en la frente. Ellos, no.
¡Ay! Que escribir era un juego de pasada cuando hacían el colegio. Que escribir en la facultad los llenó de unos y de ceros juntos. Que en los versos se derretía la libertad tan placenteramente, nadie podía discutir su sentido.
- Hoy empezamos el abecedario al revés, cuando vos digas basta, te digo en que letra estaba pensando y arrancamos con ésa, ¿dale?
Salió la doble v.
En una sola computadora escribieron “nos vamos a fabricar ropa”, esperando que no se cortara la luz. Cuatro generaciones
¡Ay! Otros no tuvieron tanta suerte...
Pequeños escapularios
Verde espeso, color de abundancia, fortaleza de sus sombras. El sol que parece universal. La selva no permite el paso de nadie, sólo los que reptan o los que volando pueden estar bajo ese cielo o elegir otro. Cualquier colectivo avanza por un camino bastante prolijo que hizo el hombre, para llegar hasta un final dónde las aguas ya no pueden dividirse, se acaba la tierra y estallan rabiosas en enormes cataratas. La belleza bordea con uno y el cartel amarillo, dibujos de ciervos posibles, entona música de aparente armonía.
Refugios de madera, instante en que lo ajeno a la selva se detiene. Pequeñas ciudades de niños indios con enormes canastos a cuestas, suben con cierta dificultad.
Descalzos de uno y el sol que parece universal. La ropa poca, las bocas de decir una expresión contenida. Las manos que trabajaron no todo el talento que saben, bajas. Dentro de las bolsas, sólo lo que de artesanías se quiere oír. Y con escapularios. Permisos ensobrados en plástico, colgando del cuello, pasaporte para circular.
No hay lugar donde sentarse. Los paquetes grandes ocupan lo que no pueden moverse y ellos, se apoyan cómo los árboles flacos contra los caños. Cómo los árboles flacos en su altura intentando buscar el sol que parece universal.
Arcos pequeños, flechas lustrosas, collares con los colores más lindos, en pequeña escala para las artesanías que se quieren oír.
Llegan al destino que el plástico autoriza y sobre una manta de colores de burla ordenan esos momentos alguna vez cotidianos, para que el turista lleve como presas de un tiempo, cuando la foto digital no es suficiente.
Me senté en el suelo distanciando un respeto de su manta, con las pocas palabras sueltas que sabía en guaraní. Nunca dijeron una palabra. No colgaban ahora los escapularios y el sol parecía universal.
Mercedes Sáenz
miércoles, junio 27, 2007
YO SOY BORGES

Ester Mann
Estimada seňora Ester Mann:
Durante veinte aňos he redactado esta carta de cien maneras diferentes, pero recién hoy, después de tanto tiempo, me he decidido a escribirla.
Antes de presentarme, debo decirle que conozco y admiro su trabajo de periodista. Todas las semanas leo con atención el suplemento literario del diario en el que usted escribe y nunca me ha defraudado... Sé tambien que su especialidad es la obra de Jorge Luis Borges y esto es lo que me impulsó a escribirle. Creo que es usted una persona seria y espero que lea esta carta hasta el final aunque le parezca un delirio de viejo, de viejo, sí, ya que esta semana cumplí 89 aňos.
Mí edad me ha obligado a escribirle. Ya no me queda mucho tiempo y mi imaginación trabaja sin descanso. Me asusta pensar que moriré sin que nadie sepa la verdad, sin que nadie sospeche que el Seňor Borges no fue el verdadero autor de toda la literatura que se le atribuye.
Pero me estoy adelantando... Me arriesgo a que usted haga un bollo con este papel y lo tire al canasto.
Me llamo Jacinto Chiclana (sí, no se asombre) Nací en Buenos Aires en 1915 y mi vida fue normal hasta los 20 aňos. Ahí cambió todo: una maldita noche de juerga maté a un hombre. Por diversas circunstancias que no hacen al caso, me internaron en el Vieytes, donde transcurrió la mayor parte de mi vida adulta, hasta que en el 85 un mediquito joven y con ganas de cambiar cosas me dió el alta. Desde ese momento intenté contactarme con Borges, pero él ya estaba enfermo, al poco tiempo se fue del país y no pude hablarle.
Siempre me gustó escribir, ya desde chico escribía cuentos y obritas de teatro, en la adolescencia poemas y ensayos. No pensaba en esa época que mis trabajos tuvieran algún valor, simplemente escribía... Estudiante de ingeniería en la Universidad, mi futuro estaba encaminado a la construcción, no al arte. Pero, cuando mi destino se desplegó, convirtiéndose en adversa realidad y me ví internado en un manicomio, con la alternativa de salir de allí para ir a parar a la cárcel, la escritura fue mi refugio, mi única posibilidad de olvidar el medio que me rodeaba y amenazaba convertirme en un loco de verdad. Tambien influyó el estímulo constante del poeta Jacobo Fijman...
Todo esto a usted no le interesara pero debo aclarar loshechos para que no queden dudas en su mente. Por los aňos 40, apareció en el loquero un periodista de cierto renombre, con la idea de escribir una serie de artículos sobre la vida de los pobres infelices del Borda... Si, como usted ya supone, era él, Borges.
Me llevó varios meses acopiar el valor necesario para hablarle y entregarle algunos manuscritos. El me trató con mucha amabilidad, prometió leerlos y darme su opinón.
En una posterior visita me detalló el interés de su editor por mis trabajos, instándome a continuar.
Yo ya me veía publicado, entrevistado, viajando por el mundo para presentar mis libros: libre...
Por supuesto, no fue así. Mi noción del tiempo en esa época era muy difusa: recibía cada quince días, como todos los internados, electroshocks. Sumado a la cantidad de sedantes con que nos atiborraban diariamente, vivía en una especie de nebulosa y no percibía cuánto tiempo transcurría entre las visitas del periodista. Cada vez que llegaba, le entregaba nuevos manuscritos y recibía a cambio nuevas promesas y confirmaciones...
Concretando: el famoso cuento “El acercamiento a Almotasin” que figura en todos los manuales como un ejemplo de ficción y que analiza un libro inexistente es en realidad una obra que el Sr.Borges escribió basándose en mi manuscrito de igual nombre. ¡Sí! Yo escribí “El acercamiento...” y este ilustre escritor lo evaporó, publicando la crítica de un libro presuntamente imaginario. ¡Cómo fue admirado! Y yo sumido en mi ignorancia, esperando ver los resultados de sus gestiones. Hoy pienso que cuando, en una entrevista, Borges afirmó que él escribe para sí mismo, y continuaría haciéndolo aunque nadie lo leyera, seguramente pensaba en mí.
Así podría continuar dando ejemplos, pero la falta de pruebas de lo que afirmo me frena. En efecto, no tengo forma de demostrar lo que asevero: entregué los originales a Borges y nunca me los devolvió... Han pasado muchos aňos y todas las personas involucradas han muerto: médicos que me veían escribir, enfermeros que fueron testigos de mis entrevistas con este señor, familiares con los que compartí mis esperanzas...
Para demostrar mi sinceridad debo aclararle que el lenguaje que caracterizó a Borges no es el mío. En efecto, confieso que él pulió mis cuentos y fantasías otorgándoles su propio idioma, agregándoles citas en latín, francés o inglés. Yo no era un hombre tan culto. Sólo contaba con la educación escolar y universitaria además de la lectura de todo cuanto caía en mis manos. Pero, de todas maneras él tendría que haber compartido conmigo su gloria. Despues de todo, yo le dí ideas y argumentos que lo llevaron a la notoriedad. ¿Alguien puede recordar qué escribió Borges antes de 1940? ¡Por supuesto que no! ¡Sus ensayos y artículos periodisticos hubieran muerto de vejez mucho antes que él!
Antes de terminar mi carta le aclaro que durante todo el tiempo de mi internación nunca supe que Borges se había convertido en un escritor reconocido mundialmente: siempre creí que seguía siendo un periodista. En 1985, cuando quise conectarme con él, me dirigí al diario en el que él había colaborado cuarenta años atrás, ahí me enteré quién era Jorge Luis Borges y empecé a leer su obra una y otra vez... Créame que la conozco de memoria...
A esta altura, usted se preguntará qué es lo que quiero... bueno, no mucho... Desearía tan solo que venga a verme, que me entreviste, que publique en su diario el resultado de la conversación y las conclusiones a las que ha llegado. En fin, deseo, finalmente, compartir con alguien este secreto que ha angustiado mi vida en los últimos veinte años. El reconocimiento del mundo, aunque fuere a través de una sola persona: usted, sería un consuelo y me permitiría morir en paz. Quedo a la espera de su respuesta con la expectativa de ser comprendido,
Suyo, Jacinto Chiclana
Pasaron algunos días, terminé algunos trabajos que tenía entremanos y me acerqué a la dirección que Chiclana me indicó. Me abrió la puerta una mujer joven que dijo vivir en esa casa desde hacía unos meses. No conocía al Sr.Jacinto Chiclana ni había oído nunca su nombre. Me dirijí a la casa vecina y allí tuve más suerte: habían conocido al anciano señor Chiclana, pero éste había muerto varios años atrás. Al mostrarles el sobre con el sello de correos del mes anterior me miraron perplejos: no sabían nada.
Volví a mi oficina; no compartí con nadie este asunto. No quería ser objeto de las cínicas burlas de mis compañeros que siempre me acusaban de ser una pobre ingenua. Tampoco me decidía a hacer un bollo y tirar la carta a la basura. La guardé en una carpeta y pretendí olvidarla. Pero no podía; una y otra vez la revisaba para comprobar la fecha del sello de correos.
En diciembre de ese mismo año, cuando el Director del diario me pidió algún artículo para el Día de los Inocentes, sin pensarlo, siguiendo un impulso irrefrenable, publiqué la carta. ¿Debo decir que en Navidad recibí un triple aguinaldo como premio a mi originalidad?
Una vez más, alguien recibía los laureles que pertenecían a Jacinto Chiclana...
© Ester Mann
jueves, junio 07, 2007
El día que fue mañana
por Andrés Aldao
Siente la ráfaga, percibe una inquietud sin identidad que revolotea en el aire. La nada parece insinuarle algo. Profecía sin cara que lo azuza en los últimos meses. Esa mañana fue una inquietud más cercana. Allí está; precisamente como una ráfaga entretejida en intrigas y suspensos que sigue sin decirle nada. Suena el teléfono. Lo observa, e intuye que es como la génesis... ¿De qué? No tiene tiempo de penetrar en sus reflexiones.
–Hola
–¡Reventó! ¡Voló como escombros sobre el techo!
–De qué mierda me estás hablando, Cura...
–¿No escuchaste la radio? ¿Eh?
–Que carajo querés a las ocho y media de la mañana, Habláme claro...
–Esta mañana voló en el Tigre el yate en que que viajaba Villar.
–Conchudos de mierda,,, ahora se viene la maroma... boletearon a un guacho rabioso pero no terminaron con la rabia. Puta madre, Cura, y me lo decís por el tubo... ¡chau!
Apacible; un término que recuerda pastoral, estado de desgano. Se hallaba en el pequeño cuarto que le servía de laboratorio. Tiene delante la bandeja de revelado: una imagen borrosa va tomando forma en el fondo mientras lo agita con la pinzeta. Un helicóptero en vuelo aparece sobre el papel.
Miró la hora: las tres menos diez de la tarde; de una tarde de feriado, apacible. Esa hora tan corriente de una tarde apacible de un día feriado iría a ser el preludio de un cambio irreversible. Como lo blanco que se convierte en negro. La vida, en muerte. La libertad, en Triple A y exilio.
El timbre. Intuye. Se acercó a la mirilla y allí estaban, en abanico, con sus metralletas listas y susurrándose disposiciones de combate. Ninguna duda. Comprendió en el acto que venían por ellos. Fue corriendo hacia el patiecito y se tiró a la planta baja. Quiso fugarse para llamar la atención. No llegó muy lejos.
* * *
Reflexiona en la soledad del dos por dos tirado sobre un jergón mugriento, condenado a compartir la soledad, los presagios y el temor de tantos otros, anteriores huéspedes. Habrán tiritado – pensó –, empapados por el miedo de lo que vendrá; o urdiendo historias pueriles de inocencias cándidas y más pueriles aún.
Las tinieblas, el silencio – roto por voces y sonidos o roces que evocan la cotidaneidad recién perdida – amedrenta. Aguardando; al acecho, Atrapado en el no saber, a la espera de lo inevitable (¿qué es, qué será lo inevitable?). Haciendo votos de heroísmo de fanfarria, acosado por la angustia del no saber, del de qué se trata contiguo, inmediato.
Está en sus manos. ¿Verdad absoluta o relativa? En una celda de dos por dos abarcada por tinieblas sobre un jergón tirado en el piso de cemento. Ellos... Los que van a disponer de su presente; el ahora – que ya se va –, y lo que ignora e imagina. Lo que vendrá luego. Y a la espera de ese luego, la mente sigue lúcida a pesar de la mugrienta venda que lo ha sumido en una oscuridad de amenazas sin caras ni formas. Aguarda. Resignado – pero no vencido –, se repite entre las sombras, densas, del dos por dos. Piensa en las próximas horas; las percibe cercanas y recurre a subterfugios de la mente. Pretextos que lo consuelan o lo abruman. Sabe que está en sus manos; que no tiene posibilidad de decisión; que su voluntad está cercada, aunque que crea disponer de ella para decidir – o elegir – las respuestas. Sólo le queda – si le queda – la conciencia de no entregarse. De todos modos se percibe perdido; está en sus manos; una manos que van a destrozarlo y buscarán quebrarle el temple que aún conserva, aferrado en esas primeras horas. Incertidumbre...
Después de darle “entrada”, quitarle lo que llevaba encima y arrojarlo a la soledad para el ablande, le dan tiempo – ellos no lo saben: suponen lo contrario – para elegir las coartadas o abismarse en la profundidad del terror. Juegan con ventaja; tienen la fuerza, dominan la situación, lo tienen aislado para acrecentar la angustia, los miedos. O evitar la relación con el otro mundo, el que existe fuera de la celda oscura y hedionda.
Piensa en los hijos. En el más pequeño de quince días; y en ella, en la amiga de ojos verdes – ausente en el interín –. Su fantasía es un ruego. El ruego un sueño. Tal vez pudo escabullirse... Y entonces, ¿cómo evitará el largo brazo de la persecución…? Se le ocurren ideas que desecha; piensa en la rutina que ya no va a recobrar. En el “Holandés”, el viejo director de la revista, en las notas que quedaron sobre el escritorio. En la vida del otro lado que prosigue imperturbable y de la que lo han excluido. Es una certeza: lo que hay del otro lado no le pertenece. El mundo que no transitará por bastante tiempo. O nunca más...
Continúa la espera, la pausa agobiante que usan para quebrarlo; para que no atine a saber o intuir. Todo el reciente pasado, las próximas horas que deberá enfrentar con algún pretexto creíble, al que tendrá que ajustarse a pesar del aprete, la picana y los golpes. Cierra los ojos; contempla señales en el cemento, las recorre una y otra vez mientras la mente se acelera... cómo llegaron a mí cómo llegaron a mí cómo llegaron a mí.
Nunca dar un nombre... ni siquiera inventado. Entre datos que bailotean y evocaciones que asume, borra de la mente nombres y lugares del cercano pasado. Han muerto, los han demolido, no existieron, se han incorporado a una ciénaga y se han hundido en ella.
Nunca dar un nombre... ni siquiera inventado. Sabe fehacientemente que a partir del primer desliz, de la primera contradicción, estás perdido. Ya no van a darle tregua, escarbarán en su conciencia, lo molerán a golpes e irán por nuevos datos, nombres, lugares.
Allí aparecen las letras negras, resaltantes... Un manual de explosivos. Eso es, un manual de explosivos guardado con estúpida negligencia.
Cruje la traba herrumbrosa. Es como una profecía que lo estruja... Le indican que salga. Presiente que se encamina hacia el averno. Querrá asumirse digno de las tres décadas que dejó atras. Bravatas que exhibe en ese soliloquio ininteligible: no soy un héroe, pero no debo perder lo único que me queda entre estas paredes, se repite.
No. Aún no había llegado la hora. Un Armenio sumariante – el bueno de la historia – le toma declaración. Todo formal, demasiado formal. No le cree – lo advierte en sus cara, en sus ojos – pero no lo fuerza. Y lo previene: Sí, esta noche te van a interrogar los “otros”, le murmura con cara de pena, un recurso para acrecentar la angustia y el temor. Técnica arcaica...
Luego, devuelto al agujero oscuro, recupera terreno. No se engaña, comprende que lo van a picanear, pero cree tener en la mochila tres datos preciosos. Sqbe lo que hallaron en la casa –lapsus del Armenio, o indicador, esquina del naipe que te muestra el contrincante –, elementos que le impedirán remontar hacia una supuesta inocencia. Pero no hay lazos, no hay vinculaciones recientes, concretas. El delator informó, pero no les alcanza.
De una sí se hará cargo: los tiempos juegan a su favor. La otra es un nombre supuesto... Un minúsculo rollito de papel. Este es el eslabón, el mojón que ha dejado en la retirada, la prueba de la desmemoria. Sobre esto se van a ensañar. Le cuesta concentrarse en las coartadas (cómo llegó a tus manos este manual, de quién es este apodo, quién es, dónde es). No es tiempo de humor ni de sonrisas. La mente no descansa: una respuesta, otra justificación, todo es el pasado. Sólo el 25 y la aministía* – repite como obseso – pueden aliviarte el bulto legal, la infracción a la ley.
De pronto escucha su voz. Esta allí. Sola y en tinieblas. Incomunicada. Piensa en ella. En su fortaleza. Y que él la debe excluir, ponerla al margen. Él el canalla, él el extremista. Ella inocente Piensa en los hijos, y los recorta del recuerdo. Son el factor emocional, el talón de Aquiles; no debe acordarse de ellos. Acorazarse, cercar con acero los sentimientos. No tengo hijos; no me importan. Lastre que arroja por la borda... Ahora debe sobrevivir... Resistir, dicho con exacta propiedad.
Ellos saben como se trabaja en las orgas. Lo han aprendido y estudiado con esmero en escuelas de la tortura y el crimen, con picana, con palizas y métodos refinados de sadismo. Decidió aprovechar, precisamente, lo que puede resultarles coherente. No hay salvación: el picaneo en las encías y los testículos, tirado sobre la mesa húmeda, atadas las muñecas y tobillos, y oyendo una voz que pretende ser graciosa y te acosa con preguntas a repetición. Sabía que no hallaron material de la época. Debe seguir con el juego (jirones de arrogancia fatua): volver a lo mismo, no salirse del libreto. No salirse o está acabado. La ronda va y viene. Duele; enloquece. Pero volver a lo mismo, siempre, mientras pueda aguantar. Nunca dar un nombre... Ni siquiera inventado, repite mientras la corriente de los electrodos lo sacude..
Siente el estetoscopio apoyado en el pecho; intuye las miradas de unos y otros hacia el tipo que lo ausculta: Aguanta... pueden continuar – escucha el susurro del bastardo –.No tiene información para darles...: Se van convenciendo de que no tengo lo que buscan – se le ocurre –, lo que necesitan. No soy un perejil, pero ahora no estoy en la “joda”... Sigue aferrado en el papel del: sabía, era, fui... antes del 25* . El informante lo aportó a él, lo vendió por monedas, por el pasado, por carpetas anteriores. O era informante o lo apretaron con un par de bifes.
La cara del tipo gordito, con esos bigotitos finos y la barbita... El telefónico ese. Él que nos decía una y otra vez en la casona de Montes de Oca: “Ven, ahí están los del Falcón”.
No les importó la nada de la información presente. Lamentarían que esa tarde apacible del 1º. de noviembre de 1974, día de todos los santos, no pudieran abatirlo. Aunque lograron mandarlos a Devoto y Resistencia por un año.
Año y medio después – mientras él,la amiga y los hijos vivían ya el desarraigo del destierro – los triples y los milicos protagonizarían la noche negra de la dictadura militar y el terrorismo de estado.
Los dejaron sin pasado. Quedaron con vida, en este destierro de mierda. Tres décadas, seis lustros. ■
___________________________
* El 25 de mayo de 1973 el Presidente Héctor J. Cámpora firmó el decreto de amnistía para todos los involucrados en “delitos políticos” anteriores a esa fecha. Por eso el protagonista resalta en su soliloquio “hacerse cargo” sólo de hechos anteriores.
Siente la ráfaga, percibe una inquietud sin identidad que revolotea en el aire. La nada parece insinuarle algo. Profecía sin cara que lo azuza en los últimos meses. Esa mañana fue una inquietud más cercana. Allí está; precisamente como una ráfaga entretejida en intrigas y suspensos que sigue sin decirle nada. Suena el teléfono. Lo observa, e intuye que es como la génesis... ¿De qué? No tiene tiempo de penetrar en sus reflexiones.
–Hola
–¡Reventó! ¡Voló como escombros sobre el techo!
–De qué mierda me estás hablando, Cura...
–¿No escuchaste la radio? ¿Eh?
–Que carajo querés a las ocho y media de la mañana, Habláme claro...
–Esta mañana voló en el Tigre el yate en que que viajaba Villar.
–Conchudos de mierda,,, ahora se viene la maroma... boletearon a un guacho rabioso pero no terminaron con la rabia. Puta madre, Cura, y me lo decís por el tubo... ¡chau!
Apacible; un término que recuerda pastoral, estado de desgano. Se hallaba en el pequeño cuarto que le servía de laboratorio. Tiene delante la bandeja de revelado: una imagen borrosa va tomando forma en el fondo mientras lo agita con la pinzeta. Un helicóptero en vuelo aparece sobre el papel.
Miró la hora: las tres menos diez de la tarde; de una tarde de feriado, apacible. Esa hora tan corriente de una tarde apacible de un día feriado iría a ser el preludio de un cambio irreversible. Como lo blanco que se convierte en negro. La vida, en muerte. La libertad, en Triple A y exilio.
El timbre. Intuye. Se acercó a la mirilla y allí estaban, en abanico, con sus metralletas listas y susurrándose disposiciones de combate. Ninguna duda. Comprendió en el acto que venían por ellos. Fue corriendo hacia el patiecito y se tiró a la planta baja. Quiso fugarse para llamar la atención. No llegó muy lejos.
* * *
Reflexiona en la soledad del dos por dos tirado sobre un jergón mugriento, condenado a compartir la soledad, los presagios y el temor de tantos otros, anteriores huéspedes. Habrán tiritado – pensó –, empapados por el miedo de lo que vendrá; o urdiendo historias pueriles de inocencias cándidas y más pueriles aún.
Las tinieblas, el silencio – roto por voces y sonidos o roces que evocan la cotidaneidad recién perdida – amedrenta. Aguardando; al acecho, Atrapado en el no saber, a la espera de lo inevitable (¿qué es, qué será lo inevitable?). Haciendo votos de heroísmo de fanfarria, acosado por la angustia del no saber, del de qué se trata contiguo, inmediato.
Está en sus manos. ¿Verdad absoluta o relativa? En una celda de dos por dos abarcada por tinieblas sobre un jergón tirado en el piso de cemento. Ellos... Los que van a disponer de su presente; el ahora – que ya se va –, y lo que ignora e imagina. Lo que vendrá luego. Y a la espera de ese luego, la mente sigue lúcida a pesar de la mugrienta venda que lo ha sumido en una oscuridad de amenazas sin caras ni formas. Aguarda. Resignado – pero no vencido –, se repite entre las sombras, densas, del dos por dos. Piensa en las próximas horas; las percibe cercanas y recurre a subterfugios de la mente. Pretextos que lo consuelan o lo abruman. Sabe que está en sus manos; que no tiene posibilidad de decisión; que su voluntad está cercada, aunque que crea disponer de ella para decidir – o elegir – las respuestas. Sólo le queda – si le queda – la conciencia de no entregarse. De todos modos se percibe perdido; está en sus manos; una manos que van a destrozarlo y buscarán quebrarle el temple que aún conserva, aferrado en esas primeras horas. Incertidumbre...
Después de darle “entrada”, quitarle lo que llevaba encima y arrojarlo a la soledad para el ablande, le dan tiempo – ellos no lo saben: suponen lo contrario – para elegir las coartadas o abismarse en la profundidad del terror. Juegan con ventaja; tienen la fuerza, dominan la situación, lo tienen aislado para acrecentar la angustia, los miedos. O evitar la relación con el otro mundo, el que existe fuera de la celda oscura y hedionda.
Piensa en los hijos. En el más pequeño de quince días; y en ella, en la amiga de ojos verdes – ausente en el interín –. Su fantasía es un ruego. El ruego un sueño. Tal vez pudo escabullirse... Y entonces, ¿cómo evitará el largo brazo de la persecución…? Se le ocurren ideas que desecha; piensa en la rutina que ya no va a recobrar. En el “Holandés”, el viejo director de la revista, en las notas que quedaron sobre el escritorio. En la vida del otro lado que prosigue imperturbable y de la que lo han excluido. Es una certeza: lo que hay del otro lado no le pertenece. El mundo que no transitará por bastante tiempo. O nunca más...
Continúa la espera, la pausa agobiante que usan para quebrarlo; para que no atine a saber o intuir. Todo el reciente pasado, las próximas horas que deberá enfrentar con algún pretexto creíble, al que tendrá que ajustarse a pesar del aprete, la picana y los golpes. Cierra los ojos; contempla señales en el cemento, las recorre una y otra vez mientras la mente se acelera... cómo llegaron a mí cómo llegaron a mí cómo llegaron a mí.
Nunca dar un nombre... ni siquiera inventado. Entre datos que bailotean y evocaciones que asume, borra de la mente nombres y lugares del cercano pasado. Han muerto, los han demolido, no existieron, se han incorporado a una ciénaga y se han hundido en ella.
Nunca dar un nombre... ni siquiera inventado. Sabe fehacientemente que a partir del primer desliz, de la primera contradicción, estás perdido. Ya no van a darle tregua, escarbarán en su conciencia, lo molerán a golpes e irán por nuevos datos, nombres, lugares.
Allí aparecen las letras negras, resaltantes... Un manual de explosivos. Eso es, un manual de explosivos guardado con estúpida negligencia.
Cruje la traba herrumbrosa. Es como una profecía que lo estruja... Le indican que salga. Presiente que se encamina hacia el averno. Querrá asumirse digno de las tres décadas que dejó atras. Bravatas que exhibe en ese soliloquio ininteligible: no soy un héroe, pero no debo perder lo único que me queda entre estas paredes, se repite.
No. Aún no había llegado la hora. Un Armenio sumariante – el bueno de la historia – le toma declaración. Todo formal, demasiado formal. No le cree – lo advierte en sus cara, en sus ojos – pero no lo fuerza. Y lo previene: Sí, esta noche te van a interrogar los “otros”, le murmura con cara de pena, un recurso para acrecentar la angustia y el temor. Técnica arcaica...
Luego, devuelto al agujero oscuro, recupera terreno. No se engaña, comprende que lo van a picanear, pero cree tener en la mochila tres datos preciosos. Sqbe lo que hallaron en la casa –lapsus del Armenio, o indicador, esquina del naipe que te muestra el contrincante –, elementos que le impedirán remontar hacia una supuesta inocencia. Pero no hay lazos, no hay vinculaciones recientes, concretas. El delator informó, pero no les alcanza.
De una sí se hará cargo: los tiempos juegan a su favor. La otra es un nombre supuesto... Un minúsculo rollito de papel. Este es el eslabón, el mojón que ha dejado en la retirada, la prueba de la desmemoria. Sobre esto se van a ensañar. Le cuesta concentrarse en las coartadas (cómo llegó a tus manos este manual, de quién es este apodo, quién es, dónde es). No es tiempo de humor ni de sonrisas. La mente no descansa: una respuesta, otra justificación, todo es el pasado. Sólo el 25 y la aministía* – repite como obseso – pueden aliviarte el bulto legal, la infracción a la ley.
De pronto escucha su voz. Esta allí. Sola y en tinieblas. Incomunicada. Piensa en ella. En su fortaleza. Y que él la debe excluir, ponerla al margen. Él el canalla, él el extremista. Ella inocente Piensa en los hijos, y los recorta del recuerdo. Son el factor emocional, el talón de Aquiles; no debe acordarse de ellos. Acorazarse, cercar con acero los sentimientos. No tengo hijos; no me importan. Lastre que arroja por la borda... Ahora debe sobrevivir... Resistir, dicho con exacta propiedad.
Ellos saben como se trabaja en las orgas. Lo han aprendido y estudiado con esmero en escuelas de la tortura y el crimen, con picana, con palizas y métodos refinados de sadismo. Decidió aprovechar, precisamente, lo que puede resultarles coherente. No hay salvación: el picaneo en las encías y los testículos, tirado sobre la mesa húmeda, atadas las muñecas y tobillos, y oyendo una voz que pretende ser graciosa y te acosa con preguntas a repetición. Sabía que no hallaron material de la época. Debe seguir con el juego (jirones de arrogancia fatua): volver a lo mismo, no salirse del libreto. No salirse o está acabado. La ronda va y viene. Duele; enloquece. Pero volver a lo mismo, siempre, mientras pueda aguantar. Nunca dar un nombre... Ni siquiera inventado, repite mientras la corriente de los electrodos lo sacude..
Siente el estetoscopio apoyado en el pecho; intuye las miradas de unos y otros hacia el tipo que lo ausculta: Aguanta... pueden continuar – escucha el susurro del bastardo –.No tiene información para darles...: Se van convenciendo de que no tengo lo que buscan – se le ocurre –, lo que necesitan. No soy un perejil, pero ahora no estoy en la “joda”... Sigue aferrado en el papel del: sabía, era, fui... antes del 25* . El informante lo aportó a él, lo vendió por monedas, por el pasado, por carpetas anteriores. O era informante o lo apretaron con un par de bifes.
La cara del tipo gordito, con esos bigotitos finos y la barbita... El telefónico ese. Él que nos decía una y otra vez en la casona de Montes de Oca: “Ven, ahí están los del Falcón”.
No les importó la nada de la información presente. Lamentarían que esa tarde apacible del 1º. de noviembre de 1974, día de todos los santos, no pudieran abatirlo. Aunque lograron mandarlos a Devoto y Resistencia por un año.
Año y medio después – mientras él,la amiga y los hijos vivían ya el desarraigo del destierro – los triples y los milicos protagonizarían la noche negra de la dictadura militar y el terrorismo de estado.
Los dejaron sin pasado. Quedaron con vida, en este destierro de mierda. Tres décadas, seis lustros. ■
___________________________
* El 25 de mayo de 1973 el Presidente Héctor J. Cámpora firmó el decreto de amnistía para todos los involucrados en “delitos políticos” anteriores a esa fecha. Por eso el protagonista resalta en su soliloquio “hacerse cargo” sólo de hechos anteriores.
martes, junio 05, 2007
El astronauta y yo
Ester Mann
He leído cientos (tal vez miles) de cuentos de ciencia ficción. Siempre me gustó ese género. La creatividad y la fantasía ilimitadas junto con el miedo y el horror a lo desconocido me atraían. En especial recuerdo el relato de un astronauta que vaga solo, en su traje espacial, rodeado por el infinito, y sabe que morirá en unos instantes.
¿Por qué la soledad y la certeza de la muerte me resultaron tan terribles?
¿Acaso la muerte y la soledad no son el destino de todos los hombres?
Hace un tiempo me propuse registrar los cambios que percibo en mí. Sé que dentro de poco tiempo no recordaré cómo era yo antes, cuando la enfermedad aún no se había manifestado. Tal vez tampoco recuerde qué escribí en este simple cuaderno de tapa blanda y doble línea, reminiscencia del primer grado de mi hija menor. Pero, despues de mi muerte o de mi olvido, alguien lo encontrará. Mis hijos o mi marido lo leerán con atención y comprenderán que no he sufrido.
Escribo mis hijos, escribo mi marido pero no siento el apego que aún recuerdo de un año atrás. Son personas que me rodean, me cuidan, me atienden, pero no las quiero. No tengo espacio para ellos...Sólo para mi enfermedad. Yo soy mi enfermedad. Estoy ciega y sorda para todo lo que no se relacione con ella, y no me agitan los sufrimientos o los problemas de la que fue mi familia.
¿Qué diferencia hay entre el astronauta y yo? Ël sabe que morirá y yo tambien lo sé. El, como yo, desea una muerte rápida e indolora. El y yo estamos solos en nuestra muerte. Recordar que fuimos felices, que amamos, que tuvimos deseos y ambiciones no nos ayuda. Y en cierto modo ese recuerdo es difuso, es un conocimiento intelectual y no afectivo.
Aún puedo escribir, andar, nadar...Puedo ver los árboles y sentir la brisa en mi cuerpo. Pero cada día otro pequeño músculo se atasca y se paraliza. Cada día mis piernas están más rígidas y mis dedos niegan cerrarse, mis párpados se mueven solos y mi lengua se traba.
Cada mañana mi mente acepta otra limitación y se niega a pensar en lo que fui.
Estudios, trabajo, dinero....los escucho hablar sobre sus dificultades y es como si viera una vieja película en la televisión: la recuerdo, pero no me afecta.
Solos en el espacio, el astronauta y yo esperamos que se consume nuestro ciego destino.
He leído cientos (tal vez miles) de cuentos de ciencia ficción. Siempre me gustó ese género. La creatividad y la fantasía ilimitadas junto con el miedo y el horror a lo desconocido me atraían. En especial recuerdo el relato de un astronauta que vaga solo, en su traje espacial, rodeado por el infinito, y sabe que morirá en unos instantes.
¿Por qué la soledad y la certeza de la muerte me resultaron tan terribles?
¿Acaso la muerte y la soledad no son el destino de todos los hombres?
Hace un tiempo me propuse registrar los cambios que percibo en mí. Sé que dentro de poco tiempo no recordaré cómo era yo antes, cuando la enfermedad aún no se había manifestado. Tal vez tampoco recuerde qué escribí en este simple cuaderno de tapa blanda y doble línea, reminiscencia del primer grado de mi hija menor. Pero, despues de mi muerte o de mi olvido, alguien lo encontrará. Mis hijos o mi marido lo leerán con atención y comprenderán que no he sufrido.
Escribo mis hijos, escribo mi marido pero no siento el apego que aún recuerdo de un año atrás. Son personas que me rodean, me cuidan, me atienden, pero no las quiero. No tengo espacio para ellos...Sólo para mi enfermedad. Yo soy mi enfermedad. Estoy ciega y sorda para todo lo que no se relacione con ella, y no me agitan los sufrimientos o los problemas de la que fue mi familia.
¿Qué diferencia hay entre el astronauta y yo? Ël sabe que morirá y yo tambien lo sé. El, como yo, desea una muerte rápida e indolora. El y yo estamos solos en nuestra muerte. Recordar que fuimos felices, que amamos, que tuvimos deseos y ambiciones no nos ayuda. Y en cierto modo ese recuerdo es difuso, es un conocimiento intelectual y no afectivo.
Aún puedo escribir, andar, nadar...Puedo ver los árboles y sentir la brisa en mi cuerpo. Pero cada día otro pequeño músculo se atasca y se paraliza. Cada día mis piernas están más rígidas y mis dedos niegan cerrarse, mis párpados se mueven solos y mi lengua se traba.
Cada mañana mi mente acepta otra limitación y se niega a pensar en lo que fui.
Estudios, trabajo, dinero....los escucho hablar sobre sus dificultades y es como si viera una vieja película en la televisión: la recuerdo, pero no me afecta.
Solos en el espacio, el astronauta y yo esperamos que se consume nuestro ciego destino.
viernes, junio 01, 2007
Agreste
La mirada sigue los contornos de siglos. No se sorprende. Las formas, nunca quietas, cambian con miles de colores que se sublevan no tanto ante las pupilas, si no ante la memoria. Con los pies parados en ella, cualquier lugar de la tierra desborda inteligencia.
Naturaleza mansa, pocas veces embravecida, si tan sólo la dejáramos ser agreste...
Sube el hombre, hiere planeta. Alambra, divide, se guarda sin repartir, acopia, especula, se detienen los dientes, los dedos se acaban. Crece el poder de su inteligencia y no es generosa.
Hierven las ciudades de calor nada humano, los edificios llegan al cielo sin identidad. Los puentes se sostienen con rabia de acero. Se escriben caras sobre el papel inmutable de todos los años y se hace dinero.
Millones de niños no comen, otros apenas... y trabajan. Millones del mundo que tienen millones.
La tierra entrega siempre. Cada tanto un grito voraz de sus entrañas. Duele silencio como una madre y otra vez entrega.
Inteligente hombre sordo, permanente hombre ciego. Un día, ni los millones, van a poder comprar el agua.
Si tan sólo la dejáramos ser agreste.
Mercedes Sáenz
Naturaleza mansa, pocas veces embravecida, si tan sólo la dejáramos ser agreste...
Sube el hombre, hiere planeta. Alambra, divide, se guarda sin repartir, acopia, especula, se detienen los dientes, los dedos se acaban. Crece el poder de su inteligencia y no es generosa.
Hierven las ciudades de calor nada humano, los edificios llegan al cielo sin identidad. Los puentes se sostienen con rabia de acero. Se escriben caras sobre el papel inmutable de todos los años y se hace dinero.
Millones de niños no comen, otros apenas... y trabajan. Millones del mundo que tienen millones.
La tierra entrega siempre. Cada tanto un grito voraz de sus entrañas. Duele silencio como una madre y otra vez entrega.
Inteligente hombre sordo, permanente hombre ciego. Un día, ni los millones, van a poder comprar el agua.
Si tan sólo la dejáramos ser agreste.
Mercedes Sáenz
Tartas perfectas y escritura peligrosa
RODRIGO FRESÁN 05/05/2007
El Método Spanbauer de escritura consiste en poner el dedo en la llaga. En hurgar en el propio dolor y extraer las emociones. Ése y otros recursos con los que implica al lector en un viaje narrativo lleno de baches, apariciones, incógnitas y esfuerzos que funden realidad e imaginación, liberándolos. Es un método que sólo le sirve a él, un autor irrepetible.
Como Paul Bowles, Richard Brautigan, William Burroughs, Donald Barthelme, James Purdy (al que tan sólo en pocas ocasiones recuerda un poco) o Kurt Vonnegut, Tom Spanbauer es una de esas contadas, felices e inspiradas anomalías dentro del paisaje de las letras norteamericanas. No puede decirse que Spanbauer encaje dentro de los parámetros de la literatura gay contemporánea más lírica o costumbrista o de aquella que se dedica a repasar con frialdad de documental caliente los estragos causados por la plaga del sida. Spanbauer (Pocatello, Idaho, 1946) es uno de esos escritores que parecen empezar y terminar en sí mismos y que no dejarán escuela no porque no se los admire sino porque se les sabe únicos y, por lo tanto, toda intención de emularlo degradaría en involuntaria parodia.
Esto no le ha impedido a Spanbauer comandar desde hace años, en Oregón, uno de los talleres literarios más prestigiosos del que han salido firmas como Chuck Palahniuk. Es allí donde Spanbauer predica -a partir de lo que aprendió de ese otro raro llamado Gordon Lish, descubridor y formador de Raymond Carver- el evangelio de lo que ha definido como dangerous writing (escritura peligrosa). El revelar, más o menos minimalísticamente, con la más confesional de las primeras personas, aquello que más te asuste o te avergüence o te arrepientas de haber hecho o pensado hacer o, simplemente, haber pensado. Hallar así lo que él ha bautizado como "el sitio que duele". Esto que para muchos sonará a maniobra ingenua o truco inofensivo consigue -según Spanbauer, sólo cuando se llega al fondo de todas las cosas- "verdaderos desprendimientos del yo". Y el ejemplo perfecto de ellos es, para Spanbauer, el relato The Harvest de Amy Hempel, también discípula de Lish, desgraciadamente muy poco conocida para el lector en castellano (Tusquets publicó tan sólo uno de sus libros, Razones para vivir, en 1989).
Es Palahniuk -en un ensayo sobre Hempel que escribió para The L. A. Weekly- quien enumera y recorre los diferentes stages del Método Spanbauer. El primero se llama Caballos y tiene que ver con la utilización de motivos recurrentes a lo largo de un viaje narrado. No renunciar a los caballos que se cabalgan, pero sí transformarlos en otra cosa sin perder el aria del galope original. Algo así. El segundo paso es Quemarte la lengua y consiste en decir algo de manera incorrecta, retorcerlo, despreciando los clichés para que el lector avance más lento y se vea obligado a leer cuidadosamente. Lo siguiente es ser consciente del Ángel que registra: escribir sin emitir juicios y dejar que sea el lector quien saque sus propias conclusiones a partir de los elementos dispares y distorsionados que le entrega el autor. El último mandamiento tiene que ver con Escribir sobre el cuerpo y que el blah-blah-blah de lo que puede llegar a decir un personaje sea reemplazado por sensaciones físicas: olores, sabores, roces y dolores. ¿Se encuentra todo esto -se hace práctica la teoría- en Lugares remotos (1988), El hombre que se enamoró de la luna, La ciudad de los cazadores tímidos y en Ahora es el momento. Seguramente sí. Pero también es cierto que obedecer al detalle las instrucciones de un escritor impar no tiene por qué producir resultados asombrosos. Lo de antes: no hay receta que garantice la maestría de Spanbauer en otros. Porque Spanbauer es, también y sobre todo, la experiencia vivida y aprendida.
"La ficción es aquella mentira que suena más verdadera que la realidad", concluye Spanbauer. Y -en su propio site- lo explica así: "Cuando alguien le preguntaba a mi madre cómo conseguía esa corteza tan dorada y perfecta a la hora de hornear sus tartas, ella, como toda respuesta y sin decir ni una palabra, se limitaba a frotar sus dedos contra el pulgar. Así enseño yo. Todo pasa por cierta sensación indescriptible. No es que yo sepa algo que el estudiante ignora. Cada estudiante de literatura es, también, un estudiante de la vida. Yo también soy un estudiante. Los buenos escritores son los que saben reconocer esto último. Mi tarea es generar un ambiente seguro. Es terrorífico sacar algo afuera y leerlo en público. Y tengo que saber oír al corazón roto, la rabia, lo bochornoso y saber actuar acorde, respetando el modo en que cada uno de los estudiantes se relacionan con ello. Y permitirles que se equivoquen. En el error hay un tesoro. Y si se toca la nota incorrecta las suficientes veces, esa disonancia puede convertirse en la voz de los ángeles. Y una vez que ese estudiante está curtido y listo, recién entonces saco mis uñas y juego a ser el abogado del diablo, el policía malo, el tonto irrelevante... Yo aspiro a la excelencia. Y sólo se accede a ella una vez que has perdido el miedo a ser quien eres".
Así -de eso tratan todos sus libros- para Spanbauer la ficción es transformarse primero para después, desde el centro del sitio que duele, asumir como propia, junto al lector, la verdad de aquel dicho: lo que no te mata te fortalece. Y además -seguro, porque entonces es el momento- te hace escribir mejor.
El Método Spanbauer de escritura consiste en poner el dedo en la llaga. En hurgar en el propio dolor y extraer las emociones. Ése y otros recursos con los que implica al lector en un viaje narrativo lleno de baches, apariciones, incógnitas y esfuerzos que funden realidad e imaginación, liberándolos. Es un método que sólo le sirve a él, un autor irrepetible.
Como Paul Bowles, Richard Brautigan, William Burroughs, Donald Barthelme, James Purdy (al que tan sólo en pocas ocasiones recuerda un poco) o Kurt Vonnegut, Tom Spanbauer es una de esas contadas, felices e inspiradas anomalías dentro del paisaje de las letras norteamericanas. No puede decirse que Spanbauer encaje dentro de los parámetros de la literatura gay contemporánea más lírica o costumbrista o de aquella que se dedica a repasar con frialdad de documental caliente los estragos causados por la plaga del sida. Spanbauer (Pocatello, Idaho, 1946) es uno de esos escritores que parecen empezar y terminar en sí mismos y que no dejarán escuela no porque no se los admire sino porque se les sabe únicos y, por lo tanto, toda intención de emularlo degradaría en involuntaria parodia.
Esto no le ha impedido a Spanbauer comandar desde hace años, en Oregón, uno de los talleres literarios más prestigiosos del que han salido firmas como Chuck Palahniuk. Es allí donde Spanbauer predica -a partir de lo que aprendió de ese otro raro llamado Gordon Lish, descubridor y formador de Raymond Carver- el evangelio de lo que ha definido como dangerous writing (escritura peligrosa). El revelar, más o menos minimalísticamente, con la más confesional de las primeras personas, aquello que más te asuste o te avergüence o te arrepientas de haber hecho o pensado hacer o, simplemente, haber pensado. Hallar así lo que él ha bautizado como "el sitio que duele". Esto que para muchos sonará a maniobra ingenua o truco inofensivo consigue -según Spanbauer, sólo cuando se llega al fondo de todas las cosas- "verdaderos desprendimientos del yo". Y el ejemplo perfecto de ellos es, para Spanbauer, el relato The Harvest de Amy Hempel, también discípula de Lish, desgraciadamente muy poco conocida para el lector en castellano (Tusquets publicó tan sólo uno de sus libros, Razones para vivir, en 1989).
Es Palahniuk -en un ensayo sobre Hempel que escribió para The L. A. Weekly- quien enumera y recorre los diferentes stages del Método Spanbauer. El primero se llama Caballos y tiene que ver con la utilización de motivos recurrentes a lo largo de un viaje narrado. No renunciar a los caballos que se cabalgan, pero sí transformarlos en otra cosa sin perder el aria del galope original. Algo así. El segundo paso es Quemarte la lengua y consiste en decir algo de manera incorrecta, retorcerlo, despreciando los clichés para que el lector avance más lento y se vea obligado a leer cuidadosamente. Lo siguiente es ser consciente del Ángel que registra: escribir sin emitir juicios y dejar que sea el lector quien saque sus propias conclusiones a partir de los elementos dispares y distorsionados que le entrega el autor. El último mandamiento tiene que ver con Escribir sobre el cuerpo y que el blah-blah-blah de lo que puede llegar a decir un personaje sea reemplazado por sensaciones físicas: olores, sabores, roces y dolores. ¿Se encuentra todo esto -se hace práctica la teoría- en Lugares remotos (1988), El hombre que se enamoró de la luna, La ciudad de los cazadores tímidos y en Ahora es el momento. Seguramente sí. Pero también es cierto que obedecer al detalle las instrucciones de un escritor impar no tiene por qué producir resultados asombrosos. Lo de antes: no hay receta que garantice la maestría de Spanbauer en otros. Porque Spanbauer es, también y sobre todo, la experiencia vivida y aprendida.
"La ficción es aquella mentira que suena más verdadera que la realidad", concluye Spanbauer. Y -en su propio site- lo explica así: "Cuando alguien le preguntaba a mi madre cómo conseguía esa corteza tan dorada y perfecta a la hora de hornear sus tartas, ella, como toda respuesta y sin decir ni una palabra, se limitaba a frotar sus dedos contra el pulgar. Así enseño yo. Todo pasa por cierta sensación indescriptible. No es que yo sepa algo que el estudiante ignora. Cada estudiante de literatura es, también, un estudiante de la vida. Yo también soy un estudiante. Los buenos escritores son los que saben reconocer esto último. Mi tarea es generar un ambiente seguro. Es terrorífico sacar algo afuera y leerlo en público. Y tengo que saber oír al corazón roto, la rabia, lo bochornoso y saber actuar acorde, respetando el modo en que cada uno de los estudiantes se relacionan con ello. Y permitirles que se equivoquen. En el error hay un tesoro. Y si se toca la nota incorrecta las suficientes veces, esa disonancia puede convertirse en la voz de los ángeles. Y una vez que ese estudiante está curtido y listo, recién entonces saco mis uñas y juego a ser el abogado del diablo, el policía malo, el tonto irrelevante... Yo aspiro a la excelencia. Y sólo se accede a ella una vez que has perdido el miedo a ser quien eres".
Así -de eso tratan todos sus libros- para Spanbauer la ficción es transformarse primero para después, desde el centro del sitio que duele, asumir como propia, junto al lector, la verdad de aquel dicho: lo que no te mata te fortalece. Y además -seguro, porque entonces es el momento- te hace escribir mejor.
miércoles, mayo 30, 2007
Al día siguiente

Ester Mann
Elena se despertó deprimida. Un peso en el pecho, como si hubiera ocurrido algo desgraciado, pero no sabía qué. Se había despertado muy temprano, pero no tenía apuro por levantarse. Sólo la esperaba la mañana vacía. Finalmente, el cuerpo no aguantó más y se vistió, se preparó el mate y hojeó el diario. Lo de siempre: más escándalos en el gobierno, accidentes de tránsito, maridos asesinos, más chicos huérfanos.
Su mente no estaba en el diario, iba reconstruyendo la fiesta paso a paso: los invitados que fueron llegando, la recepción con los bocaditos y botellas de todos los colores, más tarde la cena. Se había sentido ridícula parada a la derecha de la entrada, al lado de la madre de la novia. Alberto y su mujer estaban a la izquierda y cada vez que llegaba alguno de sus numerosos invitados las presentaba: -la madre de Damián, la madre de Flora- Parecía que ellos fueran los protagonistas del casamiento. O tal vez, era ella que se sentía como una intrusa porque no había podido ayudar a Damián con los gastos...
Los pensamientos seguían su curso caprichoso, asociaciones que no tenían ninguna lógica. Alberto estaba más flaco, elegante, a tono con la juventud de su mujer. Hacía años que no lo veía. Desde que los chicos habían terminado el ejército solo hablaban por teléfono cuando era imprescindible. Si, el divorcio le había hecho bien, lo había mejorado, por lo menos fisicamente.
¿Y a ella? ¿A ella tambien la habia favorecido divorciarse, criar a los hijos y ahora que el último se había casado, quedarse sola y no saber qué hacer con sus días?
-Amanda, valor, este es solo el primer día!- se habló en voz alta y se asustó. Nunca había hablado sola, ¿las horas inaugurales de su nueva vida y ya empezó a actuar como una solterona?
Decidió probar algo que leyó en alguna oportunidad. Tomó una hoja de papel y un marcador y escribió con mayúsculas y subrayado:
VENTAJAS DE VIVIR SOLA
Comenzó a escribir.
1- si quiero puedo desconectar el teléfono,
2- nunca me faltará el agua caliente,
3- nadie me obliga a cocinar,
4- puedo hacer las dietas que se me ocurran,
5- puedo escuchar la música que me gusta y a la hora que quiera,
6- Puedo invitar a mis amigas a pasar el fin de semana conmigo.
Con el marcador en el aire, se detuvo, pensando qué más podía anotar...
Sin reflexionar, como si lo hubiera decidido hace tiempo, tomó la cartera, salió de la casa y en la Sociedad Protectora de Animales eligió una linda perrita blanca.
LLUVIA
Ester Mann
Septiembre. Fin del verano. Sol calcinante que derrite los huesos. El aire no se mueve, inerte. Las hojas de los árboles han tomado una tonalidad terrosa y las flores se inclinan hacia el suelo, cansadas. En el cielo azul, hacia el este, nubarrones de un gris oscuro, que parecen sólidos, prometen lluvia.
Aparecen en mi mente imágenes espontáneas, asociaciones involuntarias: una quijada de vaca reseca, indios que lanzan flechas encendidas, cactus, un hombre polvoriento a caballo y aves de presa planeando sobre su cabeza; a lo lejos un grupo de casas y en la calle principal un bar. Las puertas de vaiven aún se balancean: alguien ha entrado... ¡No! ¡Esos no son mis recuerdos! ¡No he vivido esos hechos! ¡No son asociaciones propias, me han sido implantadas por los medios de comunicación!
Son los clishés insertados en mi memoria por los cientos de películas de vaqueros que he visto en mi vida...Frases hechas leídas en libritos baratos...Son recuerdos ajenos, falsos...
¿Qué es lo que estoy escribiendo? ¿De dónde he sacado eso del “sol calcinante”? ¿Desde cuándo las flores pueden estar cansadas? Es que mi cerebro está tan atiborrado de lugares comunes que no haya leído o visto en algún lado, que ya no soy capaz de escribir dos líneas originales.
Mientras pienso todo esto, grandes gotas de lluvia, gordas y pesadas, revientan en la tierra seca que las absorbe sin que quede huella. Las hojas de los árboles tornan a brillar y las flores comienzan a erguirse.
En el término de unos minutos la lluvia se ha convertido en un aguacero y comienzan a formarse charcos de agua. La temperatura ha bajado en varios grados; sin prestar atención comienzo a tararear una melodía.
En mi imaginación la figura de Gene Kelly, con el paraguas en la mano, baila y se empapa de pies a cabeza.
Sigo caminando y disfruto de la mojadura mientras, sin darme cuenta, prosigo “cantando bajo la lluvia”.
Septiembre. Fin del verano. Sol calcinante que derrite los huesos. El aire no se mueve, inerte. Las hojas de los árboles han tomado una tonalidad terrosa y las flores se inclinan hacia el suelo, cansadas. En el cielo azul, hacia el este, nubarrones de un gris oscuro, que parecen sólidos, prometen lluvia.
Aparecen en mi mente imágenes espontáneas, asociaciones involuntarias: una quijada de vaca reseca, indios que lanzan flechas encendidas, cactus, un hombre polvoriento a caballo y aves de presa planeando sobre su cabeza; a lo lejos un grupo de casas y en la calle principal un bar. Las puertas de vaiven aún se balancean: alguien ha entrado... ¡No! ¡Esos no son mis recuerdos! ¡No he vivido esos hechos! ¡No son asociaciones propias, me han sido implantadas por los medios de comunicación!
Son los clishés insertados en mi memoria por los cientos de películas de vaqueros que he visto en mi vida...Frases hechas leídas en libritos baratos...Son recuerdos ajenos, falsos...
¿Qué es lo que estoy escribiendo? ¿De dónde he sacado eso del “sol calcinante”? ¿Desde cuándo las flores pueden estar cansadas? Es que mi cerebro está tan atiborrado de lugares comunes que no haya leído o visto en algún lado, que ya no soy capaz de escribir dos líneas originales.
Mientras pienso todo esto, grandes gotas de lluvia, gordas y pesadas, revientan en la tierra seca que las absorbe sin que quede huella. Las hojas de los árboles tornan a brillar y las flores comienzan a erguirse.
En el término de unos minutos la lluvia se ha convertido en un aguacero y comienzan a formarse charcos de agua. La temperatura ha bajado en varios grados; sin prestar atención comienzo a tararear una melodía.
En mi imaginación la figura de Gene Kelly, con el paraguas en la mano, baila y se empapa de pies a cabeza.
Sigo caminando y disfruto de la mojadura mientras, sin darme cuenta, prosigo “cantando bajo la lluvia”.
En Apuros
De la chimenea se fuga un resto humeante de familia que ya no mora en la cabaña. Me deslizo con sigilo, por los troncos que arraigan sus raíces robustas a la tierra, y me acerco. Siento ardor en los ojos cuando se cruzan con el farolito de la entrada. Estoy de regreso. El vecino de la vivienda contigua me da la bienvenida. Hay bruma por doquier. Si hasta puede olerse el peligro, tanto como el amor, cuyo recuerdo crepita quejumbroso, junto a los leños de un hogar sin fuego.
Me atrevo a entrar y, entonces, la sorpresa. Los buhos rompen la quietud nocturnal, pero ahora del otro lado de la puerta que acaba de cerrarse con brusquedad, dejándome del lado de adentro. Reconozco de inmediato ese destino de huida sin escapatorias. Evito resistirme, pero observo la claraboya abierta. No todo está perdido. Oigo a los chicos de los alrededores, en cuyos juegos solía entrometerme a pura carrera cuando pequeño. Esta vez no. Detesto esa mirada indiscreta con la que alertan de mi presencia, para pasar de inmediato a otro tema, como gatos después de haber comido. Pero sus padres están atentos, y puedo oler la intención de los rifles que me apuntan.
Retrocedo con lentitud; paso a paso y miedo a miedo. Un salto, y la claraboya es el escapismo por el que me interno en el bosque, hacia una penumbra que me pierda de vista. Me gana el haz de luz que me sorprende y me deja expuesto. Estoy en la cruz de la mira. Soy ese objetivo, cuyo pánico se estrella contra el fogonazo que, partiendo del extremo del caño largo y delgado, atravieza el aire en línea recta, directo a mí. Lo siento pasar raspándome y caigo.
Otra vez me salvé por puro sino. Si no hubiera entrado a la cabaña, tal vez... Escapo a saltos, con la cabeza gacha y los ojos firmes en el horizonte incierto. Me reúno con los otros zorros. Regreso a la manada con cierta insatisfacción. No puedo evitarlo y miro hacia atrás. Por encima de las frondas, veo el humo de la morada que reconozco como propia. Los ojos vuelven a torturarme picantes. Y, enseguida, me desborda un llanto humano que nunca me pertenecerá por completo.
Elsa Janá
Me atrevo a entrar y, entonces, la sorpresa. Los buhos rompen la quietud nocturnal, pero ahora del otro lado de la puerta que acaba de cerrarse con brusquedad, dejándome del lado de adentro. Reconozco de inmediato ese destino de huida sin escapatorias. Evito resistirme, pero observo la claraboya abierta. No todo está perdido. Oigo a los chicos de los alrededores, en cuyos juegos solía entrometerme a pura carrera cuando pequeño. Esta vez no. Detesto esa mirada indiscreta con la que alertan de mi presencia, para pasar de inmediato a otro tema, como gatos después de haber comido. Pero sus padres están atentos, y puedo oler la intención de los rifles que me apuntan.
Retrocedo con lentitud; paso a paso y miedo a miedo. Un salto, y la claraboya es el escapismo por el que me interno en el bosque, hacia una penumbra que me pierda de vista. Me gana el haz de luz que me sorprende y me deja expuesto. Estoy en la cruz de la mira. Soy ese objetivo, cuyo pánico se estrella contra el fogonazo que, partiendo del extremo del caño largo y delgado, atravieza el aire en línea recta, directo a mí. Lo siento pasar raspándome y caigo.
Otra vez me salvé por puro sino. Si no hubiera entrado a la cabaña, tal vez... Escapo a saltos, con la cabeza gacha y los ojos firmes en el horizonte incierto. Me reúno con los otros zorros. Regreso a la manada con cierta insatisfacción. No puedo evitarlo y miro hacia atrás. Por encima de las frondas, veo el humo de la morada que reconozco como propia. Los ojos vuelven a torturarme picantes. Y, enseguida, me desborda un llanto humano que nunca me pertenecerá por completo.
Elsa Janá
Ocho años no es nada...
Una foto ajada y descolorida sobre el muro. Desde su interior, Angelito Vargas lo observa con mirada compasiva. “Imposible escucharlo cantar ‘Ninguna’ sin verlo con el funyi y esa cara de porteño melancólico”, discurre Samuelito tirado sobre el camastro de su celda. Dormita... los compañeros están en la visita. Samuelito (a Manos Brujas ), barrunta: “Seguro que Felisa hoy no viene... Mejor se consuela—: últimamente está muy agresiva, es imposible hablar con ella”.
“¡Samuelito: visita!” Se levanta parsimonioso, contempla su jeta en el espejo y decide afeitarse. Se da una fugaz pasadita y sale al pasillo. “¡Celador!!”. El guardia se aproxima, abre la celda y otro carcelero lo acompaña hasta la sala de visita. Llega a la mampara y aguarda. Felisa se acerca, se sienta y lo mira con cariño. Y rabia, mucha rabia. Se saludan tocándose las manos. Comentan las novedades, abogado, apelaciones, juzgado. Luego, un hosco silencio... La bronca despedaza el aire.
—¿Cuándo vas a aprender, Samuelito? ¿Te molestaba vivir tranquilo? Hacía quince años que largaste el choreo. Compramos el quiosco para alejarte de la gentuza de Acevedo y Corrientes. Te lo vine diciendo todo el tiempo: no vuelvas, no reincidas, no nos falta nada, te lo dije, ¡cuántas veces que te lo dije! ¡Largá, no se te ocurra! Te lo dije. Pero tenías que rejuntarte con la “mala junta”, ¿eh?
—Sí, sí, Felisa, pero también me dijiste otras cosas... ¿te olvidaste? Querías esa cadena de oro igual a la que tiene tu cuñada, ¿no? Me dijiste que estás podrida de vivir en un departamentito, que querías cambiar todos los muebles. Y además, ¿no me dijiste con lágrimas en los ojos: ”Estoy tan alejada del centro”. Dijiste, dijiste, ¡acordate de todo, Felisa!
—Es cierto, Samuelito; ¿pero cómo se te ocurre asaltar un banco? ¿Qué sabés vos de bancos, viejo infeliz? ¿Vos, un “escruchante”? Y con esos dos estúpidos, ¿de dónde los sacaste? El Santiago ese, chofer “profesional”: ¡madre mía, pero si ese tipo no es capaz de manejar ni un monopatín! ¿Te das cuenta, viejo? El infeliz está al volante del auto comiendo un sánguche de salame y queso, papando moscas... Dije “el auto”: ¿Cómo se te ocurre preparar un “asalto” y pretender escaparte en un Renó del 77? ¿Y el otro, el de la “la pesada”? Parado en la puerta del banco con una pistolita 22, escarbándose sus mugrientos mocos y sonriéndose como un tarado mientras vos apretabas al gerente: ¡Dios mío!
—Me los recomendaron los muchachos del café Rívoli, Felisa, ¿qué culpa tengo yo?
—¡Pero qué me contás! Vos estabas jubilado, no más “escruches”, me decías en tu lunfa de Villa Crespo... Teníamos nuestro casita, el quiosco con lotería, no nos faltaba nada... ¿y ahora? Vos en Devoto, apareciste en los diarios con foto y todo, los vecinos me vienen a visitar; en realidad vienen a darme el “pésame”. Jugando al pistolero, al chorro de la pesada; y encima el juez te bajó ocho años, Samuelito.
—Dale, Felisa, no te aflijas: ocho años no es nada, pasan pronto... Felisa, te prometo que desde ahora, ¡chau al afano! Miraremos televisión, jugaremos al buraco, tomaremos café con criollitas, los domigos un pollito al limón... Vas a ver, todo se arreglará.
—Ya no me causan gracia tus estupideces. ¿De qué me estás hablando, viejo reblandecido? Aparte de dormir sola en la cama como una viuda, vender todo lo que ahorramos en tantos años para pagarle al abogado, traerte paquetes que también aprovechan los chorros muertos de hambre que están en tu ranchada, vivir de mi pensión de puta vieja y jubilada ¿todavía me hacés chistes? ¿Sólamente ocho años te dieron? Samuelito: vos ya tenés setenta y dos pirulos... Con tu reuma, cuando salgas en el 2014, vas a ser un inválido de ochenta. Y seguro que vas a estar pegado a un sillón de ruedas! Yo te lo dije, te lo dije, ¿te acordás? Ochenta años... ¡si es que llegás!
Andrés Aldao
“¡Samuelito: visita!” Se levanta parsimonioso, contempla su jeta en el espejo y decide afeitarse. Se da una fugaz pasadita y sale al pasillo. “¡Celador!!”. El guardia se aproxima, abre la celda y otro carcelero lo acompaña hasta la sala de visita. Llega a la mampara y aguarda. Felisa se acerca, se sienta y lo mira con cariño. Y rabia, mucha rabia. Se saludan tocándose las manos. Comentan las novedades, abogado, apelaciones, juzgado. Luego, un hosco silencio... La bronca despedaza el aire.
—¿Cuándo vas a aprender, Samuelito? ¿Te molestaba vivir tranquilo? Hacía quince años que largaste el choreo. Compramos el quiosco para alejarte de la gentuza de Acevedo y Corrientes. Te lo vine diciendo todo el tiempo: no vuelvas, no reincidas, no nos falta nada, te lo dije, ¡cuántas veces que te lo dije! ¡Largá, no se te ocurra! Te lo dije. Pero tenías que rejuntarte con la “mala junta”, ¿eh?
—Sí, sí, Felisa, pero también me dijiste otras cosas... ¿te olvidaste? Querías esa cadena de oro igual a la que tiene tu cuñada, ¿no? Me dijiste que estás podrida de vivir en un departamentito, que querías cambiar todos los muebles. Y además, ¿no me dijiste con lágrimas en los ojos: ”Estoy tan alejada del centro”. Dijiste, dijiste, ¡acordate de todo, Felisa!
—Es cierto, Samuelito; ¿pero cómo se te ocurre asaltar un banco? ¿Qué sabés vos de bancos, viejo infeliz? ¿Vos, un “escruchante”? Y con esos dos estúpidos, ¿de dónde los sacaste? El Santiago ese, chofer “profesional”: ¡madre mía, pero si ese tipo no es capaz de manejar ni un monopatín! ¿Te das cuenta, viejo? El infeliz está al volante del auto comiendo un sánguche de salame y queso, papando moscas... Dije “el auto”: ¿Cómo se te ocurre preparar un “asalto” y pretender escaparte en un Renó del 77? ¿Y el otro, el de la “la pesada”? Parado en la puerta del banco con una pistolita 22, escarbándose sus mugrientos mocos y sonriéndose como un tarado mientras vos apretabas al gerente: ¡Dios mío!
—Me los recomendaron los muchachos del café Rívoli, Felisa, ¿qué culpa tengo yo?
—¡Pero qué me contás! Vos estabas jubilado, no más “escruches”, me decías en tu lunfa de Villa Crespo... Teníamos nuestro casita, el quiosco con lotería, no nos faltaba nada... ¿y ahora? Vos en Devoto, apareciste en los diarios con foto y todo, los vecinos me vienen a visitar; en realidad vienen a darme el “pésame”. Jugando al pistolero, al chorro de la pesada; y encima el juez te bajó ocho años, Samuelito.
—Dale, Felisa, no te aflijas: ocho años no es nada, pasan pronto... Felisa, te prometo que desde ahora, ¡chau al afano! Miraremos televisión, jugaremos al buraco, tomaremos café con criollitas, los domigos un pollito al limón... Vas a ver, todo se arreglará.
—Ya no me causan gracia tus estupideces. ¿De qué me estás hablando, viejo reblandecido? Aparte de dormir sola en la cama como una viuda, vender todo lo que ahorramos en tantos años para pagarle al abogado, traerte paquetes que también aprovechan los chorros muertos de hambre que están en tu ranchada, vivir de mi pensión de puta vieja y jubilada ¿todavía me hacés chistes? ¿Sólamente ocho años te dieron? Samuelito: vos ya tenés setenta y dos pirulos... Con tu reuma, cuando salgas en el 2014, vas a ser un inválido de ochenta. Y seguro que vas a estar pegado a un sillón de ruedas! Yo te lo dije, te lo dije, ¿te acordás? Ochenta años... ¡si es que llegás!
Andrés Aldao
TE CAMBIO LA FIGURITA, ¿QUERÉS?
Merci Sáenz
Si se recuerdan las pequeñas paredes que se hacían en la arena con las manos chicas, que tenían forma de inderrumbables murallas, las montañas que sostenían nuestro mundo en el sur, son hoy en la memoria tan frágiles como fuertes fueron en la infancia.
Jugábamos de pantalón corto, para que las rodillas no estuvieran permanentemente mojadas, ni dibujando jirones que, cosidos, eran como caras de títeres que siempre nos miraban en los momentos de detener el juego, cuando una pierna quedaba sobre la otra pidiendo un silencioso permiso para descansar un rato.
El hecho de jugar con pantalón corto, a veces en residuos de escarcha, fue una elección nuestra, cansados de los retos de mamá que con paciencia de abuela, teniendo veinte y pico de años, vivía en en las afueras de Comodoro de Rivadavia, en pleno campo, con hijos que nacían prácticamente uno detrás del otro.
La casa era chiquita y no digo pequeña, sin gas natural, ni luz eléctrica, con cocina a leña de donde salían las tortas de cumpleaños que tiempo después, en Buenos Aires, supe que eran las más torcidas del mundo. Esas circunstancias eran momentos placenteros, que se miden cuando uno conoce la regla y la escuadra, el compás que jamás tenía la mina de lápiz en su lugar y las gomas de borrar, que nunca pertenecieron a una sola cartuchera.
Mamá era una rubia de rodete, pelo molestoso para esa época y era imposible que los vientos (que para nosotros eran de juguete) la dejaran tranquila a la hora en que llegaba papá.
Papá solía irse de esquila tres o cuatro días a un puesto, no muy lejos, a pocas leguas. No lo veíamos salir, lo hacía temprano, pero lo veíamos volver en tardes de poca luz, sobre un caballo que montaba él sólo, tenía puesto siempre un poncho colorado fuego, grueso y de telar, que llegaba casi hasta las patas del animal, gris plomo, lobuno.
Los adultos de esa casa nunca estaban de mal humor, no sé como hacían. No existía en nuestras fronteras la psicología, pero tampoco la posibilidad de desobediencia. Tal vez por la amabilidad de mamá y esa mezcla de autoridad subliminal de papá que, cuando quería que algo no se hiciera, solo tosía, con dos tonos secos de una tos que no era de fumador. Esa misma tos la usaba con los perros, los caballos y los hijos del capataz, que eran siete.
Era como una aparición verlo llegar, nos poníamos en fila por orden de nacimiento, sin que jamás nos hayan indicado nada. Duraba sólo un instante hasta que sus botas altas tocaban la tierra y entonces sus pasos se acercaban cansados y nos rozaba la cabeza.
Eso era todo.
Pero quedó en la memoria, porque fue de los pocos gestos que parecían naturales, simultáneos, y era el momento en que el Dios de un segundo, el que se bajaba de su caballo, se convertía en hombre.
Hay un contraste que se entreteje de viento silbando en los oídos y de venidas a Buenos Aires, donde a mamá tanto su familia como la política la esperaban para parir. Casi todos nacimos acá. Nos fuimos de las tierras del Sur cuando nació el número siete. Se mezclaban acá las costumbres de una familia de clase media, de polleras escocesas para las mujeres y pantalones grises para los que tuvieran la suerte de haber nacido varón. Es que resultaba curioso que nuestro hermano mayor no pudiera jugar con nosotros, el dios del rojo fuego tenía temor a que se afeminara. Después de él veníamos cinco mujeres seguidas. Cuando nació el séptimo, a los pocos meses, sabía tirar la pelota, apretar los puños para un simulacro de boxeo y tragarse el llanto, independiente de su valentía, porque calladamente, no era bueno que llorara. Jugó a las espadas inventadas mucho antes de lo previsto para cualquier chico.
Cuando se transitó por una determinada infancia y se ha llegado a grande, especialmente en campos inhóspitos del sur, los sectores de la memoria son iguales a los potreros, con poco alambre porque el viento todo lo tira, con miles de ovejas, como pequeñas islas blancas, con la cola contra el viento e intentando siempre comer la poca pastura que existía.
Otra cosa eran las cabras. Parecían no necesitar nada, saltando de un lugar a otro, cerca de la casa, cerca de los cerros, no se tropezaban con sus propias ideas, parecían libres a pesar de que a veces, al azar, una era elegida para ser clavada en cruz delante de las brasas, que en el frío adquieren colores que nunca más vuelven a repetirse en la memoria .
Si en mi cabeza existen pinceladas de buenos momentos, los encuentro, juntando ostras en una playa pedregosa y gris en que el sol tapaba el frío y convertía en plateado todo lo que tocaba. Nos dispersábamos por lugares inmensos, saltando como las cabras. Caminábamos marcha atrás haciéndole burla a los cangrejos. No había miradas de control ni sensación de alerta. Al mar le decíamos el cielo acostado y a su blancura ovejas obedientes que venían sin miedo a saludarnos. Ningún baqueano ni ovejero las corría de atrás.
En retazos de agua que quedaban entre las rocas, aún en pleno invierno, hundíamos los pies y ahí sí nos mojábamos más de lo debido. Pero no había retos, tal vez una toalla o un cambio de ropa no parecía importante.
Nunca supe si papá alguna vez en esas playas inmensas utilizó su incorporado código de dos toses. El viento y el mar siempre fueron más fuertes. Eso sí, en cuanto empezaba a bajar el sol estábamos atentos, si un brazo musculoso y de camisa remangada hacia un gesto parecido al de los maquinistas de tren cuando necesitaban sonar su bocina, inmediatamente subíamos al auto de turno sin decir nada. Creo que es el gesto que se usa en los ejercicios militares cuando hay que juntar silenciosamente a los soldados.
Es con absoluta intención que no quiero poner nombres, al menos todavía, porque el Dios del fuego, entre otras cosas escribía y, tal vez predestinado por los evangelios, el título de su libro y su contenido ganaron un premio importante.
Tengo la sensación no sólo en la memoria sino también en las entrañas, que un libro empezó a escribir otra historia en nuestras vidas.
En ésa época el primer año de colegio se llamaba primero inferior; connotaciones aparte, el más grande de mis hermanos terminó el año en Comodoro Rivadavia sin saber leer ni escribir y no precisamente por no tener condiciones, sumado a que el campo se había prendido fuego en gran parte, decidieron que se vendía todo y que nos instalaríamos en Buenos Aires.
El traslado fue complicado para la época, pero fue un traslado.
El tema puntual era la inserción definitiva e integrarse al resto de chicos pequeños fue, sin que lo supiéramos, todo un desafío. Teníamos una mezcla de tazón sostenido con las dos manos en el desayuno para aplacar el frío con la prohibición, también incorporada, de jamás apoyar los codos en la mesa. Los cubiertos, entre bocado y bocado debían estar cruzados sobre el plato, nunca como si fueran los remos de una lancha redonda.
Ya entonces éramos nueve hermanos. Un varón, cinco mujeres, tres varones.
Alquilaron un departamento en una de las cuadras más lindas de Buenos Aires, el colegio quedaba en la esquina y hasta que no tuve capacidad para hacerlo no sabía que vivía en un lugar parecido a un pedacito de Francia. Le decían la calle de las embajadas.
El primer día de clase no sabía mucho qué hacer ni qué decir. Todas las de mi edad tenían unos libros que entre sus hojas guardaban, cuidadosamente, figuritas de colores fuertes y llenas de brillantina.
Encontré una en el piso. La levanté sin saber su cotización, ni su pertenencia, ni quién era el personaje. Como a una mariposa con las alas débiles, la encerré entre mis manos, haciendo fuerza sólo con la punta de los dedos... Como había visto en esas playas inmensas las conchillas de las almejas. No sabía si de allí saldría una perla, o la había convertido en rehén para poder comunicarme con el resto.
Era bueno que usáramos delantales blancos, por eso de que en el montón uno se siente rebaño.
Guardé silencio el mayor tiempo posible, un poco obligada por la vergüenza y otro poco porque nadie me hablaba. Me parecía oportuno el hermetismo. Porque cuando no se sabe nada sobre alguien, sólo las pequeñas referencias de nuestros padres, el silencio hace imaginar en los otros las cosas más maravillosas o más deplorables. No sabía cual de estas dos sentencias me iban a ser aplicadas, pero sí necesitaba especular con el misterio. Necesitaba no mostrar miedo que, con seguridad, era con lo único que contaba.
En el Colegio todas las monjas estaban vestidas de blanco, con una fuente de peces de colores en el medio de un jardín con palmeras. Las clases eran muy luminosas y en todas ellas, había pájaros y plantas.
Este recuerdo me ha servido mucho en la vida, no sólo aprendí a ver luz donde no la espero, sino a enamorarme de cualquier cosa que pudiera venir de un santo descalzo y de bastón de palo. Ninguno de mis hijos se llama Francisco. Tal vez porque es como entiendo el amor y como entiendo a la Iglesia. Tal vez ponerle ese nombre cuando un amor así desborda, es condicionarlo a algo, y no estaba en mis planes que ninguno fuera educado bajo la presión de nada que debería hacerse por elección.
Llegó el recreo y me senté en el borde de la fuente, con las manos juntas, unidas solamente por la punta de los dedos. Corrían a mí alrededor un montón de chicas de todos los tamaños, haciendo bastante ruido. Sentía que mi silencio no lo escuchaba nadie y yo trataba de imaginar si debajo del agua los peces se escuchaban entre si. Parecía que el alboroto de afuera era de otro planeta y plácidamente nadaban prisioneros en un mundo fabricado para ellos. Yo no sabía a esa edad si habían conocido otros.
Una sombra oscureció todo mi cuerpo, alguien se había sentado frente a mí, con ojos grandes y dos trenzas y no requirió mi nombre.
Me preguntó que tenía en las manos. Le contesté que una figurita que no quería estar en las hojas de un libro. Abrí mis manos apenas y cuando la vió, me preguntó si quería cambiarla por la más difícil de Blancanieves. Le dije que sí e hicimos el cambio. Nunca supe si engañé o me engañaron. Sabía que estaba poniendo en práctica los códigos de Buenos Aires. Que tenía que volver a casa, cruzando la calle con mis hermanas menores de la mano, porque amablemente era lo que había pedido papá, que ahora parecía otro hombre. El también tenía algo escondido entre las manos, algo que cambiaría nuestras individuales y pequeñas historias, mientras la amabilidad de mamá seguía intacta.
Era curioso: a medida que pasaba el tiempo, a pesar de que la vida permanentemente es simultánea, cómo se perfilaba la personalidad de cada uno, pero para el afuera del mundo éramos un bloque de nueve.
Para salir todos juntos a cualquier evento social, además de contar con la ayuda de los más grandes para alistar a los más chiquitos, nos sentaban a los que ya estábamos bañados, peinados y vestidos en la mesa de comedor, del comedor de los grandes.
Una nueva frontera, una isla de roble bueno y oscuro que nos sostenía sentaditos, moviendo las piernas sin parar por la impaciencia lógica, pues papá, concordando con el estilo de nuevo hombre que era, ahora había impuesto una orden amable y en voz tranquila: parálisis parcial, eso significaba que sucediera lo que sucediera, nadie podía moverse de un lugar. Seguía vigente la imposibilidad de desobedecer. Esta orden era utilizada en plazas, estando de visita, o en alguna esquina en donde hubiera que esperar algún momento por la charla distraída de los adultos.
En caso de ser necesario utilizaba “el silencio absoluto” que, por supuesto, lo único que se escuchaba era silencio. Nunca entendí, ni aún siendo una de las mayores, como los bebés no lloraban. Nada sabía en esa época del subconsciente colectivo, ni de la masificación de las populares de fútbol, ni siquiera de algún pacto que por conveniencia hubiéramos hecho.
La orden que menos se usaba era la de parálisis total, en alguna prueba de dobladillo, si es que papá pasaba por ahí, o para revisar alguna garganta rebelde y roja.
“El silencio parcial” se ponía en práctica cotidianamente pues nos permitía hablar poco, bajo, y de allí surgían juegos, burlas, tiradas de papelitos, adivinanzas y algunos tenían la posibilidad de quedarse dormidos.
Mamá seguía siendo la misma persona amable y cariñosa y no sé como encajaba en esa ecuación matemática, tal vez porque no sumábamos diez y cualquier cosa divida por nueve, según la prueba del nueve de ese entonces, da cero.
Papá seguía escribiendo, ganaba premios, dicen que tenía éxito. Yo no entendía demasiado, pero sé que por alguna época de esas empecé a escribir. No inventaba demasiado, a pesar de tener mucha imaginación, tenía miedo de transgredir alguna regla que no conocía.
Cuando el más grande tenía catorce años y el menor dos, papá se fue de casa, y nunca más volvió a vivir con nosotros.
No hay diálogos ni nombres, porque no importan como se llamen ciertas cosas que sucedieron a mediados del siglo pasado, aunque fueran ciertas. El corazón quiere entenderlo, pero la razón no la deja.
Sólo me pregunto, ahora que veo la vida de todos mis hermanos, la mía propia, que los veo de frente y perfil, de lejos y de cerca... No sé por cuál figurita me hubiera cambiado, no sé si me hubiese quedado atrapada entre las hojas de un libro. No sé si me atrapó la vida como a una vieja figurita de Blancanieves y me dejó flotar suavemente entre peces que no conozco. Sólo sé que estoy viva. Y que por ella me deslizo; y por momentos feliz. No deja de acompañarme una sensación de locura y de sentirme diferente de los que considero mis pares.
Los nueve estamos vivos, y mamá y papá también.
Si se recuerdan las pequeñas paredes que se hacían en la arena con las manos chicas, que tenían forma de inderrumbables murallas, las montañas que sostenían nuestro mundo en el sur, son hoy en la memoria tan frágiles como fuertes fueron en la infancia.
Jugábamos de pantalón corto, para que las rodillas no estuvieran permanentemente mojadas, ni dibujando jirones que, cosidos, eran como caras de títeres que siempre nos miraban en los momentos de detener el juego, cuando una pierna quedaba sobre la otra pidiendo un silencioso permiso para descansar un rato.
El hecho de jugar con pantalón corto, a veces en residuos de escarcha, fue una elección nuestra, cansados de los retos de mamá que con paciencia de abuela, teniendo veinte y pico de años, vivía en en las afueras de Comodoro de Rivadavia, en pleno campo, con hijos que nacían prácticamente uno detrás del otro.
La casa era chiquita y no digo pequeña, sin gas natural, ni luz eléctrica, con cocina a leña de donde salían las tortas de cumpleaños que tiempo después, en Buenos Aires, supe que eran las más torcidas del mundo. Esas circunstancias eran momentos placenteros, que se miden cuando uno conoce la regla y la escuadra, el compás que jamás tenía la mina de lápiz en su lugar y las gomas de borrar, que nunca pertenecieron a una sola cartuchera.
Mamá era una rubia de rodete, pelo molestoso para esa época y era imposible que los vientos (que para nosotros eran de juguete) la dejaran tranquila a la hora en que llegaba papá.
Papá solía irse de esquila tres o cuatro días a un puesto, no muy lejos, a pocas leguas. No lo veíamos salir, lo hacía temprano, pero lo veíamos volver en tardes de poca luz, sobre un caballo que montaba él sólo, tenía puesto siempre un poncho colorado fuego, grueso y de telar, que llegaba casi hasta las patas del animal, gris plomo, lobuno.
Los adultos de esa casa nunca estaban de mal humor, no sé como hacían. No existía en nuestras fronteras la psicología, pero tampoco la posibilidad de desobediencia. Tal vez por la amabilidad de mamá y esa mezcla de autoridad subliminal de papá que, cuando quería que algo no se hiciera, solo tosía, con dos tonos secos de una tos que no era de fumador. Esa misma tos la usaba con los perros, los caballos y los hijos del capataz, que eran siete.
Era como una aparición verlo llegar, nos poníamos en fila por orden de nacimiento, sin que jamás nos hayan indicado nada. Duraba sólo un instante hasta que sus botas altas tocaban la tierra y entonces sus pasos se acercaban cansados y nos rozaba la cabeza.
Eso era todo.
Pero quedó en la memoria, porque fue de los pocos gestos que parecían naturales, simultáneos, y era el momento en que el Dios de un segundo, el que se bajaba de su caballo, se convertía en hombre.
Hay un contraste que se entreteje de viento silbando en los oídos y de venidas a Buenos Aires, donde a mamá tanto su familia como la política la esperaban para parir. Casi todos nacimos acá. Nos fuimos de las tierras del Sur cuando nació el número siete. Se mezclaban acá las costumbres de una familia de clase media, de polleras escocesas para las mujeres y pantalones grises para los que tuvieran la suerte de haber nacido varón. Es que resultaba curioso que nuestro hermano mayor no pudiera jugar con nosotros, el dios del rojo fuego tenía temor a que se afeminara. Después de él veníamos cinco mujeres seguidas. Cuando nació el séptimo, a los pocos meses, sabía tirar la pelota, apretar los puños para un simulacro de boxeo y tragarse el llanto, independiente de su valentía, porque calladamente, no era bueno que llorara. Jugó a las espadas inventadas mucho antes de lo previsto para cualquier chico.
Cuando se transitó por una determinada infancia y se ha llegado a grande, especialmente en campos inhóspitos del sur, los sectores de la memoria son iguales a los potreros, con poco alambre porque el viento todo lo tira, con miles de ovejas, como pequeñas islas blancas, con la cola contra el viento e intentando siempre comer la poca pastura que existía.
Otra cosa eran las cabras. Parecían no necesitar nada, saltando de un lugar a otro, cerca de la casa, cerca de los cerros, no se tropezaban con sus propias ideas, parecían libres a pesar de que a veces, al azar, una era elegida para ser clavada en cruz delante de las brasas, que en el frío adquieren colores que nunca más vuelven a repetirse en la memoria .
Si en mi cabeza existen pinceladas de buenos momentos, los encuentro, juntando ostras en una playa pedregosa y gris en que el sol tapaba el frío y convertía en plateado todo lo que tocaba. Nos dispersábamos por lugares inmensos, saltando como las cabras. Caminábamos marcha atrás haciéndole burla a los cangrejos. No había miradas de control ni sensación de alerta. Al mar le decíamos el cielo acostado y a su blancura ovejas obedientes que venían sin miedo a saludarnos. Ningún baqueano ni ovejero las corría de atrás.
En retazos de agua que quedaban entre las rocas, aún en pleno invierno, hundíamos los pies y ahí sí nos mojábamos más de lo debido. Pero no había retos, tal vez una toalla o un cambio de ropa no parecía importante.
Nunca supe si papá alguna vez en esas playas inmensas utilizó su incorporado código de dos toses. El viento y el mar siempre fueron más fuertes. Eso sí, en cuanto empezaba a bajar el sol estábamos atentos, si un brazo musculoso y de camisa remangada hacia un gesto parecido al de los maquinistas de tren cuando necesitaban sonar su bocina, inmediatamente subíamos al auto de turno sin decir nada. Creo que es el gesto que se usa en los ejercicios militares cuando hay que juntar silenciosamente a los soldados.
Es con absoluta intención que no quiero poner nombres, al menos todavía, porque el Dios del fuego, entre otras cosas escribía y, tal vez predestinado por los evangelios, el título de su libro y su contenido ganaron un premio importante.
Tengo la sensación no sólo en la memoria sino también en las entrañas, que un libro empezó a escribir otra historia en nuestras vidas.
En ésa época el primer año de colegio se llamaba primero inferior; connotaciones aparte, el más grande de mis hermanos terminó el año en Comodoro Rivadavia sin saber leer ni escribir y no precisamente por no tener condiciones, sumado a que el campo se había prendido fuego en gran parte, decidieron que se vendía todo y que nos instalaríamos en Buenos Aires.
El traslado fue complicado para la época, pero fue un traslado.
El tema puntual era la inserción definitiva e integrarse al resto de chicos pequeños fue, sin que lo supiéramos, todo un desafío. Teníamos una mezcla de tazón sostenido con las dos manos en el desayuno para aplacar el frío con la prohibición, también incorporada, de jamás apoyar los codos en la mesa. Los cubiertos, entre bocado y bocado debían estar cruzados sobre el plato, nunca como si fueran los remos de una lancha redonda.
Ya entonces éramos nueve hermanos. Un varón, cinco mujeres, tres varones.
Alquilaron un departamento en una de las cuadras más lindas de Buenos Aires, el colegio quedaba en la esquina y hasta que no tuve capacidad para hacerlo no sabía que vivía en un lugar parecido a un pedacito de Francia. Le decían la calle de las embajadas.
El primer día de clase no sabía mucho qué hacer ni qué decir. Todas las de mi edad tenían unos libros que entre sus hojas guardaban, cuidadosamente, figuritas de colores fuertes y llenas de brillantina.
Encontré una en el piso. La levanté sin saber su cotización, ni su pertenencia, ni quién era el personaje. Como a una mariposa con las alas débiles, la encerré entre mis manos, haciendo fuerza sólo con la punta de los dedos... Como había visto en esas playas inmensas las conchillas de las almejas. No sabía si de allí saldría una perla, o la había convertido en rehén para poder comunicarme con el resto.
Era bueno que usáramos delantales blancos, por eso de que en el montón uno se siente rebaño.
Guardé silencio el mayor tiempo posible, un poco obligada por la vergüenza y otro poco porque nadie me hablaba. Me parecía oportuno el hermetismo. Porque cuando no se sabe nada sobre alguien, sólo las pequeñas referencias de nuestros padres, el silencio hace imaginar en los otros las cosas más maravillosas o más deplorables. No sabía cual de estas dos sentencias me iban a ser aplicadas, pero sí necesitaba especular con el misterio. Necesitaba no mostrar miedo que, con seguridad, era con lo único que contaba.
En el Colegio todas las monjas estaban vestidas de blanco, con una fuente de peces de colores en el medio de un jardín con palmeras. Las clases eran muy luminosas y en todas ellas, había pájaros y plantas.
Este recuerdo me ha servido mucho en la vida, no sólo aprendí a ver luz donde no la espero, sino a enamorarme de cualquier cosa que pudiera venir de un santo descalzo y de bastón de palo. Ninguno de mis hijos se llama Francisco. Tal vez porque es como entiendo el amor y como entiendo a la Iglesia. Tal vez ponerle ese nombre cuando un amor así desborda, es condicionarlo a algo, y no estaba en mis planes que ninguno fuera educado bajo la presión de nada que debería hacerse por elección.
Llegó el recreo y me senté en el borde de la fuente, con las manos juntas, unidas solamente por la punta de los dedos. Corrían a mí alrededor un montón de chicas de todos los tamaños, haciendo bastante ruido. Sentía que mi silencio no lo escuchaba nadie y yo trataba de imaginar si debajo del agua los peces se escuchaban entre si. Parecía que el alboroto de afuera era de otro planeta y plácidamente nadaban prisioneros en un mundo fabricado para ellos. Yo no sabía a esa edad si habían conocido otros.
Una sombra oscureció todo mi cuerpo, alguien se había sentado frente a mí, con ojos grandes y dos trenzas y no requirió mi nombre.
Me preguntó que tenía en las manos. Le contesté que una figurita que no quería estar en las hojas de un libro. Abrí mis manos apenas y cuando la vió, me preguntó si quería cambiarla por la más difícil de Blancanieves. Le dije que sí e hicimos el cambio. Nunca supe si engañé o me engañaron. Sabía que estaba poniendo en práctica los códigos de Buenos Aires. Que tenía que volver a casa, cruzando la calle con mis hermanas menores de la mano, porque amablemente era lo que había pedido papá, que ahora parecía otro hombre. El también tenía algo escondido entre las manos, algo que cambiaría nuestras individuales y pequeñas historias, mientras la amabilidad de mamá seguía intacta.
Era curioso: a medida que pasaba el tiempo, a pesar de que la vida permanentemente es simultánea, cómo se perfilaba la personalidad de cada uno, pero para el afuera del mundo éramos un bloque de nueve.
Para salir todos juntos a cualquier evento social, además de contar con la ayuda de los más grandes para alistar a los más chiquitos, nos sentaban a los que ya estábamos bañados, peinados y vestidos en la mesa de comedor, del comedor de los grandes.
Una nueva frontera, una isla de roble bueno y oscuro que nos sostenía sentaditos, moviendo las piernas sin parar por la impaciencia lógica, pues papá, concordando con el estilo de nuevo hombre que era, ahora había impuesto una orden amable y en voz tranquila: parálisis parcial, eso significaba que sucediera lo que sucediera, nadie podía moverse de un lugar. Seguía vigente la imposibilidad de desobedecer. Esta orden era utilizada en plazas, estando de visita, o en alguna esquina en donde hubiera que esperar algún momento por la charla distraída de los adultos.
En caso de ser necesario utilizaba “el silencio absoluto” que, por supuesto, lo único que se escuchaba era silencio. Nunca entendí, ni aún siendo una de las mayores, como los bebés no lloraban. Nada sabía en esa época del subconsciente colectivo, ni de la masificación de las populares de fútbol, ni siquiera de algún pacto que por conveniencia hubiéramos hecho.
La orden que menos se usaba era la de parálisis total, en alguna prueba de dobladillo, si es que papá pasaba por ahí, o para revisar alguna garganta rebelde y roja.
“El silencio parcial” se ponía en práctica cotidianamente pues nos permitía hablar poco, bajo, y de allí surgían juegos, burlas, tiradas de papelitos, adivinanzas y algunos tenían la posibilidad de quedarse dormidos.
Mamá seguía siendo la misma persona amable y cariñosa y no sé como encajaba en esa ecuación matemática, tal vez porque no sumábamos diez y cualquier cosa divida por nueve, según la prueba del nueve de ese entonces, da cero.
Papá seguía escribiendo, ganaba premios, dicen que tenía éxito. Yo no entendía demasiado, pero sé que por alguna época de esas empecé a escribir. No inventaba demasiado, a pesar de tener mucha imaginación, tenía miedo de transgredir alguna regla que no conocía.
Cuando el más grande tenía catorce años y el menor dos, papá se fue de casa, y nunca más volvió a vivir con nosotros.
No hay diálogos ni nombres, porque no importan como se llamen ciertas cosas que sucedieron a mediados del siglo pasado, aunque fueran ciertas. El corazón quiere entenderlo, pero la razón no la deja.
Sólo me pregunto, ahora que veo la vida de todos mis hermanos, la mía propia, que los veo de frente y perfil, de lejos y de cerca... No sé por cuál figurita me hubiera cambiado, no sé si me hubiese quedado atrapada entre las hojas de un libro. No sé si me atrapó la vida como a una vieja figurita de Blancanieves y me dejó flotar suavemente entre peces que no conozco. Sólo sé que estoy viva. Y que por ella me deslizo; y por momentos feliz. No deja de acompañarme una sensación de locura y de sentirme diferente de los que considero mis pares.
Los nueve estamos vivos, y mamá y papá también.
TARDE
Diego Andrés Herrera
Era mi tercer o cuarto día de trabajo en el casino, cuando te vi parada junto a una máquina de café. Sonriendo, balanceándote de un lado a otro como si estuvieses bailando; meciendo todo ese maravilloso cuerpo, con el pelo largo atado en una cola de caballo y los labios pintados de rojo y aquellas pecas delicadas. Estabas charlando con un tipo gordo. Él tenía esa pose ganadora, a lo Marlon Brando; cara de hombre duro y ademanes masculinos. Aunque transpiraba mucho y se miraba las manos cada vez que parecía quedarse sin argumentos. Incluso, creo que respirar no le resultaba muy sencillo; lo estaba asesinando. Pobre hombre. Lo que se dice un tipo fácil, sin brillo ni propósito definido, simulando encender la mecha. ¿Habría matado por vos? ¿Habría muerto por vos? Claro que no. Y vos sabías que era un fraude, como casi todos lo somos; pretendiendo, jugando sin jugarse; y pudiste haberlo puesto en evidencia, haberlo humillado, por supuesto que pudiste, pero no lo hiciste. Fuiste amable. Finalmente, el hombre-niño se dio por vencido y se marchó y los tipos alrededor se codearon para acercarse y reclamarte suyo. Vos sonreías…
Recuerdo esa imagen, rodeada de contradicción, casi irreal: toda esa gente, arremolinándose entorno tuyo, y al mismo tiempo la quietud insoslayable de mi cobardía. Nunca fui bueno para crear conversaciones de la nada, ¿sabés? Aunque en un acto negligente, casi lo consigo. Pese a mí mismo, casi lo consigo. Recuerdo que pegué un salto de donde estaba y que marché hacia vos. Hacia mi libertad, porque si lo conseguía, supuse, por fin sería libre. Y mientras caminaba, con pasos pesados, torpes, sin saber qué decir ni qué hacer, me pensé abriéndome camino entre tus galanes, sin más certeza que la convicción de estar obrando por una buena causa; me pensé tomándote entre mis brazos, sujetando tu delicado cuerpo y finalmente, me pensé besándote. Sin embargo, al llegar a vos volví a ser yo. Pávido e inseguro. ¿Qué podría ofrecerte? Quizás mucho.
Entonces, mientras te pienso, desde el fondo de mis entrañas me embisten otros recuerdos, inevitables, como cataratas arrolladoras; sacudiéndome brutalmente, sin darme chances ni consuelo: todos tus gritos, todos tus reclamos. Todo tu amor cuidadosamente administrado, todo tu odio desmedido; tu inconstancia, tu poca memoria, tu falta de fe. Todo aquel tiempo juntos, 4 años juntos pero infinitamente distantes. Despertando a tu lado, observándote en silencio, con la tristeza de quien ama sin ser amado y nada puede hacer. ¿Tal vez ser más valiente, más honesto y aceptar la derrota? No, cariño, mis vicios son de estas orbes y el terror de perderte era inverosímil. Y es por eso que soporté tu violencia, tus excesos, y lo peor de todo, tus insultos frente a Agustín, nuestro pequeño: “sos una porquería de padre, sos un pobre tipo”, mientras Agustín lloraba sin entender; sin entender por qué su mamá le decía cosas tan horribles a su padre. Y vos reías llena de malicia, regocijándote en mi dolor, festejándote en tu propia arrogancia, pisoteando mis despojos y mi impotencia… ¿Quién lo diría? Aquella hermosa mujer que solía balancearse de un lado a otro como si estuviese bailando, meciendo todo ese maravilloso cuerpo, con el pelo largo atado en una cola de caballo y los labios pintados de rojo; y aquellas pecas delicadas quemando mis ojos incrédulos, ¿quién lo diría, cariño?
Hoy, ya separados, rotos y extraños, aun tengo la costumbre de recurrir a aquella imagen: vos parada ahí, junto a la máquina de café, jugando, sonriendo, enaltecida. Inocente. Porque entonces no hubimos desnudado nuestras almas. Éramos un sueño, un sueño en el que yo sólo era yo y vos sólo eras vos. Y sé que si hubiésemos despertado a tiempo nadie habría resultado herido. Pero aprendimos tarde. Lo suficientemente tarde como para odiarnos. Porque tú culpa, mi culpa… la culpa, en definitiva, no fue de nadie. Pero eso no lo hizo menos doloroso.
Era mi tercer o cuarto día de trabajo en el casino, cuando te vi parada junto a una máquina de café. Sonriendo, balanceándote de un lado a otro como si estuvieses bailando; meciendo todo ese maravilloso cuerpo, con el pelo largo atado en una cola de caballo y los labios pintados de rojo y aquellas pecas delicadas. Estabas charlando con un tipo gordo. Él tenía esa pose ganadora, a lo Marlon Brando; cara de hombre duro y ademanes masculinos. Aunque transpiraba mucho y se miraba las manos cada vez que parecía quedarse sin argumentos. Incluso, creo que respirar no le resultaba muy sencillo; lo estaba asesinando. Pobre hombre. Lo que se dice un tipo fácil, sin brillo ni propósito definido, simulando encender la mecha. ¿Habría matado por vos? ¿Habría muerto por vos? Claro que no. Y vos sabías que era un fraude, como casi todos lo somos; pretendiendo, jugando sin jugarse; y pudiste haberlo puesto en evidencia, haberlo humillado, por supuesto que pudiste, pero no lo hiciste. Fuiste amable. Finalmente, el hombre-niño se dio por vencido y se marchó y los tipos alrededor se codearon para acercarse y reclamarte suyo. Vos sonreías…
Recuerdo esa imagen, rodeada de contradicción, casi irreal: toda esa gente, arremolinándose entorno tuyo, y al mismo tiempo la quietud insoslayable de mi cobardía. Nunca fui bueno para crear conversaciones de la nada, ¿sabés? Aunque en un acto negligente, casi lo consigo. Pese a mí mismo, casi lo consigo. Recuerdo que pegué un salto de donde estaba y que marché hacia vos. Hacia mi libertad, porque si lo conseguía, supuse, por fin sería libre. Y mientras caminaba, con pasos pesados, torpes, sin saber qué decir ni qué hacer, me pensé abriéndome camino entre tus galanes, sin más certeza que la convicción de estar obrando por una buena causa; me pensé tomándote entre mis brazos, sujetando tu delicado cuerpo y finalmente, me pensé besándote. Sin embargo, al llegar a vos volví a ser yo. Pávido e inseguro. ¿Qué podría ofrecerte? Quizás mucho.
Entonces, mientras te pienso, desde el fondo de mis entrañas me embisten otros recuerdos, inevitables, como cataratas arrolladoras; sacudiéndome brutalmente, sin darme chances ni consuelo: todos tus gritos, todos tus reclamos. Todo tu amor cuidadosamente administrado, todo tu odio desmedido; tu inconstancia, tu poca memoria, tu falta de fe. Todo aquel tiempo juntos, 4 años juntos pero infinitamente distantes. Despertando a tu lado, observándote en silencio, con la tristeza de quien ama sin ser amado y nada puede hacer. ¿Tal vez ser más valiente, más honesto y aceptar la derrota? No, cariño, mis vicios son de estas orbes y el terror de perderte era inverosímil. Y es por eso que soporté tu violencia, tus excesos, y lo peor de todo, tus insultos frente a Agustín, nuestro pequeño: “sos una porquería de padre, sos un pobre tipo”, mientras Agustín lloraba sin entender; sin entender por qué su mamá le decía cosas tan horribles a su padre. Y vos reías llena de malicia, regocijándote en mi dolor, festejándote en tu propia arrogancia, pisoteando mis despojos y mi impotencia… ¿Quién lo diría? Aquella hermosa mujer que solía balancearse de un lado a otro como si estuviese bailando, meciendo todo ese maravilloso cuerpo, con el pelo largo atado en una cola de caballo y los labios pintados de rojo; y aquellas pecas delicadas quemando mis ojos incrédulos, ¿quién lo diría, cariño?
Hoy, ya separados, rotos y extraños, aun tengo la costumbre de recurrir a aquella imagen: vos parada ahí, junto a la máquina de café, jugando, sonriendo, enaltecida. Inocente. Porque entonces no hubimos desnudado nuestras almas. Éramos un sueño, un sueño en el que yo sólo era yo y vos sólo eras vos. Y sé que si hubiésemos despertado a tiempo nadie habría resultado herido. Pero aprendimos tarde. Lo suficientemente tarde como para odiarnos. Porque tú culpa, mi culpa… la culpa, en definitiva, no fue de nadie. Pero eso no lo hizo menos doloroso.
domingo, mayo 20, 2007
El cuarto del abuelo

A mis nieta Zohar (brillante)
Aquí no hay secretos… Entre estos papeles, recortes y carpetas sólo vas a encontrar sueños perdidos, mucha tristeza y rabia. Eso sí, tratá de dejar todo en orden. Así le habló el abuelo a Zohar cuando ella le preguntó si podía entrar al cuarto de trabajo durante su ausencia. ¡Qué raro! No se le ocurrió averiguar por qué se me antoja curiosear allí...
El Abue viajó y ella se quedó con la abuela. De todos modos, le llevó algunos días decidirse a entrar en el cuarto del Abue. Desde que recuerda, el lugar era como la celda de un monasterio, llena de misterios y pasadizos: él siempre escribiendo, la mirada en el monitor, perdida a veces vaya a saber en qué laberintos. Y la música esa que lo acompaña a toda hora. Tangos de mi tiempo, de mi juventud, solía decirle con esa constancia de viejo que a veces no recuerda y repite.
Dudaba... Era una inusual sensación de respeto. Como si atravesar la puerta del cuarto de trabajo fuese una intrusión, inmiscuirse en secretos de su pasado. Confundida, se preguntaba: ¿Qué derecho tengo a invadir este santuario, revolver sus cosas, penetrar en sus recuerdos?
El descaro de los quince años y esa sensación de misterio inexplicable, fueron más fuertes que el escrúpulo o la sensación de culpa por el inminente fisgoneo. Cuando era más pequeña y el abuelo tecleaba con sus dos dedos mayores (casi todos emplean los índices, pensaba) Zohar atisbaba en silencio sus rasgos, o los gestos repetidos, como fruncir la frente, escribir con los dientes apretados o dar vueltas en la silla con la mirada ausente. Entonces la veía y le hablaba con esa voz apayasada, relatándole las cosas más absurdas, las invenciones más extravagantes en un lenguaje tan adulto que (suponía el abuelo), aportaron mucho al nivel del vocabulario de la nieta.
Ahora, todo ese universo de fantasía donde el abuelo era el mago, el ilusionista, estaba a su disposición... Cruzando nomás esa puerta que siempre permanece abierta. Como una invitación cordial a compartir el silencio, el espacio de trabajo, a contemplar la atmósfera arcana que impera en ese aposento repleto de papeles, carpetas, recortes, la computadora encendida, el teléfono sitiado por papeles, lapiceras y tarjetas. Y la impresora y los diccionarios. Aunque (era obvio) reinaba allí una advertencia tácita, acechante: ¡cuidado, intrusos, no invadir, no tocar, no leer!
Contemplaba la coreografía del cuarto e imaginaba que era un lugar lleno de encanto y misterio. A veces fantaseaba que mientras el abuelo dormía se deslizaba por el cuarto investigando los prodigios de esos aparatos. Cerraba los ojos y parecíale percibir a los duendes de la noche danzar en el cuarto silbándole esas melodías que tanto placer le dan al Abue. En aquellos días debía hacer enormes esfuerzos para no revolver entre el papelerío buscando la intriga, el misterio o el placer; tal vez por simple compulsión, curiosidad o aventura. Pero no se atrevía...
Luego de aquella primera vez que fue sorprendida no le quedaron ganas de repetir el delito., aunque siguié con los deseos de zambullirse entre esas páginas impresas, papeles desordenados, mezclados con papeluchos y sobres. ¡Qué estás haciendo con esos papeles! ¡sos una delincuente! ¡que nunca más te vea en este cuarto! ¿me oíste? Tenía siete años. Se puso a llorar. El Abue la abrazó, secó sus lágrimas y luego le dio una conferencia acerca del orden que debe imperar en un cuarto de trabajo, que su cuarto era un archivo perfecto... Hasta que la nieta echó una mirada inocente alrededor del “orden” y comprendió, entonces, que su abuelo era un soñador. Pero no se atrevió a contradecirlo: él la había sorprendido en pecado.
A veces escuchaba las conversaciones telefónicas del Abue. Podía estar una hora en amena charla sin que tuviera noción del tiempo. Pero le agradaba oírlo, sobre todo cuando algo le causaba gracia y entonces estallaba en ruidosas carcajadas. Conoció, también, los momentos en que el abuelo actuaba como un tremendo cascarrabias, siempre llamando la atención, criticando, dando indicaciones, discutiendo. Y sin embargo ella percibía la generosidad del abuelo. Como la fachada de un monstruo que guarda en su interior un corazón de niño, tierno con los pequeños, amando a los perros como a hijos (excepto los mini perros, a quienes rechaza por principio).
Esa tarde se decidió. Entró al cuarto a oscuras. Abrió los postigos y echó una mirada. Recordó sus advertencias: “...y tratá de dejar todo en orden”. El desorden era tan descomunal, que tuvo que sentarse en la silla giratoria para recuperarse. No había un solo lugar vacío y temblaba pensando que un leve estornudo podría desencadenar un terremoto.
Contempló las paredes y advirtió algunos retratos. Uno de ellos era una antigua foto en blanco y negro: allí estaba el abuelo de jovencito (muy buen mozo, se le ocurrió) con otros dos muchachos. Calzaba zapatos negros con parte de la capellada blanca: y a pesar de los años reconoció fascinada un gesto muy suyo. Era cuando aún tenía el pasado corto y un futuro largo. En otro retrato, bastante reciente, el abuelo aparecía ya mayor. Y pensó con pena que en esa otra foto el Abue tiene un pasado muy largo, y el futuro... Desechó el pensamiento y se quedó callada.
No le hizo falta la prudencia. Sentada allí, respirando esa atmósfera monacal y turbulenta, Zohar decidió dar vueltas y vueltas en la silla giratoria, como en una calesita fantástica, embriagándose con los espíritus y los espectros que, seguramente, la acechaban desde los libros dispersos, las hojas entremezcladas, los recovecos taponados por carpetas, el pulcro y habitual desorden que era la rutina de su abuelo. Dejó de dar vueltas. La silla se detuvo. Cerró los postigos y por primera vez, sin angustias, sin curiosidad ni compulsión, abandonó el recinto. Este cuarto es el espíritu vivo del abuelo, su mundo. Decidió no profanarlo.
Cuando el Abue regresó, Zohar le dijo que no había estado en el cuarto. La miró a los ojos, se sonrió y le dio el regalito que había traído para ella: “¡Tomá! Es una agenda para que aprendas a anotar las cosas y ser ordenada como yo.”
Andrés Aldao
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