Foto de Cartier Bresson

Foto de Cartier Bresson

martes, enero 29, 2008

EL JUEGO DE LA VERDAD


por Ester Man

...Se murió nomás. Ella, que según Juan tenía todo planificado, hasta los más pequeños detalles, no tomó en cuenta que se podía morir. ¿Para qué le sirvió negarle el divorcio durante años? Justo ella la tuvo que palmar... Ahora él es un honorable viudo y puede hacer lo que se le ocurra sin tener que ocultarse. A mí ella no me molestaba, era Juan el que todo el tiempo sólo pensaba cómo embromarla.
Vamos a ver si se va a casar conmigo. ¿Quién sería el mentiroso: Juan, que no nos compraba un departamento, ni me llevaba a París o por lo menos a Eilat, o ella, la bruja que según él nos perseguía, espiaba y controlaba sin pausa? ¿Cuántas veces me dijo que no diga nada por teléfono, que puede estar "pinchado", que no le abra la puerta a nadie?
No salíamos juntos, siempre nos encontrábamos en algún lugar, lejos de la ciudad, no volvíamos en el mismo colectivo... ¡qué sé yo todas las precauciones que me obligaba a tomar!
Y la ex lloraba por teléfono, le dejaba mensajes a los chicos en la contestadora: “¿por qué no vienen?, soy vuestra madre, yo les di la vida, los atendí cuando estaban enfermos, les di de mamar!”.
Y Juan me decía que no le haga caso, que eran todas mentiras, que él era el que cocinaba y se levantaba a la noche cuando alguno lloraba...Que ella era una egoísta, que eran lágrimas de cocodrilo...
¡Quién puede saber la verdad de la milanesa! Juan y los muchachos la saben bien pero nunca abrirán la boca. Ni siquiera el tiempo me develará la verdad, porque también puede ser que los dos eran unos reventados, ¿no?

“”””””””””””
Veo todo, todo por dentro y por fuera. Nadie es hermoso, pero de todas maneras, el interior es mucho peor.
Siempre me gustó curiosear, me pasaba horas en la ventana del lavadero mirando la calle, y en muchas oportunidades creí conocer la verdad, creí saber lo que la gente pensaba y sentía.
Ahora todo se despliega bajo mis ojos. Yo estoy arriba, como en los sueños, como en la película de Woody Allen. Pero ellos no pueden darse cuenta. No pueden saber que yo los contemplo.
¿Será siempre así, o esto es sólo un período pasajero, hasta que mi alma se ubique?
No me atrae la idea de conocer lo que pasa por toda la eternidad, ya me bastó con este corto tiempo - desde hace dos días. Ver a mis queridos hijos y a sus esposas revolver mi ropa, mis libros... El montón de descarte mucho más grande que el que se llevaron a sus casas. Las sábanas y toallas limpias, planchadas y dobladas con cuidado hechas un bollo para la basura. Ni se tomaron el trabajo de regalarlas.
Pero bueno, ¿qué me puede importar ahora la ropa, los muebles y todas las cosas materiales que tenía? Mucho más me dolieron sus comentarios sarcásticos, sus bromas.
Ahora el mayor está diciendo “Kadish*. Este sería el momento para derramar algunas lagrimitas, pero mi ex, mis nueras y mis hijos miran a su alrededor, como si estuvieran midiendo el terreno, los ojos secos y la expresión distraída.
Ya desparramaron la última palada de tierra sobre mi tumba. La gente se da vuelta y empieza a caminar hacia la salida. Los sigo con mi vista o lo que sea... Los autos arrancan y ahora veo las cosas difusas, veladas. Todo se va borrando, ellos vuelven a sus pequeñas vidas y yo... ¿Adónde me lleva este fuerte viento, adónde me arrastra?
Ya no puedo ver la tierra ni los árboles ni las nubes: sólo veo esa luz que me enceguece...¡Adiós, mundo!

* Oración fúnebre que lee el hijo mayor o varón ante la tumba.

lunes, enero 28, 2008

Hallazgo - un cuento de Cristina Wajswol




Alejado del bullicio del centro comercial del barrio, el lugar parece abandonado.
La vieja cortina metálica, permanece a media asta a excepción de las horas de la siesta, durante las cuales, como es lógico suponer, la misma se cierra.
Con un poco de paciencia, se consigue descifrar los entreverados graffiti que cruzan la fachada. A la izquierda de la cortina, manchado de pintura, sobrevive el que una vez fue el prolijo cartel portador del nombre del local, en el que se ve una solitaria letra T.
Todo se ve gastado, nada es, sino lo que fue.

Las casas vecinas fueron recicladas, no así las veredas, por donde asoman raíces de árboles añejos. Racimos de coquitos amarillos, salvados de escobas, que no se toman la molestia de tocarlos: ensucian zapatos y baldosas.
Aun existe en esa cuadra un almacén como los de antes. De allí salen vecinas con bolsas de red cargadas y niños que corren con un pan o un litro de leche en la mano, las monedas del cambio en la otra y un chicle estrenándose entre los dientes.
Envoltorios varios vuelan y se amontonan el torno al paraíso, insultando la tierra. Vacías cajillas de cigarros, bolsitas de nylon, y papeles de golosinas que una vez a la semana alguien junta y quema.
En la esquina se destaca la cruz roja de la farmacia, sus vitrinas repletas, y las obligadas rejas, que mitigan aunque sea un tanto, la inseguridad de quien fuera asaltado varias veces.
Estacionados frente al taller de afilados, dos vehículos se acomodan desde el amanecer hasta que cae el sol, tosiendo de vez en cuando, y despertando a los que duermen, con su ronca voz de coche viejo.

El barrio es una mezcla de tiempos, voluntades, respetos y atropellos. Como en todas partes, existe detrás de cada puerta un mundo.
A juzgar por su apariencia, detrás de la cortina todo debe ser humedad y polvo, pisos de largos tablones de madera y ambientes de techos altos.

Golpeé y esperé. Alguien subió lentamente el telón de un escenario que distaba mucho de ser lo que uno prejuzgaba de afuera. En el centro de cada espiral en colores pastel que mareaban el piso, alguien esperaba. Faroles chinos colgaban desde vigas de roble.
- ¿Puedo pasar? – pregunté, casi sin mirar a mi interlocutor.
- ¿Para qué?
La pregunta me descolocó.
- No sé.
- Entonces, puede pasar.
Caminé en cámara lenta proyectada a mi destino. Bajo un farolito reconocí el espiral que me correspondía. Aspiré el olor a tierra después de la lluvia que emanaba del centro y allí esperé. Las raíces que fui echando fueron finos hilos de bordar, y las blancas flores adornos en mi pelo. A mi lado, un anciano salido de un antiguo cuento oriental narraba una bella historia de amor.
Escuché, florecí, me envolví en susurros y dormí. Soñé con una pesada cortina metálica tras la cual, la oscuridad, altos techos, pisos de tablones y un desagradable olor a humedad eran surcados por insólitos hacedores de magia.

Cristina Wajswol
19.08.07

viernes, enero 11, 2008

LA BICICLETA



por Ronit Sela*

Salí de mi casa y por un momento reapareció el viejo temor –que la bicicleta no estuviese allí-, pero aún antes de mirar supe que me esperaba al lado de la baranda, sin candado, a pesar de las advertencias reiteradas de mis padres que me advertían que al final me la iban a robar, que debía ponerlas en el depósito.
Bajé en el ascensor, paré la bicicleta con el impulso acostumbrado y, abajo en la entrada, me subí y empecé a andar.
El murmullo zumbante de las ruedas me daba una sensación agradable que me prometí recordar pero, como siempre, en la esquina mi cabeza ya estaba en otro mundo.
Siempre me imaginaba todo tipo de inconvenientes que podían surgir, cada objeto que veía era un accidente potencial: deslizarme a la banquina, por ejemplo, tragarme la puerta de un auto que se abría, o caerme dentro de una boca de tormenta abierta.
Pero no sólo los posibles accidentes me preocupaban. También era consciente de cosas interesantes que me podían sorprender, en especial la posibilidad que de pronto pasara algún conocido, alguien que yo deseara ver.
Entonces enderezaba la espalda, me controlaba y trataba de reflejar la imagen de una joven llena de gracia andando en bicicleta. Esto duraba sólo unos minutos, hasta que mi cabeza se iba por otros senderos y volvia a montar en la forma que me era más cómoda, desgarbada, la cabeza agachada, la espalda torcida.

Tambien ese día estaba ensimismada en distintos pensamientos, cuando de pronto me dí cuenta que estaba en una calle que me era desconocida, en un barrio que nunca visité. Un poco tarde entendí que el muchacho que me explicó, sonriente, el camino, me hizo equivocar. Y cuanto más viajaba, más me alejaba del mundo seguro y conocido, sola por completo en el universo. Se acercaba el atardecer y la fiesta a la que pensaba ir me parecía lejana e inalcanzable, como si nunca fuera a llegar, que jamás encontraría a mis amigos, ellos también tan lejanos e inaccesibles que pensé que eran invención mía. Ya había una completa penumbra. Las luces de los autos que venían en mi dirección me provocaban un sentimiento de soledad: montada sola en mi bicicleta, que ahora parecía más pequeña y expuesta.
Ya sentía la angustia conocida que precede al llanto, cuando vi a lo lejos el salón, iluminado con múltiples luces de colores, y me inundó el alivio.
Todos habían llegado, y contentos de verme me instaban a sacar el registro de conductor de una buena vez y abandonar los estúpidos viajes en bicicleta.
Yo, por supuesto, asentí y relaté, divertida, como casi me pierdo.

Despues comenzó el invierno. El viento frío me hacía lloriquear los ojos y si llovía era imposible montar en bicicleta. Empecé a tomar clases de manejo, la bicicleta quedó olvidada, sin el candado, apoyada en la baranda de la escalera, al lado de nuestro departamento.
Uno de los primeros días de la primavera siguiente, cuando salía de casa a esperar al profesor de manejo, miré sin pensar la baranda vacía y me dí cuenta que ya no estaba allí; que, de hecho, no tenía ni idea de cuándo la vi por última vez.
No fue, como pensé tantas veces, como me imaginé que sería. Y a pesar del esfuerzo... no me embargó ni un asomo de tristeza. ■

* Agradezco a la lectora que advirtió la ausencia del nombre de la autora

jueves, enero 10, 2008

El tren a Burdeos

Marguerite Duras


Una vez tuve dieciséis años. A esa edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigón, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía de tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias y los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta de que todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían dormido muy deprisa tras salir de Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarlos. Si me hubieran oído contar las historias de la familia, me habrían prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos. Hablar así bajo, con el hombre a solas, había adormecido a los otros tres o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual este hombre y yo éramos los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó todo en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada. En aquella época, no se decía nada de estas cosas, sobre todo en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos más. No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados. Soy yo la que dije que debíamos dormir para no estar demasiado cansados a la mañana siguiente, al llegar a París. Él estaba junto a la puerta, apagó la luz. Entre él y yo había un asiento vacío. Me estiré sobre la banqueta, doblé las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta, salió y volvió con una manta de tren que extendió encima mío. Abrí los ojos para sonreírle y darle las gracias. Él dijo: "Por la noche, en los trenes, apagan la calefacción y de madrugada hace frío". Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce, tan difícil de soportar como si hubiera gritado.
Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer.
El ruido del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos de mí durante un largo rato, ya no me acuerdo, debí caer dormida.
Volvió.
Acaricia el cuerpo entero y luego acaricia los senos, el vientre, las caderas, en una especie de humor, de dulzura a veces exasperada por el deseo que vuelve. Se detiene a saltos. Está sobre el sexo, temblorosa, dispuesta a morder, ardiente de nuevo. Y luego se va. Razona, sienta la cabeza, se pone amable para decir adiós a la niña. Alrededor de la mano, el ruido del tren. Alrededor del tren, la noche. El silencio de los pasillos en el ruido del tren. Las paradas que despiertan. Bajó durante la noche. En París, cuando abrí los ojos, su asiento estaba vacío. ■

miércoles, enero 09, 2008

Mujer con traje azul




“...pasó una mulata de oro

y yo la miré al pasar...”
Agua del recuerdo-

Nicolás Guillén

Una vieja mujer con un traje azul, el viento la empuja hacia atrás, y la empinada colina la dobla hacia delante. Camina despacio, muy bien peinado su pelo blanco y compuesta, de otro siglo. La cartera tambien azul colgada de un brazo que se aprieta en el pecho.
¿Quién es esa mujer, qué vio, qué vivió?
La entreví sólo unos segundos desde la vereda de enfrente, pero fue fácil enumerar los reveses del siglo en el que vivió sus largos años.
¿O tal vez vivió al margen de guerras y revoluciones, de luchas y derrotas?
Pudo haber sido protagonista de un gran amor, madre amante y ahora abuela cariñosa.
¿Y si lleva un número grabado en el brazo que se alza frente a ella, tratando de aplacar el viento?
Pudo haber sido una revolucionaria, un ama de casa, una prisionera, una simple mujer que se casó sin amor y parió sus hijos en un hospital cualquiera. Sin historia, sin tempestades, sin naufragios...
Hubiera querido detenerla, decirle: “Soy de tu siglo, hermana, hablemos, compartamos nuestras vidas. Tantos de nuestros amigos han muerto, otros han cambiado y no los reconocemos. Hagamos de cuenta que en un tiempo, hace años, fuimos a la misma escuela. Juguemos a que éramos amigas e intercambiábamos figuritas.”.
Podríamos empezar diciendo “dale que ...”. Recobraríamos las muñecas de porcelana, que no eran Barbie, las maestras que nos prefirieron, los vecinitos de quienes nos enamoramos.
Podríamos recordar a nuestras madres que, ahora lo sabemos, eran tan jóvenes y tenían tan pocas respuestas.
Podríamos comparar nuestros sueños y comprobar que muchos no se cumplieron...
Ella siguió su camino, yo el mío. Nunca me dará respuesta a las preguntas que su figura, pequeña y fuerte a la vez, despertó en mí.
Solo una vieja de otro siglo, vestida con un traje azul, peinada y compuesta, luchando con el viento en la colina.

ester mann

Milagros cotidianos



Alejé la hoja hasta hallar la distancia exacta en que las letras dejaron de cocinarse al vapor. Pude, entonces, leer la lista de consejos que me dio el especialista.
Hace un tiempo que juego al solitario con mis limitaciones. Cuando la carta es buena, una orquesta me hace bailar las piernas, volar los brazos y olvidar molestias.
Entonces, recobro la libertad. Otras veces ni siquiera miro el mazo, total, no puedo sostenerlo.
Mas la memoria... divina memoria, sopla en mi oído: “la música volverá”. Si hubo tregua ayer...habrá otra mañana o pasado.
Es domingo, la última noche del 2007 va cediendo su manto abrigado a las horas recién nacidas del 2008.
El nuevo año llega acompañado de un leve frío invernal. El norte también existe, en él se ejecutan cuatro estaciones, con o sin Vivaldi.
“Quitar alfombras, subir las patas de la cama, usar bastón, hacer pompas de jabón, jugar en la arena, cantar cien veces al día, amar y reír.” Nada mal.
A mis 40, en el sur, estrené el 2000 y el diagnóstico de parkinson.
Me balanceo entre vértigo y sosiego. Otros “antes y después”, vencedores o vencidos, caducos o perennes, marcan mi tiempo.
“No perder la capacidad de asombro, ayudarse con calzador largo, cocinar sentada, reírse del temblor, de la rigidez muscular, de los calambres, la confusión y el freezing.”
Vendrá otra tregua, podré tender la ropa al sol, alejarme unos pasos, darme vuelta y mirar como ella respira vientos norte y sur.

Cristina Wasjwol

Anillos del infierno


Cuento


(presentado en el Taller a Distancia de Andrés Aldao)


Aquel veinte de diciembre el despertador sonó, como siempre, a las seis de la mañana. Había dormido mal. Sobresaltada. Me di una ducha ligera. Dejé que el agua arrastrara los restos de la noche. Tomé un jarro de café al mismo tiempo que elegía un liviano vestido blanco y las sandalias franciscanas que José me había comprado en Perú… José. Mi amor, susurré, mi amor, y sentí sus ojos azules recorriendo mi cuerpo. Acariciándome con la mirada. José.

Llegué al laboratorio, busqué los diccionarios para seguir una traducción que no avanzaba. Pasé por la Sección Hormigones e hice el control con el compañero Daniel. No tenía noticias. Sentí una puntada de angustia en el pecho. Volví a mi escritorio, extendí los papeles, abrí los diccionarios... era pura escenografía. Mis pensamientos no podían apartarse de José.

El temor . Miles de preguntas que nadie podía responderme. Recuerdos. José sonriéndome. Explicándome con suma paciencia todas las reglas de seguridad a las que yo debería atenerme. Los abrazos hambrientos, desesperados, en que nos sumíamos. Esa manera que habíamos adquirido de vivir cada momento con la desesperación del sediento. Ninguno le confiesa al otro sus temores. Pero ellos eran anillos que nos iban envolviendo. Pensé en sus manos blancas, sus dedos largos y finos. Manos que sabían arrancar de mi piel los más bellos arpegios. Un portazo me sacó del ensueño. Me sobresalté . Era Zuppa, el soplón de mantenimiento . Miré el reloj. Recién las 10.30 . Esperaría hasta las trece . Regresaría al departamento y haría lo que me había recomendado José: si una mañana no hay noticias te vas a lo de Ana . Y ahí esperás. Imaginé la espera como un extenso infierno. Hacía más de un año que caminaba por esa cuerda floja. Desde que José estaba clandestino. Vivía pendiente de citas y controles.

Sólo estábamos juntos los domingos. Me llevaban tabicada a verlo. Qué alivio y felicidad cuando me quitaban el pañuelo de los ojos y allí, frente a mí, estaba él. Nos fundíamos el uno en el otro . No había palabras. Sólo sentirnos . Muchas veces me resbalaban lágrimas y José besaba mi rostro y repetía: tenés que comprenderme, tenés que comprenderme: Debemos ser fuertes: No puedo irme, como quieren mis padres. Sería un traidor . Y me sostenía contra sí, como a una nena y pedía: ayudame, flaquita, ayudame: sé fuerte vos también .

A pesar de todo, los domingos eran una fiesta. Nuestra fiesta. Hacíamos el amor y yo me dormía, sin sobresaltos, entre sus brazos. Preparábamos la comida. Conversábamos. Hacíamos planes para el futuro. Sí. Hacíamos planes para un futuro. A las 17 la felicidad llegaba a su fin. La visita terminaba. El abrazo de despedida era infinito. Cuando cerraban la puerta del departamento yo pensaba... el Hades*. El se quedaba con Caronte**. Yo atravesaba un anillo del infierno .

Por fin el reloj marcó las 13 . En la Plaza San Martín debía hacer contacto con El Conejo: sólo intercambiar una mirada . La plaza hervía con el perfume de las magnolias. Miré para todos lados. El Conejo no estaba.

Llegué a casa . La boca seca . La garganta un nudo. Guardé en mi bolso mis comprimidos para el asma, unos tranquilizantes y un anillito de plata que José me había regalado para mi cumpleaños.

No sé cómo caminé las seis cuadras que me separaban de la casa de Ana. Ella tampoco tenía noticias. estaba con sus hijas de cuatro y seis años y dos pibes de unos compañeros. Los chicos saltaban y gritaban dentro de una pelopincho.

Una mano invisible me atenaza la garganta . No quería llorar. No podía llorar o me quebraría como una ramita de sauce. Una sola palabra resonaba en mi cabeza: José. José .

Con Ana repasamos los pasos a seguir en caso que José hubiese caído.
A las 17 la ansiedad me ahogaba .Preparé una canasta con galletitas, se las llevé a los chicos y me puse a batir leche chocolatada con manos temblorosas. Yo estaba en la cocina y Ana en el living. Sonó el timbre. Escuché la puerta abriéndose y el grito de Ana. ¡No!
¡No! ¿A qué hora fue? Y la voz de Rodolfo. Sólo comprendí: acribillado. Esquina de 13 y 55. a las 12.30. Muerto.

Me convertí en estatua. Los chicos gritaban desde el patio por su chocolatada. Muerto. José. Mi José muerto. Me senté en el suelo tomándome las rodillas . Ahogándome. Queriendo morir. Mi José.

Lo único que intuía era que comenzaba a recorrer otro anillo del infierno.
Pero sola…

Silvia Loustau - enero 2008

_____________

* Hades: Según la mitología griega era el dios del infierno
**Caronte: el barquero del Hades, el encargado de guiar las sombras errantes de los difuntos recientes de un lado a otro del río .

cine: Interview -



Steve Buscemi

“Dirigir esta película ha sido una de mis experiencias más liberadoras”


Desde hace veinte años, Steve Buscemi es uno de los actores más populares del cine independiente estadounidense. Actor fetiche de cineastas como Tarantino (Reservoir Dogs), los hermanos Coen (Fargo) o Jim Jarmusch (Mystery Train), ahora estrena su cuarta película como director, Interview, adaptación de un guión del desaparecido Theo Van Gogh donde se reflexiona sobre el mundo de las apariencias enfrentando a un periodista de guerra en horas bajas (el propio director) con una rutilante y previsiblemente frívola estrella de Hollywood (Sienna Miller). El Cultural habló con Buscemi en Berlín.


Pocos rostros son tan inmediatamente reconocidos por los cinéfilos como el de Steve Buscemi (Nueva York, 1957). El atípico actor puede congratularse de tener una filmografía apasionante. Además de las citadas, ha aparecido en filmes como Barton Fink y Muerte entre las flores (ambas de los hermanos Coen, 1991/92), Ghost World (Terry Zwiggof, 2001) o Big Fish (Tim Burton 2003). Mucho menos conocida es su faceta como director aunque su debut, Trees Lounge (1996) fue un éxito en los círculos exquisitos. Después vendrían Animal Factory (2000), Lonesome Jim (20005) y, finalmente, Interview, película que se estrena el viernes 4 de enero.



Se trata de una modesta producción con apenas dos personajes (el propio Buscemi y la rutilante Sienna Miller) en la que se propone un juego de los equívocos. Por una parte, el intelectual curtido; por la otra, una joven y bella actriz de películas para adolescentes. Un tête a tête que ya se convirtió en una película homónima en 2003 de Theo Van Gogh, el cineasta holandés asesinado por un terrorista islámico en 2004. El propio Theo pensaba hacer un remake con actores estadounidenses, un proyecto que Buscemi acabó haciendo propio.



— ¿Cómo llegó a tomar las riendas de este proyecto de Van Gogh?

— Su productor habitual, Gijs van de Westelaken, quiso realizar su sueño y yo fui uno de los elegidos (Stanley Tucci y Bob Balaban se han hecho cargo de otros dos proyectos que dejó pendientes el cineasta). Acepté de inmediato. Y eso que no conocía su obra del todo. Pero quise ver la Interview que rodó en Holanda y lo vi claro en seguida



Tras los pasos de Van Gogh

— La rodó en plan guerrilla.

— Dispuse de tres cámaras llevadas en mano, como lo hacía Theo, y el trabajo se realizó tan sólo en nueve noches en Nueva York, justo después de dos semanas de ensayo. Theo hizo su película en cinco noches. Dimos rienda suelta a la improvisación y hubo momentos en que llegamos a olvidar que estábamos rodeados de cámaras. Ha sido una de mis experiencias más libres y liberadoras. Además dispuse del equipo de Theo y de su director de fotografía Thomas Kist. Y no menos importante, conté con la que fue su asistente, Doesjka van Hoogdalem. Fue una experiencia muy agotadora actuar y dirigir pero sentí que era lo que tenía que hacer.



— Van Gogh amaba a sus actores y les dejaba bastante libres.

— Sí, no ponía marcas en el suelo ni le daba mucha importancia a que la iluminación les favoreciera. Y rodaba los primeros planos al principio y después tomas largas. Hemos seguido su estilo.



— Antes que cineasta, a Van Gogh se le consideraba en su país un polemista y un agitador político.

— La película no plantea cuestión política alguna. La he realizado como un homenaje a su memoria. La hice porque me gusta su obra que he llegado a conocer bien.



— De todos modos, ha realizado varios cambios. ¿Por qué?

— Para que “respirara”. Añadimos el primer encuentro en el restaurante. Doblamos la edad de la hija de Pierre. El diario en papel original de Katia lo metimos en un ordenador. No había por qué hacer una copia.



— Todo el filme se desarrolla en el apartamento de Katya, que se convierte en el tercer personaje.

— Creamos un mundo lleno de pequeños mundos que reflejan quién es ella. Lo encontramos en el Oeste de Manhattan y enfrente había un club que generaba mucho ruido… que nos vino muy bien, sobre todo para la última escena. Nueva York es una ciudad muy ruidosa.



— En Sundance hizo doblete con Delirious e Interview.

— En una de esas raras coincidencias, ambas tratan acerca de la naturaleza de la celebridad. Y los dos personajes tienen algo en común, el hecho de que tratan desesperadamente de conectar con la gente pero mantienen un comportamiento autodestructivo que a la larga destruye esos puentes que habían logrado establecer con no poco esfuerzo.



— La historia tiene tres actos.

— Estudié escritura de guión antes de rodar Trees Longue y el profesor nos ayudó a romper esquemas estereotipados. Sin embargo, en esta ocasión sentí la necesidad de respetar la estructura clásica.



— ¿Qué directores le han servido de referencia?

— Muchos, pero sobre todo Jarmusch, Rockwell y DiCillo. De ellos aprendí la responsabilidad que el director otorga a los actores, la necesidad de dejarles crear. Altman me enseñó a olvidarme de la taquilla, a intentar hacer una película de éxito desde parámetros personales.



— En Interview le da una vuelta de tuerca a la guerra de sexos.

— Mi personaje no quiere sentirse acabado, se sigue considerando una personalidad y le revienta ir a hablar con una bella rubia que se ha hecho famosa por desnudarse en la pantalla o protagonizar horrendos culebrones o peliculillas de terror de la Serie B. La película muestra la fulminante colisión de dos mundos opuestos: el intelectual frente al vanidoso, la profundidad frente al hedonismo.



— ¿Quería realizar una reflexión sobre la cultura mediática?

— No. Mi personaje no representa a todos los periodistas ni el de Sienna a todas las actrices. Son dos personas específicas y él la desestima, la prejuzga pero ella sabe jugar la partida. Eso sí, disfruto con los comentarios que los diálogos permiten acerca de la fama y los medios.



— Esta pelea entre perro y gato da un giro inesperado.

— Es una guerra por el poder a partir del diálogo. Pero esa batalla de los sexos tiene un perdedor inesperado. La derrota es total, la aniquilación, un hecho. Y el que sojuzga es el perdedor. Nadie como Van Gogh supo hacer de esta lucha la la marca de la casa.



Los motivos de Sienna

— Los diálogos van cargados con dinamita.

— Son dos personas totalmente opuestas. Flirtean, discuten, se hieren... ni él es lo que cree ni ella lo que aparenta. Y es la historia de una ruptura aunque se acaban de conocer y apenas pasan cuatro horas juntos.


— ¿Quién es su personaje al final de la película?

— Un hombre desesperado.

— ¿Por qué eligió a Sienna Miller para interpretar a la chica?

— Cuando me la propusieron, yo no sabía quién era. No había visto ni Alfie, Layer Cake ni Casanova. No quería elegir a una actriz famosa por ser la ex novia de Jude Law sino a alguien que pudiera darle entidad y profundidad a un personaje que no es lo que parece.


Beatrice SARTORI

miércoles, diciembre 19, 2007

Esa tarde tranquila de feriado

por Ester Mann


La mujer volvía del parque con los dos chicos. Empujaba el cochecito del nene con sus dos manos, el nene, tan chiquito y tierno, dormía...La nena, de casi tres años, parloteaba como siempre y le hacía preguntas que ella contestaba distraída.Iba agarrada a la barra del cochecito y por momentos se subía al pedal delantero. La mujer pensaba en la larga tarde de feriado que la esperaba. El marido estaría encerrado en el cuartito haciendo fotografías hasta la noche. Ella estaba aburrida...La aburría jugar con la nena. Llegaron al bar de la esquina y para matar unos minutos más, decidió entrar a tomar algo: un café, coca cola para la nena. Vio, distraída, mucho movimiento en la calle para un feriado y aun a la hora de la siesta. Fin de la primavera y un día de calor. Terminaron de tomar, muy rápido para su gusto, y cruzaron la calle. En la vereda varios vecinos la señalaron: “¡Ahí viene! ¡Ahí viene la esposa!


Una espada le atravesó el pecho. Los autos policiales, la gente agrupada en la calle, ¿tenían relación con ella? ¡No! ¡Imposible! Siguió caminando lentamente, pera ya no con distracción y aburrimiento: con miedo y a la vez con un presentimiento de desgracia inevitable. Lo que fuere ya esta allí y ella va, fatalmente, hacia ello.


De antemano está resignada y pronta para abrazar su destino...Siempre supo que la felicidad era una trampa, siempre intuyó que cualquier día la desgracia la estaría esperando, que la paz era una farsa montada ¿por quién? ¿Acaso la vida no le había demostrado una y otra vez que ella no era como todos? Está cansada, demasiado cansada para huir o retroceder....


Como en una obra de teatro se vio caminar hacia la casa con los dos chicos, se vió subir las escaleras y entrar al departamento. Toda la ropa tirada en el suelo, varios tipos de civil, inclusive uno con pinta de hippie, revolvian los libros, los discos, tiraban, separaban, hablaban entre ellos... Ella empezó a gritar, pero no había perdido el control, sólo actuaba, actuaba y se veía actuar, ni a sí misma le resultaba convincente su indignación y sus amenazas y ellos las tomaban a broma.


Uno escribía un informe del allanamiento en la máquina de escribir portátil que encontró en el estudio. Le quitaron el bebe de los brazos y se lo entregaron a una de las tan caritativas vecinas que antes, en la calle, la habían identificado en alta voz. Como si tuviera taponados los oídos, escuchaba un fondo de llanto, la nena lloraba pero ella no la consoló...


Ya nunca más pudo consolarla. A partir de esa tarde de feriado, la nena tuvo que arreglarse sola.


Esa tarde tranquila de feriado, a la hora de la siesta, en un aburrido día del fin de la primavera, terminó la pequeña vida de esa joven mujer.

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La nena era muy pequeña para tener planes o ideas sobre el mundo, por lo que de inmediato su corazón cavó trincheras y enterró su corto pasado. De ahí en más, su vida siempre se movió bordeándolas, esquivándolas, rodeándolas... El duro carozo de su pena quedó bien enterrado y cubierto por la tierra acumulada durante los años siguientes y fue olvidado. El miedo, la desilusión, la angustia de ese día se arrinconaron en el pozo y esperaron...Toda vez que algo desconocido aparecía o alguien la lastimaba el hoyo liberaba de las profundidades cierta medida de soledad, un poco de inquietud, de desesperanza. Con el tiempo y aunque tenía una buena vida, se convirtió en una mujer impaciente, irascible, nerviosa. Nunca pudo abrir la cueva y desenterrar las raíces podridas de su primera infancia...


Su hermanito, en cambio, no había perdido nada, porque nada tenía. En sus dos semanas de vida no había adquirido ninguna experiencia. El dolor de la separación fue un hecho dado, como el sol, el frío, el calor...Sí, desaparecieron los olores y sonidos que lo habían acompañado durante nueve meses y dieciseis días, pero aparecieron otros que tambien le dieron alimento, calor y cuidados. Se convirtió en un hombre fuerte, terco, que confiaba sólo en sí mismo. Aprendió que el mundo cambia a su alrededor, pero él tiene su yo y puede confiar en él.





Hasta aquí la historia mínima de tres personas. Los que los frecuentaron afirman que rehicieron su existencia, curaron sus cicatrices, se volvieron a conocer y amar y hasta el día de hoy continúan viviendo en paz y armonía.


Sin embargo, otros, que tal vez los conocen mejor, aseguran que nunca superaron el pozo de soledad que cavó ese día en sus almas, no pudieron reconocerse y hasta el presente estos tres seres viven en distintos continentes, no tienen trato entre sí, ni saben sus nombres o lugares de residencia actuales. ■





© Ester Mann

UN HOMBRE EN EL PARQUE




por Ester Mann


Esperaba desde las siete en el mismo banco de siempre, aunque sabia que ella no aparecería hasta las siete y cuarenta y cinco. El sendero iluminado acentuaba las sombras del banco en el que estaba sentado Oscar. Ella vendría de la parada por su derecha, y caminaría con sus pasitos cortos y rápidos hacia la izquierda, sin mirar a los lados, concentrada en sus pensamientos o vaya a saber en qué. Transitaría por el sendero, atravesando el parque, cruzando la avenida y llegaría a su casita de una sola planta. Allí la esperarían los padres para cenar y él, Oscar, se volvería a su departamento de soltero para esperar el día de mañana a las siete de la tarde. Su trabajo, las visitas a la familia, los encuentros con amigos eran simples formas de matar el tiempo hasta la hora de verla. Lo peor eran los fines de semana, cuando ella no trabajaba y no volvía de la oficina a las siete y cuarenta y cinco, como todos los días. En el verano se hacía más peligroso observarla: a esa hora todavía era de día y ella podía ver a ese desconocido que hacía meses que la esperaba e incluso la seguía. Pero ella, por irreflexión o indiferencia no lo veía. En sus insomnios imaginaba distintas formas de conocerla, de iniciar una relación. Pero todas se complicaban por su cortedad, su cobardía, su miedo al rechazo. Pensaba que mientras no hiciera nada, conservaría la esperanza de que un día llegarían a conocerse y ella lo amaría como él la amaba.


La tarde de primavera en que se le cayó el libro, casi le dirigió la palabra... Corrió, lo levantó y las palabras que se agolparon en su garganta, todas las frases que había preparado en las noches sin sueño, se redujeron a un inaudible “Señorita!” . Ella dio vuelta la cabeza, tomó el libro murmurando un “gracias” lacónico y continuó su camino.
Hacía tres días que ella no venía. Oscar, abatido, decidió atravesar el parque, cruzar la avenida y tocar el timbre de la casita. Antes de llegar vio la gente y el auto blanco decorado con cintas y flores. Se detuvo, inmóvil como una piedra, y la vio salir, más hermosa que nunca, con su vestido y el ramo de azahares. A su lado, un joven de esmoquin la tomaba del brazo y juntos se dirigían al auto. La blancura de la ropa y el brillo del automóvil lo cegaron. Sus ojos, húmedos, se nublaron.

A partir de la tarde siguiente, el banco que los faroles de la plaza no iluminaban, quedó solitario, oculto entre los arbustos. ■


Ester Mann

CUENTOS PARA GURISES



por Silvia Loustau

LA LEYENDA DEL ARCO IRIS- PACHAC COILLATICA

( recreación de una leyenda de origen incaico)

Cierta vez Inti, el dios Sol, estaba muy entretenido jugando con su propio calor, tanto, que no se dio cuenta que la tierra estaba sedienta . De pronto fue cubierto por nubes enormes y oscuras. Cuando la primer nube tapó la cara de Inti éste se enojó, pero luego observo que detrás venía una nube estilizada, de un color claro, luminoso. Ella se acercó y acarició, uno a uno los dedos del dios, con tanta suavidad que Inti cerro los ojos para sentirla con más intensidad. Así la nube acarició los párpados, las sienes, la boca del sol. Así fue como Inti y la nube se amaron. Y de la frescura de ella y del fuego de él nació Pachac-Coillitica, el Arco Iris, que es uno de los hijos más alegres que tuvo Inti. Y le da a cada uno de sus colores un significado: el amarillo: por el maíz y la chicha, uno que alimenta y la otra que da alegría;el verde: por la juventud que recuerda la primavera y los bosques . El rojo : por la alegría de la sangre que circula por las venas y los placeres del amor. El violeta y el azul : por la memoria de los pueblos y los seres queridos que reposan en la muerte, pero una muerte que se manifiesta en el cielo cada vez que Pachac —Coillitica nos ilumina, recordándonos que debemos amar a la tierra, madre común de todos los hombres. Y ahora, sí en nuestros días, cada vez que Pachac- Coillitica, el Arco Iris, ilumina el cielo, fruto del amor entre Inti y la nube, los indígenas lo saludan brindando con chica y el primer brindis es en honor a Pachacamac, el dios superior.


LAS CICATRICES DE LA LUNA

( inspirada en un mito precolombino de los indios ONAS)

Hace mucho, pero muchísimos años, cuando nuestra América era una sola y grande América.Sin límites ni fronteras. Cuando los dueños de esta tierra eran los aborígenes. Cuando ni siquiera los amautas o payés de las tribus habían descifrado en los astros del cielo, ni el vuelo de los pájaros que hombres vestidos de acero bajarían de aquellos enormes barcos que hoy conocemos con el nombre de carabelas. En aquel tiempo tan lejano nuestra Patagonia estaba habitada por los indios Onas. Los Onas, que eran un pueblo nómade, tenían gran respeto por la Luna y el Sol. Una noche de luna llena, una luna de plata que jugaba a reflejarse en nuestro lejano mar del sur, un gurí ona preguntó por qué la luna tenía su panza con tantas, tantas cicatrices.


Entonces sentados en rueda, todos los gurises onas escucharon de boca del anciano más anciano y más sabio, esta historia.


Cuando el mundo era uno solo, el Sol era un indio valiente, pero muy impulsivo, dejándose arrastrar por el fuego que habitaba en su corazón. Y la Luna era un indio manso, a quién le gustaba descifrar el canto del viento. Estos dos indios eran amigos y muchas veces pescaban o cazaban juntos para luego compartir su comida.


Un día después de cazar preparan su comida sentados junto a un alegre fuego. Pero cuando estaban comiendo a la Luna le pareció que el Sol se había comido la mejor parte. Se lo dijo de buenas maneras,porque esa no era la forma de compartir.Pero el Sol sintió ese fuego que habitaba en su corazón, y este fuego se convirtió en enojo y tomando los restos de la comida caliente se la tiró a la Luna quemándole la barriga. Esas fueron heridas. Fueron quemaduras. quemaduras que cuando por fin curaron se habían convertido en cicatrices. Esas son las cicatrices que hoy vemos como las manchas de la luna.

*-1- AMAUTA="historiador." También era la persona que descifraba los sucesos por venir interpretando los sucesos pasados.
*2- PAYË= Adivino de la tribu- a veces era una especie de médico



LA LEYENDA DEL ISONDÚ

(inspirada en una leyenda post-hispánica de origen incaico)

El Isondú es el bichito de luz. Sí, ese que alumbra alegremente las noches de verano. Pero para que comprendan bien esta leyenda les voy a contar quien era Tupac Amarú. Descendiente de los Incas nació en 1740. Fue educado en los mejores colegios Jesuitas que había en Perú, pero eso no evitó que Tupac creciera con una gran sensibilidad hacía su verdadero pueblo, los indios, los mestizos. Así fue que ante las injusticias cometidas por los españoles, Tupac y su compañera Micaela, seguido de gran parte su pueblo, enfrentaron al invasor para que la tierra fuese devuelta a sus verdaderos dueños. Tupac fue cruelmente vencido y cruelmente ejecutado en 1781. Desde entonces comenzó a circular esta leyenda.


Después que Tupac Amarú fue ejecutado muchos de sus hombres fueron tomados prisioneros por los españoles. Entre ellos eligen a cuarenta de los principales, los más inteligentes, los mejores y escondidos entre las sombras de la noche los atan uno a uno, como formando una cadena los atan pierna con pierna. así encadenados los llevan por los sinuosos caminos que se abren en los altos Andes. El caminar de aquellos cuarenta indígenas era lento. Dificultoso. Al amanecer todos le piden a Inti(el dios Sol ) que los proteja. Pero la cuesta durante el día parece cada vez más empinada, la sed les reseca la boca, los cuerpos de aquellos valerosos guerreros se va debilitando por la falta de agua y de alimento.Pero ni un quejido sale de su boca. Sí, la cuesta era empinada más ellos caminaban con la frente alta, como buscando en el cielo un mensaje que sólo ellos sabrían descifrar.


Las sombras del atardecer acarician las laderas de las montañas. Un aire tenue, violeta envuelve a esos cuarenta hombres que continúan el camino azuzados por los españoles. Inti acaricia con sus rayos a cada uno de ellos y ellos parecen interpretar esa caricia sobre sus cuerpos morenos y agotados. En el oscuro azul de aquel cielo brilla el lucero y después muy fuerte la Cruz del Sur, ellos la miran y una plegaria silenciosa los vuelve a unir .


Los españoles hacen un alto, encienden fuegos, comen y beben, a los prisioneros les dan un poco de agua y apenas unos puñados de maíz cocido. Allá arriba, en lo alto de los Andes, junto a las fogatas que titilan los españoles van quedando dormidos, apenas tres o cuatro guardias custodian a los cuarenta prisioneros que siguen atados pierna con pierna. De repente una luz parece envolver esa fila humana . Una luz brillante, verde esmeralda, amarillo maíz, azul aguamarina. Luces. Luces. Luces.Los guardias se asombran, se asusten, los otros españoles se despiertan. Entonces, frente a ellos empieza a volar un bichito de luz . Una luz que parece transmitir un mensaje. De pronto, uno, dos tres...cuarenta bichitos que titilan, que dan más luz a la noche.Los guardias gritan. Los prisioneros han desaparecido. Sólo quedan las cadenas. Es que cada uno de ellos había recibido el toque de Inti y la bendición de la Cruz del Sur. Se habían convertido en el Isondú, el bichito de luz que desde entonces surca el cielo de nuestra América llevando el mensaje de la libertad.


DE CÓMO NACIERON LOS RIOS

( recreación de una leyenda de origen mataco)

Esta leyenda es tan pero tan antigua que en ese entonces aún no existía el agua.Por lo tanto no había ríos, ni arroyos , ni lagunas. Iloj , dios creador de los matacos creó primero la tierra, luego a los hombres, después a las plantas y los animales. ¿Y el agua?. El agua y los peces los había resguardado por un tiempo más en el tronco de un palo borracho. Por eso, aun hoy, cuando vemos un palo borracho nos parece un árbol con panza.


Iloj tenía un amigo — Takjuaj — a quien le encantaba hacer travesuras. Un día se acercó al árbol y le dio un hachazo en su redonda y enorme panza. y.. ¡ Qué sorpresa!.Un líquido cristalino y fresco comenzó a brotar. Brotaba con sonido de canto leve. Era el agua .


Y el agua se sintió tan feliz de huir de su prisión que salió danzando alocadamente y alocadamente danzando salieron los peces. Esta agua libre formó el cauce del río Teuco, del río Pilcomayo y del río Bermejo. Después, como venas de agua abriendo la tierra, se formaron los otros ríos.


Pero...¿ Que hizo Takjuaj al ver lo que ocurrió después de su hachazo?. Se asustó.Y corrió y corrió para esconderse.Pero fue imposible porque las aguas lo perseguían. En esta carrera se formaron las curvas y vericuetos de los ríos. Y que sucedió con Takjuaj.Para que su amigo Iloj no lo castigara las aguas lo convirtieron en un duende, el duende de las aguas y lo llamaron Sichiloj .Y desde entonces vive feliz jugando entre los ríos y los arroyos y contando sus aventuras a los peces.

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*1- MATACOS- tribu que vivía en lo que hoy conocemos como Mesopotamia. Aún podemos encontrarlos en el Chaco.
*2- PALO BORRACHO- los matacos lo llamaban Yucan o Samohu.

sábado, diciembre 15, 2007

CRÓNICA: IDA Y VUELTA





El libro ilimitado

Antonio Muñoz Molina 15/12/2007 - Babelia

Voy en el metro a media mañana camino de una de mis librerías más queridas de Madrid y aunque llevo abierto el periódico miro de soslayo con un gesto reflejo cada vez que entra en el vagón alguien con un libro en las manos. No siempre es fácil identificar su título, y hay que tener mucho cuidado para que la curiosidad no se confunda con la metijonería. Es como ser un mirón digno que por nada del mundo quiere verse metido en un trance embarazoso. El libro está a veces en una posición casi horizontal, para que reciba mejor la luz del techo, y no es cuestión de adelantar la cabeza y torcer el cuello queriendo mirar la cubierta desde abajo. ¿Cuál será ese libro de bolsillo tan grueso del que no ha apartado los ojos ni siquiera al dar una zancada desde el andén ese lector que acaba de sentarse frente a mí? Lo ha doblado por la mitad, con riesgo de descuadernarlo, lo aprieta como estrujándolo entre las dos manos. Es un joven de veintitantos años con el pelo encrespado de rizos casi africanos, sin afeitar, con una mochila pequeña a la espalda. Da la impresión de que se levantó de la cama con el libro en la mano y que pasó así con él delante del espejo del baño.
¿Qué porvenir laboral tiene un hijo de trabajador o de inmigrante que a los quince años no es capaz de comprender un párrafo de tres líneas?
Nuestros padres, niños en la guerra, escribían y leían con dificultad. En nuestras casas, donde había tan poco, mal podía haber libros. La escuela nos hizo lo que somos
Mantengo la vigilancia mientras leo el periódico. El titular de la primera página es el desastre de los índices escolares de lectura en España. Sólo hace unos días la enigmática ministra de Educación aseguró que ella no ve ningún problema en que los chicos usen el teléfono móvil mientras están en clase. La enseñanza pública se deteriora irreparablemente en España gracias a una conspiración de ignorancia tramada desde hace años por la chusma política y la secta pedagógica y las autoridades ya tienen un culpable: el franquismo. Quién si no. Como mi tierra natal está incluso a la cola del desastre leo que la consejera de Educación de la Junta de Andalucía ha descubierto una causa todavía más lejana: nuestro atraso histórico. A ellos, los socialistas que llevan gobernando en Andalucía un cuarto de siglo, que los registren. Pienso en mis maestros, los que me enseñaron contra viento y marea a leer y a escribir y a amar el conocimiento en años de oscurantismo y pobreza; pienso en tantos profesores vocacionales y derrotados que conozco, en las cartas despectivas o perdonavidas o del todo insultantes de pedagogos y expertos, de enchufados de diverso pelaje, que he recibido sin falta cada vez que he escrito sobre las quejas amargas de mis amigos profesores y sobre lo que yo estaba descubriendo con mis propios ojos con sólo hojear los libros de texto de mis hijos y escuchar las historias que me contaban al volver de la escuela.
A los expertos, a los gurús de la jerga psicopedagógica y a los enchufados no les cabía la menor duda: los que alertábamos sobre la degradación de la enseñanza nos habíamos vuelto de derechas y no sabíamos nada, no entendíamos de nada. Ellos sí que entendían: a la vista están los resultados. Cierro el periódico con asco y el hombre joven que leía frente a mí levanta los ojos de su libro. A mi atención de espía le basta un segundo para descubrir el título: es el Viaje al fin de la noche. Ahora parece evidente que el aire de ligero trastorno que tenía ese hombre desde que entró en el vagón procedía de la lectura de Céline. Vamos en el mismo tren de la línea 4 pero su viaje es mucho más hondo y más terrible, un descenso de fiebre por los espantos del mundo. Yo voy por los túneles del metro de Madrid y por el presente inmediato y más bien desolado del periódico: él por las trincheras de la guerra, por la miseria de los suburbios proletarios de París, por el Nueva York futurista de los años veinte, por las tinieblas coloniales del Congo que ya había roturado para la literatura Joseph Conrad.
Ahí lo dejo, sumergido en el libro, continuando su viaje, con su barba de varios días y su mochila de vagabundo celineano. ¿Cuántos lectores como él no llegarán a existir gracias a la gran conjura de los necios y de los comisarios políticos que ha asolado la educación española? Pero no se trata sólo de esa embriaguez, del dulce vicio que le acompaña a uno en la soledad y le hace gratos los minutos de un viaje en el metro: mucho más grave es que la escuela esté fracasando en su tarea de despertar en cada uno sus mejores facultades, de actuar como palanca de progreso social. ¿Qué porvenir laboral tiene un hijo de trabajador o de inmigrante que a los quince años no es capaz de comprender un párrafo de tres líneas? ¿Qué podrá aprender sobre la complejidad del mundo y la de su propia alma quien no cuenta con la luz de las palabras escritas? El nivel cultural y académico de los padres es factor decisivo, asegura el periódico. Subiendo por las escaleras del metro me pregunto con ira y dolor qué habría sido de mí, de tantos de nosotros, si no hubiera sido por la escuela y por el instituto. Nuestros padres, niños en la guerra, escribían y leían con dificultad. En nuestras casas, donde había tan poco, mal podía haber libros. La escuela nos hizo lo que somos.
Soy lo que he leído. Me gano la vida gracias a que existen lectores. En el escaparate de la librería distingo con expectación impaciente el libro que vengo buscando. Verlo me da tanta felicidad como descubrir en un escaparate de la infancia la cubierta en colores de una novela de Julio Verne. Son Los ensayos de Montaigne que acaba de publicar Acantilado, editados y traducidos admirablemente por Jordi Bayod Brau. Muy pronto el gozo de las manos se añade al de la mirada: sopeso el volumen, paso los dedos por su tapa tan sólida, lo abro y rozo las páginas con las yemas de los dedos, y al hacerlo percibo un olor exquisito de papel y de tinta. Por cualquier página que se abra este libro ilimitado se reconocerá la voz sabia y serena, la inteligencia irónica y voluble, la curiosidad entre erudita y chismosa de aquel hombre feliz que se retiró hace más cuatro siglos a escribir y a leer en la biblioteca circular de su torre. Como Cervantes o Shakespeare si empezamos a leerlo nos acompañará a lo largo de toda nuestra vida, y a medida que pase el tiempo y sigamos leyendo nos enseñará cosas que ni siquiera habíamos sospechado en las primeras lecturas. Como el señor don Quijote de la letanía de Rubén el señor de Montaigne nos asistirá en nuestra diatriba contra los fanáticos y los propagadores de la ignorancia, contra los sinvergüenzas, contra los estafadores de la jerga psicopedagógica, contra los políticos que sólo pueden eternizarse en su parasitismo gracias a una ciudadanía analfabeta y embotada. En el viaje de vuelta soy yo quien entra en el vagón del metro con la nariz hundida en el libro, quien se queda tan absorto leyendo a Montaigne que cuando levanta los ojos descubre que se ha pasado de estación. - ■

sábado, diciembre 08, 2007

Ensayo: Del caletre a la cirugía

Anabella Rodríguez / 06/07/2006

Cuando me tocó guardar la biblioteca de mi abuela y su hermana, luego de la muerte de ambas, me sorprendieron los libros dedicados a las “costumbres femeninas”. Mi asombro nació de ver cómo estas “obras para mujeres” (escritas por mujeres) constituían verdaderos tratados de exigencia social muy severa y de prodigiosa memoria. Estos libros, escritos a principios del siglo pasado, me hicieron entender los anhelos de libertad que Virginia Wolf expresó en su obra Una habitación solitaria, donde profetizaba el desarrollo profesional logrado por las mujeres en el siglo XX. Sin embargo lo más curioso que vi de esos textos fue su escritura por manos femeninas. Cada “Tratado para mujer” constituía un discurso opresor que salía de una mujer hacia otra como una herencia. Así, por ejemplo, la Condesa de Tramar explicaba el comportamiento femenino en El Trato Social (1915) como un discurso rígido, lleno de vanidad y de represión moral. La autora dibujaba a la mujer como el “ángel de la familia” que vivía sólo para el hombre y las nociones de debilidad y sumisión eran la principal propuesta en su obra:

el papel de la mujer sigue siendo divino, su misión sobre esta tierra consiste en encantar, en sostener con sus manos frágiles á (sic) esa omnipotencia que se llama el hombre y que pretende dominar y á (sic) quien se encadena, sin embargo tan fácilmente”(Tramar 1915, 3).

Estas palabras podrían considerarse como un “objeto de curiosidad” por pertenecer a las ideas sociales de principios del siglo XX, sin embargo la Condesa muestra el objetivo de vida que muchas mujeres de hoy y que el mercado estético explotan, sin detenerse en la salud. ¿Cuántas mujeres no sufren varias operaciones en su cuerpo para “encantar al hombre” o al “mercado de trabajo”? Podría pensarse que la opresión del discurso femenino es un asunto interno de la mujer, porque es quien coloca como fin de su vida o parámetro al hombre, sea para su liberación o para su sumisión.


Las “obras para mujeres” del siglo XX me hacen preguntarme en el “espejo del tiempo” cuánto hemos cambiado las mujeres. Sin duda, hemos variado en muchos aspectos, porque al leer estos manuales, algunos de fanatismo religioso o moral, me costaría mucho dividir mi cerebro en “cosas de hombres” y “cosas de mujeres”, comprender que el hombre puede salir a la calle solamente o que tendría que servir como la mejor mesonera de cualquier restaurante al dueño de la casa, es decir, el esposo. Sin embargo, ¿cuántas cosas han cambiado en el llamado machismo latinoamericano? ¿Cuántas mujeres en las zonas más humildes no siguen aplicando estos conceptos, aprendido de manera oral, de la clase burguesa del siglo XIX o de la aristocracia? Y por último ¿cuántas mujeres no continúan su narcisismo de creerse centro del mundo por su belleza corporal? Si recordáramos las palabras de Tramar, veríamos cómo el narcisismo femenino de “centro del universo” es un tópico recurrente de la mujer occidental:


La mujer es el atractivo, la claridad radiante que da á una reunión el encanto y la poesía que le faltarían si ella no estuviera presente. Su belleza, su ingenio y elegancia, hacen que sea siempre solicitada (Ibid,10).

Las palabras de la Condesa muestran el narcisismo que vemos hoy en canales de moda por cable o en revistas femeninas, donde cada mujer nos mira en la foto con la supremacía de una diosa por tener el “cuerpo-centro del mundo” (incluso en las fotos de las “revistas para hombres”, las mujeres exhiben su cuerpo con la noción venusina de superiodad).

El discurso de “Venus” ha llevado a la mujer a la “cruzada de Fausto”, donde busca en la ciencia detener su envejecimiento exterior. Entonces, la nueva situación de la mujer no ha diluido su idea occidental y burguesa de “ser el centro del universo”. Se podría pensar que incluso ha emprendido la batalla profesional para profundizar, en algunos casos, este “ego” (utilizando su sueldo o ganancia para transformar su cuerpo en el canon anhelado por su comunidad).


Si hoy veo con asombro estos manuales en versos y con rima sobre la conducta femenina de principios del siglo XX, me pregunto: ¿cómo observarán las mujeres del futuro la “dieta del tomate” (no crean que me burló de las dietas. Para quienes no conozcan de dietas, estos nombres existen), la “dieta de la luna”, la” dieta de la diversidad” y muchos nombres más de dietas con fama mundial, cuando revisen las bibliotecas, virtuales o reales, de sus abuelas? ¿Qué pensarán de sus antepasados que se sometían a ayunos dietéticos que cualquier asceta podría admirar (y todo esto para “ser el centro de atención”)?


Las dietas y los ayunos tienen en varias religiones, además del objetivo ritual, una meta de desintoxicación del cuerpo para mejorar su salud (algo sano y recomendable). Sin embargo, muchas de las dietas actuales, lejos de su origen saludable, perjudican el metabolismo de adolescentes, creando obesidad y anorexia, sin embargo el “discurso venusino” no se detiene y la voz del mercado estético femenino se origina de una mujer hacia otra (sin importar edad), iniciándose en las adolescentes que cada vez tiene menos tiempo de “ser niña” y más de “ser mujer” gracias a las figuras femeninas de pequeñas jóvenes que proliferan insinuando su naciente sexualidad en los medios de comunicación. Cabe interrogarse qué pensarán en el futuro de la operación de senos (de la cantidad de cc que se introduce las mujeres en cada seno para la belleza) y de todo el cuerpo (cadera, encías, garganta, piernas, nada queda fuera) o qué dirán de las rutinas de ejercicio que otras desarrollan con una disciplina casi militar. En todo este mercado de estética, encontramos hombres que se benefician de distintas maneras (se debe resaltar que ellos tienen ya su propio “mercado estético”, con los prototipos del siglo XXI, tal como el conocido “metrosexual” (acuñado por Mark Simpson en 1994) o el Ubersexual (término de moda en el 2006) y no se salvan tampoco de las cirugías y dietas); pero es el discurso femenino quien lo acentúa y profundiza practicando el lema: “Para ser bella, hay que ver estrellas” (mientras más sufre, más bella es). Una frase que prolifera en algunas mujeres de las clases media y alta e incluso en las clases más humildes (donde varias mujeres gastan parte de su sueldo escaso o el de sus padres, en casos de las jóvenes, para verse “como la chica de la tv”, para “esconder su clase”, para lograr ascender, etc).


Sin duda, parece interesante reflexionar dónde reside una parte de la opresión histórica del discurso femenino en el creciente mercado de la estética. La mujer del siglo XX pudo competir con el hombre, pero la mujer del siglo XXI, tal vez, tenga que dar la más dura batalla y vencer su mayor opresor social: el narcisismo y su identidad sexual. Las enfermedades de metabolismos, la anorexia, la diabetes, la obesidad, los cánceres por mala “praxis médica” en operaciones de belleza o de piel por prolongada exposición a un sol sin capa de ozono completa, la infertilidad, entre otras, son terribles consecuencias que debe afrontar la mujer, y el hombre también, en el siglo XXI por esta situación del creciente mercado estético y el anhelo faústico de ser “siempre joven” con un cuerpo venusino o apolíneo.


Anabella Rodríguez


Bibliografía:


Anónimo. (1906). Tratado completo de urbanidad en verso para uso de las niñas. Colegios Católicos: Caracas.


Crispo Rosina y otros (1994). Trastornos del comer. Ed. Herder: Barcelona.


Duker, Marilyn y Slade, Roger(1992). Anorexia nerviosa y bulimia. Ed. Limusa: México.


Hirschmann, Jane y Hunter, Carol (1990). La obsesión de comer. Ed. Paidós. Madrid.


Ladish, Lorraine (1998). Me siento gorda. Ed. Edaf: Madrid.


_____________. Cuerpo de mujer Ed. Edaf: Madrid.


Serrano de Wilson, D.(1916). Almacén de las señoritas. Vda de C. Bouret. París-México.


Tramar, Condesa de. (1915). El Trato social. Vda de Ch Boures: París-México

¡AL FIN PRINCESA!

Se miró en el espejo de la salita: ¡diez puntos!. El pelo, un poco desarreglado, testimoniaba una noche de insomnio, de revolverse en la cama sin poder dormir... Los ojos enrojecidos, el llanto inconsolable, como dirían en la telenovela de la tarde. Vestida de entrecasa, descalza, como lo establecía la norma, se sentó en el colchón y esperó dudando entre leer un libro o meditar.
El departamento estaba ordenado, los víveres que había traido una amiga acomodados sobre el mármol de la cocina, esperaban que llegara la gente, los candelabros con sus blancas velas y las cajitas de fósforos al lado, distribuidos por toda la casa, daban un toque de austeridad y elegancia.
Sobre la mesita del living algunos libros de autoayuda y los álbumes de fotos de su niñez, donde todos pudieran ver al Papá en sus mejores años.

Todas las tardes de sábado, la espera inútil, vestida para salir, con los zapatitos de charol y el moño blanco o rojo, todas las llamadas telefónicas, los reproches de la Mamá, sus llantos y las rabietas de Diego, todo ese desamparo que continuó, a pesar de los años, hoy llegaba a su fin.
Hasta hace poco, cuando aún vivían en la misma ciudad, Ella seguía esperando que la invite, que la llame, que le demuestre que sus protestas de amor no eran falsas. Diego hacía años que no se comunicaba con él, ni esperaba que le dé cabida en la vida con su joven esposa y los hijos pequeños.
Pero Ella se aparecía sin avisar, cargada de regalos para sus hermanitos —medio hermanos, como le recordaba la Mamá −aunque nunca la invitaban a quedarse y muchas veces le decían: ¡Justo estábamos por salir!
Se acabó, papito, ya no estás ni para ellos ni para mí. ¡Ahora somos iguales! Ahora puedo llorarte como si me hubieras querido...Aquí nadie conoce la verdadera historia de tu traición...las pequeñas y mezquinas anécdotas de tu paternidad negada. El día de mi graduación llamaste para decir que había nacido tu segundo hijo. ¿Segundo? Cuarto, te corregí aturdida y no atiné a recordarte la fiesta en la que esta vez tampoco estarías.
-Papá se disculpa- dijo Ella en voz alta para que Diego y la Mamá escuchen. Ninguno de ellos abrió la boca; no contaban con él.
—La señora tuvo un bebé −agregó. La Mamá soltó una carcajada sarcástica, Diego salió de la habitación.

Sí, papito querido, ahora ellos también son huérfanos de padre, como yo lo fui desde los 12 años. Por una justa casualidad, los dos chicos tienen diez y doce años, como Diego y yo cuando te fuiste. Por eso, papá, recién hoy, cuando de verdad estás muerto, yo celebro tu partida con el duelo in absentia.

Muchas personas vendrán a consolarla, a demostrarle cuánto sienten su desdicha. La gente beberá, comerá las tortas y bocaditos que las amigas de Elena han preparado, charlará y sonreirá. Será una verdadera fiesta. Y Ella, sentada sobre ese colchón, será como una sultana que, aunque tarde, recibe los merecidos honores. Hablarán de él, contará las mejores anécdotas, mostrará sus fotos de juventud y brindarán por su alma. ¡Que descanse en paz!

© Ester Mann

El perseguidor de sueños



por Ernesto Ramírez

«Querido hijo, el patio y el pozo están algo raros, las flores no cantan, los pájaros no perfuman; el portón cada día más hosco. ¿Sería a nuestro pozo que se refirió don Lugones? Besos, tu mamá»

Mientras el tren se iba deteniendo recordó esa carta, la segunda de la serie de cartas breves y extrañas del último año y medio. Bajó y se volteó para ver marcharse al vetusto montón de hierros. En las ventanillas, primero lentamente y luego más de prisa, aparecía un rostro cansado de mirada apagada, era su rostro y cada ventanilla era un año de su vida, que así se había ido, como el tren, veloz y sin contemplaciones. Era un rostro vapuleado por treinta años de estar ausente. “El rostro de la frustración”, se dijo. Con una mano deshizo unas gotas de sudor que descendían tortuosas, desbordando pequeñas grietas desde la frente hasta el bigote, en tanto inhalaba profundamente de un aire de tres décadas atrás. Miró a su alrededor.., estaba solo.
Dejó la pequeña maleta en el piso y estiró los ojos por la calle abochornada bajo el sol del mediodía:
“Siguiéndola durante unos setecientos metros me aguardan mi infancia y parte de la juventud”, pensó. Antes de decidirse a recrearlas, sopesó los cambios inexistentes: el cartel gris de hormigón que rezaba Estación Sañoram con las letras percudidas que ya cuando él partió habían dejado de ser rojas para conformarse con un rosado ápático. Buscó la melladura en la pata de la erre y allí estaba, más sucia, menos evidente, pero estaba. Cuando el plomo del loco Aurelio la había concebido, en un intento simbólico de matar el lugar, lucía blanca e insinuante, cual una sonrisa irónica provocadora del segundo balazo. El largo banco con su armazón de hierro y quebracho, inmóvil, resignado desde siempre a soportar la tristeza y conformidad de aquella gente asfixiada de prudencia. “Los pollos “, pensó, y se dio vuelta para mirar hacia el montecito de sauces al otro lado de la vía. Y ahí estaban, echados al frescor mezquino del poco pasto verde, agradeciendo a las sombras su languidez; piquiabiertos y alas en ristre, igual que sus ancestros de treinta eneros atrás el día en que se marchó. Recogió su muestra de equipaje y tomó en dirección a la calle del pasado. Al pasar frente a la ventana del depósito que oficiaba de estación, miró a través del vidrio polvoriento, no sin antes abrirle paso a la mirada con la palma de la mano. El cráneo del encargado afloraba como una medusa entre los brazos cruzados, que le ocultaban el rostro adosado a la mesa, y el movimiento rítmico de los hombros, en la respiración agobiada por ese sopor de varios lustros. Llegó hasta la boca de la calle y se internó en ella, caminaba lento, quizás con recelo, y no precisamente por el calor ni el peso de la valija. A ambos lados del camino las cunetas, largas llagas supurantes, drenaban la miseria del lugar. Más allá de las zanjas, después de los alambrados, estaban las casas. Ranchos de adobe, otros de chapa y madera, algunos, muy pocos, con algún injerto de bloques que pretendió ser mejora; y las menos, un diez por ciento quizás, casas de verdad de ladrillos y con planchada. Su casa era la última y estaba de frente a la calle, como un tapón, interceptándola, como diciendo aquí se termina Safíoram. Yen la casa estaría su madre ¿cómo estaría? ¿qué madre encontraría después de treinta años? Sabía que vivía. Su reciente última carta (corta y enigmática como las cuatro o cinco recibidas el pasado año) decía:

«M‘ijo, tu padre te extraña, me es fácil advertirlo. No me lo dice, bueno siempre hablamos poco. Hablar es cosa buena, lástima que estás tan ocupado en tus proyectos. Te quiere tu madre».

Unos doscientos metros adelante, del lado derecho por supuesto, asomaba por sobre el techo a dos aguas de tejas, la cruz de madera de la capilla de “Nuestra Señora Redentora de Sañoram “. Se erguía omnipotente y piadosa como un sermón mudo preventor del pecado, pero a su vez como un puño implacable capaz de expurgarlo. Como si en este lugar fuera posible pecar, o en su defecto, si en un arrebato fugaz de ingenio alguien lo lograra, existiera para él castigo peor que el de sobrevivir allí.
El aire flotaba cansino en la calina del mediodía, bochornoso y dantesco, alejaba las imágenes, las envolvía de una magia e interés inexistentes; como una postal tridimensional, que según el ángulo de inclinación que se le dé ilusiona fabricándole espacios a su chatura irremediable. Las sombras caían heridas sobre los planos, humilladas por el fuego del sol. Todos los habitantes del caserío estaban hundidos en el sueño pegajoso y ni siquiera los niños se animaban a escaparse y desafiar el solazo de la una de la tarde. Hasta los perros brillaban por la ausencia, y si alguno olfateó su presencia, de seguro el calor se encargó de que su ladrido se transmutase en un tibio bostezo.
Así, reconquistando y sudando, anduvo la mitad del camino hasta llegar al Almacén de Ramos Generales y Bar Velásquez . La fachada seguía inmutable y el nombre debía ser adivinado en la pintura, descascarada en partes y en otras desvaída.

«Hijo este lugar esta cambiando y creciendo mucho, cada día me cuesta más llegar hasta lo de Velásquez. Besos, mamá.» ¡Qué. mierda si todo esta igual! exclamó.
A medida que se acercaba a la entrada del comercio aquella masa de carne y grasa abruptamente dormida sobre una silla bajo el alero, con la cabeza tumbada hacia un lado emitiendo ronquidos espeluznantes, la camisa desprendida y las manos trenzadas encima del abdomen voluptuoso y vivo como un hongo después de la lluvia, retrocedía y adelgazaba en su memoria hasta reconocerla.
Subió los dos escalones. Observó el rostro. La mosca en la nariz era la confirmación.
El perro, desparramado debajo de su dueño, abrió los ojos por un pesado instante, dando a entender que sólo era somnolencia y no falta de olfato su displicencia canina. Tosió prolongando la tos con un carraspeo intencional. El hombre despertó masticando el aire caliente y con una mano se limpió la mezcla de baba y sudor que le coma por el canto derecho de la boca, haciéndole brillar el mentón áspero sin rasurar varios días.
— Estos informales... — farfulló poniéndose de pie —. Tiene suerte amigo: de no ser por que me quedé dormido esperando al proveedor de pastas y fideos, hubiera encontrado cerrado el lugar.
Entró detrás del comerciante.
— ¿Qué le sirvo? — preguntó éste rascándose el vientre en tanto pasaba atrás del mostrador.
— Cerveza, bien fría. — Y se sentó a una mesa bajo el ventilador de techo arcaico y flemático.
No sé que tan fría está usted acostumbrado a tomarla. Por aquí lo frío de la bebida depende del estado y antigüedad de la heladera y la mía ya pasó los veinte años —dijo depositando la botella y el vaso en la mesa bamboleante y llena de cicatrices.
Medió un silencio de tela de araña entre ambos cruzado por miradas fijas y hambrientas, mientras la cerveza brotaba hirviente del cuello de la botella.
— La mosca también ha envejecido y engordado, eh Ezequiel.
Ezequiel Velásquez con toda su obesidad sudada y la mirada apenas escapando por una rendija entre los párpados, retrocediendo en los campos del ayer como una vaca idiota rumiando inútil en las praderas de otrora, busca y rebusca en el rostro del forastero semicubierto por el vidrio sucio del vaso y la espuma tibia de la cerveza, mientras se acaricia la verruga negra y marchita en el lado derecho de la nariz.
—jEladio! — dice efusivo —. Eladio Palermo... el perseguidor de sueños — confirma melancólico —. ¡Cuántos años! Veinticinco por lo menos ¿no?
— Treinta exactamente — corrige incorporándose y uniendo el tiempo en un abrazo.

—Lo de la mosca — exclama riendo y sosteniendo a Eladio por los hombros — me quedó para toda la vida. Tendrías unos nueve años, sí yo te llevo diez, cuando asomabas la cabeza por esta misma puerta y gritabas: “A Ezequiel se le posó una mosca en la nariz” y salías corriendo junto con el Wata. Desde entonces y como somos tres los Ezequiel por estos lados, cuando hay que diferenciamos no dicen “el bolichero” ¡Noo! dicen ¡Ezequiel el de la mosca!
-~ Entonces te molestabas mucho y eso nos incentivaba. Antes de irme ya te habías resignado y la bronca iba sólo por dentro, pero hoy veo que hasta te divierte.
¿Por eso vos dejastes de estudiar y te conformastes con atender el boliche? ¿Te dio miedo poder ver más allá?
Yo que sé, cuando terminé el secundario el ambiente estaba muy caldeado en Montevideo, mi viejo un poco enfermo; y el negocio era algo seguro, mediocre sí pero seguro. Después mi padre murió y... aquí me tenés. ¿Vos también abandonastes los estudios?
—Sí, cuando el país se puso verde. Querían que me cortara el pelo. Yo lo usaba bien largo ¿te acordás? Abandoné en tercero de liceo.
Hubo un silencio reflexivo, corto, de años y cosas perdidas. Decime, ¿el pelado que ronca en la oficina de la estación es Barragón? ¿todavía no se jubiló?
—No, es Emilio, el hijo, tu amigo de la infancia. Don Lucas murió hace unos cinco años. El pelado ya hace diez que heredó el puesto y la sordera del padre. No le alcanza para nada, de los cinco hijos tres aún son chicos. Nunca llega a fin de mes el pobre. Pero contá algo vos, en treinta años por el mundo se deben ver infinidad de cosas nuevas, de gente diferente.
Sí muchas, muchísimas. Pero todas, todas sin excepción tienen la particularidad de hacerte extrañar las cosas viejas, la gente tuya. Otro día te cuento, hoy contame vos a mi.
Y así se sucedieron por dos horas los informes de Ezequiel y las cervezas, las sonrisas y los gestos nostálgicos, los ¿te acordás? y ¿vos supiste?
—Vos eras muy soñador e impulsivo, constan¬temente con algún proyecto nuevo que se desmoronaba pronto o ni siquiera llegaba a nacer. Siempre queriendo cambiar algo, pero siempre fuiste muy utopista, sin bases y sin paciencia. Recuerdo cuando conseguiste que nos asociáramos para hacer la feria de artesanías gauchas. Sería todo un evento anual que traería gente y divisas al lugar, sólo que olvidaste que Sañoram no despierta el interés de nadie y que a esta gente le asustan los cambios.
—Lo que ocurría es que me dolía la pobreza y h conformidad de las personas, e inconcientemente me fui creando una obligación al respecto. Este lugar siempre me deprimió mucho ¿sabes? Por eso buscaba escape en esas quimeras que al fin resultaron vitalicias.
—Y si esto te deprime tanto, ¿por qué volvistes? Porque no estás de paseo... volvistes, todo en vos lo indica.
—Es difícil entenderlo, sólo estando lejos se consigue. Es como la relación entre barco y capitán. Como si pidieras y te concedieran un barco nuevo y majestuoso porque el tuyo está en condiciones penosas.
Vos sabés que lo merecés y que en ese navío vas a poder desarrollarte y navegar dignamente. Ahora, vos no te podes olvidar de tu barco que quedó varado en el astillero. Entonces pedís que te concedan recomponerlo pero te deniegan el pedido una y otra vez. Y vos seguís navegando en tu nueva nave sujeto a itinerarios antojadizos, pero tu corazón y pensamiento están junto al viejo barco; a su rumbo y su tripulación detenidos en el tiempo, con su bodega llena de ratas que son tus ratas, su timón y velamen podridos que no le aseguran un destino cierto y su casco haciendo agua por todas partes. Entonces un día decidís que si no podés componerlo te queres hundir con él y volvés.
«Eladio, me preocupo mucho por qué no comés, sin fuerzas la soledad no se soporta y la soledad es pesada, casi tanto como la vida. Te quiere tu madre».
—Decime ¿has visto a mi madre? ¿cómo está?
—Doña Elvira sale poco, casi no se la ve. Manda algún pibe a comprar lo que necesita. Después de la siesta se sienta a la entrada de la casa, la mirada fija en la calle. Con el único hijo lejos y tu padre muerto, no le quedó mucho por hacer a la pobre.
—Sí, en los últimos doce años se habrá sentido muy sola...
—Sabés, creo que don Isidro también era un soñador, reprimido sí, pero soñador. A veces me acompañaba en las tardes solitarias y lo sorprendía mirando hacia la estación, entonces le preguntaba: “~~en qué piensa don Palermo?” Y me contestaba: “Cuando Eladio vuelva todo será diferente, Velásquez, todo “.
—Tal vez porque se reprimía conseguía soportar y hasta quizás disfrutar de la realidad mediocre que lo envolvía. Yo nunca lo logré, cuando me di cuenta que mientras perseguía un sueño se me moría una realidad entre las manos, ya era muy tarde, ya era adicto.

—¿Estas son horas de llegar? — gritó con su vozarrón adiposo Ezequiel a los dos hombres que acababan de entrar, y agregó:
-Disculpame viejo amigo, recibo la mercadería y seguimos charlando... ¡estos informales!
Viejo amigo, esas dos palabras le habían quedado zumbando en el corazón. Viejo amigo, con qué espontánea franqueza fueron pronunciadas. No había lugar a dudas, estaba en casa. Recordó de pronto la última semana, llena de sentimientos confusos que provocaron la decisión de volver. Así, de súbito, como un grito en los labios de un modo ilógico, inesperado, pero incuestionable. En esos días había experimentado sentimientos encontrados: miedo, valor, dudas, decisión, vacío, saturación. Con una sensación de irrealidad, como en los propios sueños. Tan inútil como su terquedad. Impuro y exánime como un unicornio real, por lo tanto carente de sentido. Cansado de luchar por sus sueños (una lucha dura y palpable en pos de metas ilusorias) harto de estar lejos, sobre todo de sí mismo.
¡ Qué irónico! pensó y escuchó su voz confirmándole:
“Todas las cosas que quería cambiar”... “hoy he vuelto para contentarme con ellas “.
—¿Qué decís Eladio? — pregunta Ezequiel volviendo a la mesa.
-¿Eh? No te escuché bien ¿qué dijiste?
—No nada: pensé en voz alta algo sin importancia.
-No te preocupes, te entiendo; se te debe hacer difícil cotejar las diferencias con las necesidades.
-Cuando vi los pollos debajo del sausal, entendí de pronto mi ausencia y mi retorno. Como si todos estos años de estar lejos, de sufrir, de ilusionarme y extrañar, de vivir mejor a costa de sentirme peor, de adaptarme aunque nunca del todo, quedaran resumidos en la simple imagen de ellos, nueva pero idéntica, una copia año tras año, aunque no los haya visto sucesivamente. Como diciéndome: ¿Qué fuiste a buscar Eladio? La vida es esto, un poco de sol cuando hace frío y un poco de sombra cuando el sol quema. ¿Qué quisiste inventar, viejo y pobre amigo?
—No se qué decirte, fuera de que me alegro de que hayas vuelto.

«Hijo, todas las tardes me siento en el patio y miro a la calle, qué larga y qué vacía. Qué triste ser calle en este lugar. Te quiere tu madre».

Con esa última carta dándole vueltas en la cabeza retomó la calle rumbo a su casa. Ya la gente comenzaba a resucitar de la siesta, y a ambos lados del camino se veían algunos niños, junto a rostros donde asomaban rastros de otros niños. Y a su lado rostros arrugados como cáscaras de nuez, que su memoria trataba de planchar y rellenar sin mucho éxito, hasta conseguir un mísero atisbo de familiaridad.
Así fue llegando hasta el fondo de la calle, hasta el inicio de su vida. Divisó la casa humilde avasallada de años, el patio umbrío ganado por los yuyos y el aljibe húmedo y solitario. Recordó entonces las noches en las que solía levantarse yllegar
hasta el pozo, para, apoyando el pecho en el brocal, arrojarle piedras a la luna, que se deformaba y retorcía, evidenciando que no era invulnerable, ni mucho menos inalcanzable. A medida que se acercaba, la imagen de la mujer sentada bajo el alero, aumentaba en el presente de su mirada física, pero iba disminuyéndose en la mirada de su recuerdo. Parecía una caricatura de la mujer que lo despidiera treinta años atrás, minimizada y grotesca, ajada por tantos dobleces de tiempo, arrinconada por la soledad. Un detalle más del patio, de la casa. Hojarasca que el invierno se olvidó de arrastrar con él y que soporta indiferente vientos, calor y aguaceros.
Abrió el portón y los goznes rechinaron a viva voz. Se internó por el angosto sendero esquivando las matas secas, y se detuvo frente a ella. La mujer levantó la mirada con una sonrisa frágil colgándole de los labios.
—¿,Tenés hambre, Eladio? Sobre la mesa está tu plato servido, a ver si hoy comés. Pero antes andá a darte un baño, m´hijo, estás tan sudado y agotado. No es para menos, con este calor de locos no es bueno andar tantos veranos... ■

martes, noviembre 13, 2007

Volver...

A propósito de viajes...



Más de un filosofo ha dicho que el pasado y el futuro no existen.
El primero es solo memoria o relatos transmitidos en noches de nostalgia. El segundo se nos oculta, cambiante y escurridizo en los vaivenes de nuestra imaginación.
Sin embargo, una y otra vez retornamos al pasado tratando de retener un aroma, un color, una emoción...

Mientras lo hacemos con el pensamiento, el pasado no nos desilusiona. Sigue ahí, esperando que lo evoquemos: esas noches de invierno en que sumergidos en un libro disfrutábamos del calor del hogar; el amigo que tuvimos y que amamos; la calle que nos vió llegar en esas madrugadas de reuniones y camaradería.
Pero si volvemos, si viajamos hasta esa calle, ese amigo, aquel invierno, la realidad nos golpea con su cotidianeidad, su grisura, su extrañez.

Varias veces volví a las calles de mi niñez, busqué en las paredes, la gente, las veredas —un poco más rotas, desteñidas-, pero nada encontré. No hay huellas de mi paso, no hay gentes que recuerden. Aún cuando el edificio está allí, no me reconoce ni sabe quién soy. Y ese olor, ese sabor ya se han ido con los años que quedaron atrás.

Nada puedo decir que no se haya dicho de mis tentativas por revivir el gusto y el aroma del pasado. Sólo las palabras, inútiles y vacías, intentan transmitir la pequeña anécdota, los sentimientos, el clima de esos días.

Pero el peso de mi tapado azul, el frío sobre mi piel, el gusto de aquel helado en el húmedo verano que pasó, el retumbar de nuestros pasos en la calle solitaria, todo eso quedará como un recuerdo. Esperando.



Ester Mann

sábado, noviembre 10, 2007

Balada para un loco

nota: Publico este texto aparecido en La República de Montevideo, en mi carácter de rioplatense y porteño jubilado de tanta arrogancia, napia pa´rriba y ceñuda egolatría de pillado de Buenos Aires. Sí, soy también porteño y cuando escribo "los hermanos uruguayos" pienso en Rama, Quijano, Onetti, Idea Vilariño, los tablados, Marcha, Telecataplum y Viglietti...(Andrés Aldao)


por ROBERTO CABALLERO *

El martes 2 de octubre sobre las 15 horas bajé del Buquebús en el puerto de Buenos Aires, iba enviado por un grupo de compañeros de la Corriente de Acción y Pensamiento ¬ Libertad (CAP-L) a visitar al Flaco Nicolini, quien había hecho un infarto precisamente cruzando el Río de la Plata el sábado anterior y operado de urgencia el domingo 30 de mañana en un sanatorio bonaerense.
Llevaba los saludos de decenas de compañeros, portaba el abrazo solidario de mucha gente, cargaba el mensaje de que los compañeros estamos en cualquier circunstancia, pero sobre todo cuando --como en el caso del Flaco-- estás pasando por una mala. Toda esta responsabilidad no sólo me pesaba mucho más que el bolso con mi ropa, sino que debía llevarla con el mayor de los amores porque aquello del "Che" es cierto, hay que endurecerse, pero sin perder la ternura, jamás.
Me encontré con el Flaco rodeado por el amor de una familia increíble, numerosa, que se prodigaban en entregarle todo el afecto y cariño que fuera posible para sacarlo adelante, me sentí incómodo, intruso en medio de ese estrechar filas en torno a quien necesitaba apoyo. Así, me dije, es como debe ser el compañerismo, la camaradería: generosa y a cada cual según su necesidad. Entré al CTI tres minutos, le di un apretón de manos y alcancé a decirle: "... Flaco los compañeros me mandaron a buscarte, te queremos en Montevideo lo antes posible, vamo'arriba...", se sonrió, me preguntó cómo estaban las cosas, los demás, "el que importa sos vos", contesté y me fui, lo dejé casi sin respuesta.
Hacía 48 horas le habían practicado una angioplastia ingresando por la arteria femoral aplicándole dos stent en tantas otras arterias, agravado por una neumonía que lo tenía con más de 38ª de fiebre.
Viajé al otro día al centro porteño. En el tren, un veterano, de impecable camisa y corbata, tocaba al bandoneón "Verano Porteño", de Piazzola, siguió con "Cambalache" de Enrique Santos Discépolo, los pasajeros del vagón lo aplaudimos y llenamos su gorro de monedas; en los andenes, grandes afiches de tipo comercial anunciaban que dentro de 20 días había elecciones en Argentina, sin ser eso, poca cosa electoral más y si uno era medio distraído podría llegar a pensar que era publicidad de programas de la TV como los de Tinelli.
Por Florida, cada dos o tres cuadras, parejas de bailarines evolucionaban con cortes y quebradas para las fotografías de los turistas, todo Buenos Aires respira tango, tal vez por eso cuando de tardecita regresé al barrio de San Isidro --donde está el sanatorio--, me encontré de pronto caminando por una calle alfombrada de naranjas, pensé que se habían caído del naranjal de alguna casa.
No, los naranjales estaban en la vereda sobre el cordón, llenos de naranjas, tantas que las ramas se doblaban por el peso, seguí caminando asombrado ante ese espectáculo de los naranjales en la vía pública, hasta que en la esquina miré el nombre de la calle: Arenales, fue leerlo y el play accionó mi memoria, era la voz del Polaco Goyeneche: "Salís de tu casa por Arenales. Lo de siempre en la calle y en vos...Cuando, de repente, de atrás de un árbol, me aparezco yo".
Me imaginé que el Flaco Nicolini era el personaje del tango. Horacio Arturo Ferrer debió conocerlo antes que nosotros o inventarlo a imagen y semejanza.
Cuál fue la locura del Flaco para vivir este calvario de casi un año, acaso es más grave que las acusaciones cruzadas entre otros compañeros del FA sobre fraude, estafa, traba de embargo, etc.
¿Alguien les pidió la renuncia a sus bancas ante acusaciones de tan subido como grave porte?, ¿con qué vara medimos la apariencia de la honestidad? Se argumenta que un hombre público --como la mujer del César-- ocupando un cargo público no sólo debe ser honrado, sino aparentarlo, argumento con el que no estoy de acuerdo. En mis años de bancario, conocí infinidad de tipos que parecían, aparentaban, simulaban ser honestos y eran todo lo contrario, lo que importa es serlo; si después andás con medio melón en la cabeza y no parecés, a qué prejuiciado le importa. Entonces vuelvo a lo mismo: ante estas nuevas acusaciones entre otros compañeros me pregunto: ¿la teoría de la mujer del César es "pa'todos o pa'lgunos"?
Hubo muchos saludos de apoyo, pero faltaron otros, de los que no quiero hablar hoy.
Salvo de la cancillería.
El señor Bustillo, embajador en Argentina, quien no hace mucho nos llevó junto a Nicolini (cuando era senador) a conocer el lujo desmedido de la embajada en Buenos Aires, no leyó la prensa uruguaya o no vio o escuchó por otros medios la noticia de que Leonardo Nicolini estaba internado con un infarto. ¿No se enteró realmente? Hay que avisarle: ¡Bustillo, Nicolini perdió la banca pero no la nacionalidad! ¡Pobres uruguayos de a pie y anónimos si les llega a pasar algo en la Argentina!
Sí, el Flaco es esa cosa rara que sale cada tanto de atrás de un árbol, mezcla de penúltimo linyera y primer polizonte en quien sabe qué viaje, por eso, por estar piantao, pero bien piantao, se trepó a la locura de operarse en Salud Pública hace casi un año.
Hoy los medios de prensa están dando la primicia de que la Justicia lo declaró inocente y archivó el caso. Pero claro, eso no le devuelve la banca de senador, ni le paga el alquiler, ni la luz, ni los impuestos, ni nada..., salvo su dignidad, esa que no necesariamente necesita aparentarse, figurarse, maquillarse como si fuera la mujer del César, ¿qué cosa ¿no?
Recuerdo ahora, que cuando por Arenales llegué a Avda. Libertador y pegué la vuelta me pareció sentir todavía al Polaco:
"Abrite los amores que vamos a intentar la mágica locura total de revivir...¡Vení, volá, vení!"
Vení Flaco, vení, vamos a tomar ahora sí una de más. *

* Secretario del Senador E. Fernández Huidobro. Ex preso político (MLN-T) 1972- 1985

lunes, septiembre 10, 2007

Un mal cuento

por Xafier Leib´s


Hay algo que no funciona en este cuento. Puede ser la cantidad de verbos o de adjetivos. Pensándolo bien, tal vez no sea eso. La página debe estar mal configurada. También es posible que las teclas sean demasiado duras, dificultándome alcanzar una escritura fluida acorde a las ideas que van bajando de mi mente. Por otro lado, hoy tampoco estoy muy concentrado que digamos. Hay un sol hermoso afuera pero está fresco. Ideal para salir a caminar en lugar de estar encerrado entre estas tres paredes (en lugar de una cuarta hay un ventanal).

¡La silla! Estas malditas sillas de escritorio que tienen veinte palancas diferentes y uno nunca termina de regularlas para sentirse cómodo. Debería apagar la música. Divago demasiado, soy como un bebé cuya atención se posa en algo distinto cada diez segundos, o como aquellos pajaritos inquietos cuyo nombre no recuerdo en este momento. Esos pequeños. Tal vez una música tranquila de compases distendidos me ayudaría. Definitivamente no es un momento de gran inspiración. Debería estar haciendo cualquier otra cosa pero con toda seguridad, escribir no es la mejor idea. Encima esta planta (cuyo nombre desconozco) que amenaza con caer sobre mi cabeza y destrozarla por completo. Entonces seguro que ya no podré volver a escribir algo decente. Aunque también puede caerse sobre la computadora, escenario en el cual yo me salvaría pero dejaría de poseer mi herramienta de escritura, teniendo que recurrir a la hoja y la lapicera. O bolígrafo. ¿Cuál será la diferencia?

Sin dudas es culpa también del lector. Demasiada exigencia. Uno no puede estar todo el tiempo pensando en sorprender, en superarse constantemente. ¡No puede ser tan egoísta! Por este condicionamiento, hace veinticuatro líneas que no logro redondear una idea; lograr un concepto claro e interesante; alcanzar un desarrollo, aunque sea mínimo, de aquello que quiero contar y de lo cual, por el momento, no tengo la más pálida idea. Voy a cerrar la ventana. El frío me congela los dedos y eso me quita velocidad y espontaneidad. Mejor me abrigo y dejo la ventana abierta, así entra un poco de aire. Odio los ambientes cerrados con aire viciado y caliente. Me resulta imposible concentrarme cuando no puedo tomar una buena bocanada de aire puro. Y entonces no logro escribir, o escribo basura. Bueno, lo de puro es muy relativo. Además, después de tantos años en la ciudad, cuando respiro aire realmente puro se me seca la nariz. Ni hablar de cuando tengo hambre. Por tener que estar acá, tipeando y tipeando (palabra que aparentemente no existe en el español), no tuve tiempo ni siquiera para prepararme un sándwich (esta sí existe). Después, cuarenta minutos para llegar al consultorio del psicólogo, cuarenta y cinco de sesión (ni un minutito más) y otro tanto para regresar. Al ingresar al departamento la pantalla está negra. Hay sólo una luz amarillenta que cada tanto titila. Paso en puntas de pie al lado de la computadora, rezando que no se despierte, pero sin querer toco la mesa y el negro se convierte en un blanco resplandeciente. La hoja vacía. O mejor dicho una abstracción binaria de lo que sería una hoja. Y en el costado superior izquierdo (o derecho si uno está usando un idioma semita) está ese maldito cursor centelleando, esperando, como diciéndome: “¿y loco? ¿Vas a tenerme acá mucho tiempo más?”. Mucha presión. Apago la computadora. La enciendo. No tolero el sabor del fracaso. Trasnocho escarbando en mi mente. Caspa, algunos recuerdos por aquí, otros por allá. Repaso los acontecimientos del día. Nada interesante. Una receta perfecta para escribir un buen cuento malo.


xafier leib´s