Foto de Cartier Bresson

Foto de Cartier Bresson

miércoles, mayo 28, 2008

Autopista del Pacífico Sur


Martha Goldín

Me gustaba caminar por Torrance. Me gustaban esos días en los que iba reconociendo calles, el barrio cercano al mar, las casitas . El aroma a jazmines impregnaba todo y cuando caía el sol se enrojecía el cielo , siempre celeste. El paisaje, mágico, parecía otro.. Cruzaba el Higway y caminaba tres cuadras hasta el semáforo. Y tres más hasta divisar la casa baja y extensa , con su prolijo cartel Library de Torrance . Allí usaba la computadora . Solía atenderme una mujer muy gorda y rubia, de aspecto común . Una tarde sentí, molesta, que no dejaba de observarme. Me acerqué le pedí un libro y vi el miedo en su mirada.
- He soñado noche a noche contigo -me dijo- hace años que te sueño y te temo.
Creo que en ese momento no la comprendí. Acaso pensé que estaba loca :
De todas maneras ser parte del delirio de una obesa bibliotecaria californiana no me atrapaba, pero debo reconocer que sus palabras me inquietaron.
Algo en el silencio de la tarde, el hechizo que emanaba de ese ocaso y el aroma penetrante de los jazmines me estremecieron..
Resolví no ir al día siguiente y aprovechar esas horas visitando Palos Verdes , un pueblo enclavado en las colinas , fascinante con sus enormes palmeras sobre el mar . Un par de días después creí olvidada las extrañas palabras de la californiana y volví a la biblioteca. . Allí, como siempre, estaba ella que casi no contestó mi saludo.
Ya en la computadora abrí e-mails. . Eran recuerdos de mis colegas por el Día de la Mujer, encuentros literarios , concursos. Lo de siempre. Creo que fue en esos momentos cuando sentí que la silla en la que estaba sentada crujía. Si, fue entonces que una sensación de extrañeza me invadió. Como si me estuviera desintegrando. Me levanté lo más rápido que pude y observé el espejo de la entrada. Entonces me vi, definitivamente me vi, incómoda en el voluminoso cuerpo de la bibliotecaria californiana, siniestra en la imagen que me devolvía el espejo y que me acompañaría desde ese momento.
A veces, entre lágrimas, recuerdo mi casa en Buenos Aires, mis seres amados, mis libros. A veces, mientras cierro la library a las ocho de la noche en punto y aburrida doy por finalizado el día, subo con dificultad mi voluminoso cuerpo al auto y me alejo, entre lágrimas, comiendo donuts . ■

© Martha Goldín

“El Loco de las Estrellas”




Por primera vez en mi vida me siento mortal. Ahora viajo por la cornisa de mi destino presintiendo el abismo de la muerte¡ Yo, que creí estar cerca de Dios! Año tras año entre las paredes del laboratorio; fórmulas, telescopios, complejos sistemas computarizados. Las madrugadas nos sorprendían a Ricardo y a mí analizando, discutiendo, filosofando sobre la extraordinaria energía que captábamos a millones de años-luz. Necesito contarlo, dejarlo escrito, porque lo que me ocurrió demuestra que el poder más asombroso que tiene el hombre es lograr gobernar su mente, irónicamente con mi cerebro tan trabajado no lo pude hacer. He comprobado que un linyera tiene más sabiduría y equilibrio para errar por este mundo que mi propia persona.

Hace seis meses mi colega y amigo murió, la ciencia tan avanzada no pudo con su enfermedad. El dolor que experimenté fue tan terrible que trataba de enmascararlo, evaluando de manera sistemática el poder de los virus, esas partículas que son un eslabón entre los seres vivos y lo inorgánico y de cómo pudieron vencer un cerebro tan evolucionado como el de Ricardo. En el momento que él murió sentí el crak. Nosotros, hombres maduros, estábamos cerca de llegar a la comprobación de la Singularidad del Universo. Estos estudios nos elevaban a una claridad de pensamiento que rozaba la religiosidad, sentíamos que estábamos cerca del secreto de Dios. Luego, todo se derrumbó, fue nuestro propio Bing- Crasch.

Pasaron los meses, el trabajo quedó estancado, ya no podía seguir solo. Comencé a deambular por la ciudad. No sé por qué extraña razón evadía los lugares mundanos y glamorosos para internarme en las zonas más oscuras, insondables, miserables de la noche. Yo, que venía de un universo que brillaba desde el origen del todo, me arrastraba en la oscuridad total, pero a la vez sentía el impacto de algo nuevo, asombroso. Comencé a sentir el dolor y el placer de mi carne, a experimentar la sensualidad de la obscenidad. Me rebelé contra mi estilo de científico atildado y fui logrando cambios en mi aspecto antes de vagabundear por la zona prostibularia de la ciudad, hasta conseguir una verdadera metamorfosis. Mi mujer y mis hijos no notaron mi transformación, para ellos yo seguía hasta el amanecer con el rito de la investigación. Y, a mi manera, estaba descubriendo no el origen del universo, sino lo que pasa en la vida subterránea de nuestra sociedad.
Llegaba a mi hogar con un agotamiento total. Me dolían las piernas por los tacones altos, la cara me ardía de tanto fregarla para sacarme el maquillaje y el sentido de culpa por la vejación sexual comenzó a ser reemplazada por el placer. Perdí el temor al rechazo social y cada noche era un desafío, no quería ni justificarme ni culparme. Era dueño de mi vida, de mi destino. A veces, en soledad me preguntaba si no estaba en la búsqueda del desafío final, la muerte. Conocí el cinismo, la mentira, la abyección. Cuando el cansancio me vencía y un atisbo de angustia comenzaba a germinar, buscaba a mi nuevo amigo, el linyera y juntos recostados sobre el puente, paliando el frío de la noche con un té caliente al lado de una pequeña fogata, mirábamos las estrellas. Me admiraba su sapiencia empírica respecto al cosmos. Pude saber de bellezas y conocimientos que jamás hubiera sospechado. Pero estos momentos especiales terminaron a los pocos meses, mi amigo decidió seguir por otros caminos. No tengo más deseos de escribir, vacié mi existencia.

Con el tiempo Alberto desapareció, la búsqueda por parte de la familia fue angustiosa. El mundo científico quedó conmocionado. Mientras esto ocurría, los linyeras se reunían bajo el puente, como en congreso, para escuchar las historias del vagabundo sobre la amistad y las constelaciones. La harapienta comunidad lo llamaba “ El loco de las estrellas”
Un invierno muy crudo el vagabundo fue hallado muerto. Entre sus harapos sólo tenía un cuaderno con extraños relatos sobre la muerte de un tal Ricardo, datos del cosmos, apuntes sobres virus y una foto en la que se veían a dos científicos de espaldas mirando una gigantografía en la que se destacaban estrellas muy brillantes. Curiosamente, algunas constelaciones parecían figuras de ángeles mutilados.


( mención de honor y editado en antología “ Mundo poético” Editorial Nuevo Ser. 2003).


© Ana María Manceda

LA FEA




Era la fea....Aunque tenía sus encantos: los ojos, el pelo, una buena figura....Pero era muy baja. Eso impedía calibrar su elegancia, su gusto en el vestir, sobre todo comparándola con su hermana mayor, que no sólo era alta sino que tenía esa piel blanca tan apreciada en aquellos tiempos. La altura y la palidez disimulaban la vulgaridad de la hermana. Las alabanzas de padres, amigos y parientes no le dejaban a ella, a la fea, ninguna posibilidad de dudas: ella era la deslucida, la que debía buscar la forma de ganarse el amor y la admiración de la gente.
Siempre trabajó duro, primero en la escuela, obteniendo las mejores notas, luego en el trabajo...Pero en esos tiempos una mujer, una niña inteligente no traía más pan a la mesa... Tampoco trabajar rudamente aseguraba un buen pasar, la única posibilidad de salir de la miseria era un buen casamiento y para eso servía la belleza.
Siempre esperando la aprobación de sus padres, sin juzgarlos, aceptando las injusticias como un fenómeno natural, como la lluvia o el hambre. A pesar de todo, tuvo varios admiradores, muchachos que querían casarse con ella, serios, trabajadores, pobres...
Claro que no podía aceptarlos hasta que la mayor se casara...Así era entonces: primero se debía casar la mayor. Si la siguiente desobedecía ese código, condenaba a la mayor a la soltería. Y eso era la peor desgracia concebible. Estaba descartado.
Por eso ella seguía trabajando, dándole todo su sueldo a la madre, a la madre que ahorraba para el ajuar de su hermosa hija mayor...La fea, contra toda lógica, creía en el amor. Por eso no se preocupaba por sus pretendientes. No los amaba y sabía que ellos tampoco estaban enamorados de ella. Simplemente, era un buen partido para un muchacho modesto: trabajadora, constante, buena ama de casa, ahorrativa. ¿Qué más podía pedir un hombre pobre?
Siempre tuvo que luchar. Lidiar para conseguir cada pequeña cosa en su vida se convirtió en su segunda naturaleza. Arrancarle a sus padres unas monedas para hacerse un vestido (esas monedas que ella misma había aportado a la economía familiar), conseguir un aumento de sueldo, casarse...Todo fue lucha, discusiones, silencioso llanto por las noches...
Un exagerado sentido de la justicia, del honor, se desarrolló en esa niñez y creció en la dolorosa adolescencia. Ella quería justicia y respeto a su alrededor. Lo que no había recibido de sus padres lo reclamaba de su novio y de sus amigas, de sus hermanas.
¿Pero quién dijo que el mundo es justo? No era justo que los padres la aprovecharan, que su hermana mayor la usara y que la hermana menor la despreciara. No era justo que sus patrones explotaran su buen gusto pagándole igual salario que a las demás costureras, no era justo que su novio, al que amaba, su novio, el único en el mundo que le demostraba su cariño, aprecio y respeto, estuviera enfermo.
Tenía que elegir entre una corta vida de amor y sacrificio o una larga vida de bienestar sin amor. No hubo ninguna duda. El sacrificio no era una idea, era su vida diaria. Durante diez años vivió con abnegación su amor. Hasta el fin, hasta que “la muerte los separó”.
Despues de la muerte de su amado, quedó la lucha por la subsistencia, el trabajo, la terquedad de seguir viviendo y mendigando de su familia la ternura que nunca le dieron.
Sus exigencias de amor, respeto y estima eran tan enormes que la gente se le resistía. Todos pensaban que era una buena persona, pero no podían conservar su amistad a lo largo del tiempo. Nadie osaba decir algo en su contra, pero no le concedían su intimidad. Hasta su hija siempre temió entregarse a ella por miedo a ser tragada, borrada.
Sus amigas le temían. Sus críticas eran implacables...y siempre había críticas...
Finalmente, sus padres, sus hermanos, toda su familia fue muriendo. Ella, la fea, la desgraciada, la pobre infortunada, sobrevivió al resto, única de su generación.
Aún en su vejez continúa pensando en su niñez, en sus padres, en los motivos que tuvieron para comportarse con ella con tanta frialdad e invertir todo su amor en la hermana mayor. Pero sabe que pagaron el precio de sus errores: la hermosa fue un fracaso y no les dió satisfacciones, no supo elegir y vivió una vida mezquina y pesada. Nunca agradeció a su familia los sacrificios que hicieron por ella ni les demostró cariño.

Sólo la fea cuidó y protegió a sus padres hasta el día en que murieron. Y hasta hoy, cuando todos los protagonistas de esta historia son sólo polvo olvidado, en los últimos años de su larga vida sigue recordando con orgullo –como si aún tuviera diez años- su conducta de hija ejemplar. Y aún espera que su madre le diga, con ternura: “¡fuiste la mejor de mis hijas!” ■

© Ester Mann

Ranitas humanas


Alicia Gomez de Balbuena

Correteaban por el piso desmayado de mayólicas olvidadas…Eran “ranitas humanas” en un día de lluvia pertinaz que las impùlsaba a jugar dándole algo de brillo a ese momento —especialmente gris de sus vidas-
¡Juancito echó el barco en el charco! Y mientras sus piernitas se mojaban y el papel se empapaba haciendo que la nave perdiera equilibrio, el niño…preguntó por su papá: “Un largo tiempo de cárceles” que hoy lo miraba desde la ventanilla enrejada de un móvil policial, en el que se trasladaba a todo “reo peligroso”. Juancito lo buscaba desde sus 4 años, con una mirada vacía de ilusiones, pero reclamándolo a viva voz. María…Su hermana y “madrecita” también había venido, con sus apenas cinco años lo cuidaba, pero de a ratos se zambullía en la aventura de ese juego que le proponía la lluvia… En tanto…Los empleados de aquel juzgado procuraban mantenerlos alejados de la cruda realidad no dejándolos entrar en la “Sala de Audiencias”…¡Como si un “no” fuera importante en esa coyuntura de ausencias…Sordo dolor que no puede traducirse en palabras inmediatas y oportunas. Prohibiciones que borran la ternura instalando una ilógica autoridad, mientras la vida pasa entre hojarascas de indiferencia programada.
¡Cuidado Juancito! Tus pocos años no entienden de viejas y derruídas casonas estatales…¿Sabes? En sus historias se fue instalando un tiempo de descuido, como si el revoque carcomido de sus paredes hubiera querido emular la vaciedad de espíritu…
¡Cuidado Juancito! ¡Vas a cortarte! Esa puerta de añosa madera que divide la galería de la sala principal, es pesada, y tiene vidrios rotos…Transparencia de un presupuesto calculado sin interés legítimo…“¡No me hagas enojar Juancito!” …-expresé- sacando a relucir mi cara más seria, hasta que lo escuché…”¡Quiero ir con mi papá!” —me dijo- mientras los mocos le resbalaban por su boca pequeña, enredándose en sus lágrimas insistentes y caprichosas… María, su hermana “madrecita” lo rescató…“Haceme un juego” —pidió chantajeándome- “Haceme un juego y lo llevo”.
Imprevistamente me sorprendí interrumpìendo mis tareas más urgentes y comenzando a cortar cartoncitos de todos colores, para sellar luego -con letras y números muy grandes cada uno-…Prontamente la magia del momento transformó ese material en un buen mazo de cartas que —una a una- esparcidas sobre el sucio piso ganaban más espacio provocando la pelea de los niños por su posesión. Así pude calmarlos un rato…Y volví a mi tarea.
¡De pronto…Tocaron a la puerta de mi oficina! Era un Juancito en el que se confundían los rotos calzoncillos con el deshilachado short…Tenía un trozo de pan quitado al paso en la mano y apretaba fuertemente los cartoncitos de colores en sus manitas. María, la hermana-madrecita lo había dejado solo porque se fue a hacer pis, y él también quería “mear”…Suspendí entonces nuevamente mi tarea para guiarlo hasta el herrumbroso hinodoro de aquél baño destinado al público y dándome vuelta me dispuse a esperarlo, ya que el baño quedaba muy distante, y llovía…
Después de un largo rato de espera, me decidí a “espiar” por uno de los agujeros de la puerta de aquel baño, y vi que Juancito no estaba en él… ¡Escuché entonces una carcajada chiquita! Juancito me sonreía desde un rincón de la galería. Sonreía y gozaba. Gozaba porque pudo “más que yo” y porque “me jodió”- según lo dijo-. Eso terminó por cautivarme…
Repentinamente en la “Sala de Audiencias” hubo gran movimiento…Estaba finalizando el debate y por las ventanillas rotas de la añosa puerta de vidrio y madera que dividía la galería de esa sala principal, se podía observar que el papá de Juancito era regresado al móvil del Servicio Penitenciario Federal. Con manos esposadas y sin mirar atrás se iba la ilusión de Juancito y de María: Ellos habían venido con su abuela para verlo…Hacía 9 largos meses que no tenían contacto… Su mamá “meretriz” tampoco estaba…
¡Se me ocurrió entonces que un buen café con leche podría hacer que Juancito, el más pequeño, no fijara ese momento! Y me puse a calentar el agua mientras que -con el papel arrugado de un oficio vencido- iba formando nuevos barquitos de papel. Con panza llena, Juancito jugaría divertido…
La abuela, que había despedido a su hijo desde tres metros de distancia con el hondo sentir de un vientre desgajado, volvió junto a los niños… Su rostro ya no tenía expresión lastimosa. Su gesto era determinado: “Debía seguir adelante”…María, la niña madrecita, sentadita en un rincón, dormía una siesta adelantada por el hambre…
¡Estadística de gastos! Planillas impresas donde cada supuesta necesidad tiene un número y un casillero que debe ser llenado y rendido el último día hábil de cada mes…¿En qué planilla de gastos cabe la necesidad de amor? ¿En cuántos casilleros podré colocar la deuda de una sonrisa o la promesa de una niñez sostenida desde el Estado, en educación y salud? ¿Cómo puedo sumar y restar las desilusiones haciendo cálculos matemáticos, y cómo explicarle a estas ranitas humanas que la historia oficial se repite, que los temas se agregan, que la gente se olvida...
“Ñande Gente” no entiende…No puede entender, hasta que le enseñemos como hacerlo…
Las “ranitas humanas” dueñas de un quejido lastimero y constante, a veces sonrisa y a veces llanto, piden por juguetes, por dos padres y un techo y en tanto… Huelen a vacío, al frío y al hambre de los días y las noches contadas desde el piso de tierra de un rancho compartido; desde las frazaditas agujereadas que tapan sus sueños, alternados con vigilias de liendres permanentes…SON RANITAS HUMANAS QUE ME DUELEN.
Cuando el timbre indicó el fin de jornada, tenía la sonrisa de Juancito instalada en el alma… Y supe que ese día “Juancito me jodió”.

Alicia Gómez de Balbuena

LOS MAGOS


Eduardo Chaves

A nuestro alrededor pasan los magos, los alquimistas, los inventores.
Suben con nosotros a los ómnibus, a los trenes; se sientan a nuestro lado en las plazas, en los cines y caminan sin saludarnos por los parques, por las veredas. No podemos reconocerlos porque no visten sus túnicas azules, sus sombreros con plumas o sus anillos mágicos.
No llevan los cabellos libres al viento ni cantan en las ferias sus maravillas.
No usan sus palabras misteriosas para invocar a los genios ni desaparecen de pronto bajo una nube de brillo dejándonos su risa flotando en el ambiente.
Los magos, los alquimistas, los inventores, llevan ahora trajes oscuros y corbatas de seda.

Las hechiceras se visten con finos y elegantes modelos comprados en las tiendas y no saben que bajo sus modernos atavíos se esconden los prodigios.
Ya no hay juglares ni prestidigitadores, ya no se encuentran pitonisas que adivinen la buenaventura o vendedores de pócimas que nos prometan la dicha de una rara fortuna.
Todo está al alcance de la mano con su pequeño precio a la vista, al contado o a crédito. Todo está hecho para ser usado una vez y olvidado mañana, ya no se busca lo invisible ni se valora el encanto de una efímera gracia o de una sorpresa imprevista. Hay genios castigados en el fondo de botellas lejanas que aguardan una mano curiosa que los libere de pronto para conceder tres deseos, hay palomas dormidas en las viejas galeras, varitas que alguna vez fueron mágicas apoyadas en rincones grises y copas de cristal que añoran la locura de los experimentos.
Los antiguos magos, los verdaderos alquimistas, los empecinados inventores, se asoman con secreta discreción entre las páginas de descoloridos libros, entre murmullos cuando una abuela recuerda historias o por los caminos del sueño después de muchos días de fatiga y de números. Nos hacen guiños, se esmeran en encender las lámparas, sacuden la modorra con plumeros de luces, convocan a todos los duendes y sacan de sus bolsillos mariposas, ideas, cascabeles, milagros y canciones. Miran con asombro nuestro diario tormento, el cansancio que ya forma parte de nuestra manera de ser, la armadura inviolable que arrastramos sin queja y se preguntan por qué vamos ocultos bajo nuestros trajes de doctores, comerciantes o jueces, disfrazados de atentos inversionistas que ingresan por las puertas de los bancos o de serenas damas que esperan taxis en las esquinas. Las mesas de los bares se amurallan con quietos profesores, señoritas dignas y estudiantes cumplidos que se cruzan de piernas y de brazos, sueltan los ojos hacia ninguna parte y sin reconocer el desconsuelo piden un café o una copa de agua mineral para ver pasar las tardes cada vez más tristes y más breves.

Los años huyen como liebres, las pequeñas locuras que despiertan los días ya no levantan más que algún papel arrugado bajos las ruedas de los autos y el mundo de aquieta con resignada confianza, envejece y se apaga con el rostro perfecto de un último paraíso virtual.
Nadie se acuerda de sus poderes mágicos.
Nadie ejercita las palabras que conjuran las sombras.
Todos hemos olvidado que podemos ser magos, alquimistas, inventores.

De Eduardo Chaves

ÁUREA GRIS


Marita Ragozza

El dolor hizo nido en ella desde su primera llegada al mundo. María tiene la edad de la miseria y la acompaña como un aura gris en silencio o a gritos.

Cartones, ollas vacías, yerba de antes de ayer la rodean, olor a rancio y un canto atorado en la garganta.

Hilachas viejas es la ropa que cubre su cuerpo, ropa de otros y para otros talles, dientes manchados, manos ásperas . . .y un alma desnuda y cubierta de preguntas sin respuesta.
Penas, exclusión, indiferencia, chicos con mocos, no logran desgarrarla porque María pone el cuerpo a todo. ¿ Hasta cuándo?

Y. . . no sabe.

Enfrentar las goteras, el barro, la escasez de luz eléctrica o de agua buena, la quema de sueños, su hombre sin trabajo ahogándose en el fondo engañoso de alguna botella, el sexo con rabia y sin alegría . . .

Se duerme con los trigos quemados de la noche y con el cansancio bruto del cuerpo sometido a la desigualdad, quizás soñando que con los juncos de la aurora el ángel de la villa le prenda alas a su espalda, ese ángel de lata que sobrevuela día y noche anunciando incansablemente “a los del otro lado “que ellos no son invisibles.

Pero esta noche, ha comenzado a sentir dolores fuertes en su vientre. Contracciones . ¿Será hambre otra vez?

No, cuando María despierte se enterará que en hebras rojas anoche se le fue un niño. . . sin ilusión, sin lucha, sin padrenuestro, como un deshielo de amor. . .

CON MI VOZ


CON MI VOZ


Como la vieja corteza de este mundo,

hecha y deshecha,

almacenando el tiempo.



Como un guijarro en el fondo de los ríos,

rodando a tropezones

hasta pulir la forma.



Como macuquina de irregulares cantos,

batida a golpes

para labrar los signos.



Como muesca,

grito, molde, cauce,

cresta, remolino...



en cada letra.

Lina Caffarello, letras verdes para la "mujé" de ojos verdosos y enamorada del Río de la Plata, marrón, el más ancho, que une dos cittá, Buenos Aires y Montevideo. De su libro, Alguien tiene un talismán


Avei coæ *




No lo digas


esa no es la sombra violeta


de algún ciervo.



De este lado hay una mesa


pero quemarás tus uñas


y arderán los peces


antes de que encuentres un lugar


Hay herbaje en aquel techo


y nadie creerá


que cae como risas o tijeras


sobre las tablas de Homero.



De este lado hay una estela blanquecina


y dos palabras ciegas que


de un solo tajo


cortan corazas y plumones.




No lo digas


pero aún es posible que tu viaje


escinda las razones del océano.


* Avei coæ «tener ganas» en lengua genovesa



La herida




Ellos miran en silencio


su silencio


que pregunta al bandoneón


y a la guitarra


la razón de estar ausente.



Bocas dolientes que no saben si decir


o no decir


que aquí en el sur


la ausencia ni siquiera es una sombra


pero nunca es el olvido.



Manos desnudas


pentagrama abandonado


canto hueco de guitarra y bandoneón


compás al sur


de redondas y de fusas.



Equidistantes ojos


con su herida fijada en el vacío.




de Lina Caffarello , Buenos Aires, Argentina

El bastón

Silvia Loustau

Aquella mañana el frió le congeló el rostro. Respiro de manera entrecortada, sintiendo que los bronquios se comprimían ante el ramalazo helado. Apuró el paso, acomodó la manija del bolso y se arrebujó con un movimiento de los hombros. Sobre la vereda iban quedando las últimas hilachas de sueño. Calculó que faltarían tres o cuatro minutos para que pasara el micro.
Miró el cielo, una sombra de luna transparente se iba diluyendo . Parece plena noche y son las seis y media, pensó la mujer, bajando la mirada. Entonces lo vio. Allí estaba el hombre. Es la tercer mañana – susurró a la vez que sus pasos se hicieron más lentos.

Allí estaba. Media cuadra antes de la parada. Un hombre de sobretodo oscuro. Largo. Con amplias solapas, levantadas para cubrirse del aire gélido. O para taparse el rostro, sospechó la mujer. Parado ahí. En la entrada de una casa de departamentos. Como esperando a dar otro paso. Al acercarse ella iba observando otros detalles. Anteojos oscuros. Entre los anteojos y las solapas el rostro era un misterio. El pelo entrecano. Peinado con excesiva prolijidad. Estaba muy cerca del hombre cuando un detalle la paralizó: el bastón. La asaltaron historias detectivescas en la que los bastones escondían filosas dagas. Los latidos de su corazón la ensordecían .

Pasó frente a él con el deseo de ser invisible y temor de perder el ómnibus al que vio doblar en la esquina. Trató de correr y odió sus zapatos de gruesa suela de goma, tan silenciosos que dejaban oír el más leve crujido de una leve hoja. Entonces escuchó los pasos. Lentos .Pesados. Parsimoniosos pasos del hombre. Cruzar la calle, se le ocurrió a la mujer, cruzar y colgarse rápido del colectivo que ya estaba llegando. Y un tac-tac, otro paso, como un reloj mortal.
El frío y el terror eran dos garras atenazando su garganta.

Cuando apoyó un pie en el estribo temió que un ataque de asma le encarcelara el aliento. Alguien le cedió el primer asiento. Entonces, sintiéndose a salvo, miró por la ventanilla y un blanco resplandor le hirió las retinas. El brillo del bastón del ciego, que contrastaba su sobretodo negro, con el guardapolvo blanco del niño que lo ayudaba a cruzar la calle.■

Risas de caballo


Luis Lujan

La escuela siempre fue un mundo lejano al que sólo se llegaba de a caballo. Leguas de pasto, cardos, piedra y hondonadas, que aparecían como relojes de arena acostados en una sucesión de tiempo largo. De espacios a lomo de caballo y de mirar el horizonte como un sueño fácil de tocar.


Este caballo no descansa, inventa fantasías aladas, movimientos de pájaros en su mirar derecho. Cada tarde, a última hora, queda encerrado en un corral para que al otro día, mis ocho años puedan ponerle un bozal, un freno, un cuero de oveja, treparlo como a un árbol y salir para la escuela. Pero a la mañana siguiente, el tobiano, el inventor de pájaros, no está en el corral. ¿Será posible? No fue una. Fueron cien. Mil veces que el tobiano escapó de ese corral. A las seis, cuando aclaraba, yo iba a buscarlo, con esos fríos que hacía antes, de alpargatas, bombachas y guardapolvo y no estaba. Alambrado de siete hilos y la tranquera cerrada, sólo que fuera mágico podría salir, y era. Porque allá se veía el tobiano, al fondo del campito, en el rincón más alejado, lo más tranquilo. Y ahí van mis ocho años con el bozal al hombro, a campo traviesa, en busca del travieso. El campo, un mar de agua helada y verde, y el tobiano como dormido. Estoy a dos metros y ni se entera. Me acerco sigiloso y con modales extremos. A medio metro, el pingo huye. Sale con una estampida. Risas de caballo, aire que golpea la cara y el alma. Allá iré, a la otra esquina, la más distante, a buscar al maldito. Allí continúa el sueño de ser pájaro. Y otra vez el rocío como una lluvia de abajo. Otra vez la seda y el amor para un caballo brujo. Pero ¿cómo salió del corral? No había manera de que saltara el alambrado si a la escuela tardaba dos horas de matungo y viejo. ¿Abriría la puerta para ir a jugar? Hasta hoy me desvela. El tobiano, maestro de la fuga. Cuando la luna aparecía, sólo por ver un caballo con vuelo en la mirada.


(Del libro : Muerto el Pedro se acabó la rabia y otros cuentos de la infancia)

domingo, abril 20, 2008

LA BICICLETA


LA BICICLETA

Salí de mi casa y por un momento reapareció el viejo temor –que la bicicleta no estuviese allí-, pero aún antes de mirar supe que me esperaba al lado de la baranda, sin candado, a pesar de los consejos reiterados de mis padres que me advertían que al final me la iban a robar, que debía ponerlas en el depósito.
Bajé en el ascensor, paré la bicicleta con el impulso acostumbrado y, abajo en la entrada, me subí y empecé a andar.
El murmullo zumbante de las ruedas me daba una sensación agradable que me prometí recordar pero, como siempre, en la esquina mi cabeza ya estaba en otro mundo.
Siempre me imaginaba todo tipo de inconvenientes que podían surgir, cada objeto que veía era un accidente potencial: deslizarme a la banquina, por ejemplo, tragarme la puerta de un auto que se abría, o caerme dentro de una boca de tormenta abierta.
Pero no sólo los posibles accidentes me preocupaban. También era consciente de cosas interesantes que me podían sorprender, en especial la posibilidad que de pronto pasara algún conocido, alguien que yo deseara ver.
Entonces enderezaba la espalda, me controlaba y trataba de reflejar la imagen de una joven llena de gracia andando en bicicleta. Esto duraba sólo unos minutos, hasta que mi cabeza se iba por otros senderos y volvia a montar en la forma que me era más cómoda, desgarbada, la cabeza agachada, la espalda torcida.
Tambien ese día estaba ensimismada en distintos pensamientos, cuando de pronto me dí cuenta que estaba en una calle que me era desconocida, en un barrio que nunca visité. Un poco tarde entendí que el muchacho que me explicó, sonriente, el camino, me hizo equivocar. Y cuanto más viajaba, más me alejaba del mundo seguro y conocido, sola por completo en el universo. Se acercaba el atardecer y la fiesta a la que pensaba ir me parecía lejana e inalcanzable, como si nunca fuera a llegar, que jamás encontraría a mis amigos, ellos también tan lejanos e inaccesibles que pensé que eran invención mía. Ya había una completa penumbra. Las luces de los autos que venían en mi dirección me provocaban un sentimiento de soledad: montada sola en mi bicicleta, que ahora parecía más pequeña y expuesta.
Ya sentía la angustia conocida que precede al llanto, cuando vi a lo lejos el salón, iluminado con múltiples luces de colores, y me inundó el alivio.
Todos habían llegado, y contentos de verme me instaban a sacar el registro de conductor de una buena vez y abandonar los estúpidos viajes en bicicleta.
Yo, por supuesto, asentí y relaté, divertida, como casi me pierdo.

Despues comenzó el invierno. El viento frío me hacía lloriquear los ojos y si llovía era imposible montar en bicicleta. Empecé a tomar clases de manejo, la bicicleta quedó olvidada, sin el candado, apoyada en la baranda de la escalera, al lado de nuestro departamento.
Uno de los primeros días de la primavera siguiente, cuando salía de casa a esperar al profesor de manejo, miré sin pensar la baranda vacía y me dí cuenta que ya no estaba allí; que, de hecho, no tenía ni idea de cuándo la vi por última vez.
No fue, como pensé tantas veces, ni como me imaginé que sería. Y a pesar del esfuerzo... no me embargó ni un asomo de tristeza. ■

Ronit Sela

EL JAPONÉS


El Japonés...

Aquella mañana, al despertar, me sentí extraño, como si algo hubiese cambiado en mí. Lo primero que hice fue mirarme en el espejo. Mi sorpresa fue grande al descubrir que me había convertido en japonés. Mis rulos largos y rubios habían sido reemplazados por un cabello corto, negro y lacio. Mi barba había desaparecido, y en su lugar tenía ahora una piel suave y blancuzca. Los ojos se habían estirado hacia los costados, pareciéndose a dos granos de arroz.
Unas horas más tarde, sentado detrás del mostrador del negocio de artículos de pesca que tengo en la calle Paraná, me llamó mucho la atención que la gente no notara el cambio étnico que había atravesado. Mis clientes entraban y me saludaban, como de costumbre, ignorando por completo que estaban siendo atendidos por otra persona que encima les hablaba en japonés.
Durante la hora de la siesta, momento en el cual el negocio permanece cerrado, comencé a desarmar la computadora, como si estuviera poseído por una fuerza mayor. Utilizando algunas cañas y rieles terminé construyendo un pequeño robot que inmediatamente comenzó a limpiar el local y, luego de la apertura, a atender a los clientes.
Al ver que dicho aparato se las arreglaba solo, decidí vender el negocio y sumando los ahorros que tenía, viajé a Japón.
Ni bien toqué el suelo de la Tierra del Sol Naciente, sentí unas ganas terribles de tomar un buen “Earl Grey”. Me dirigí a un café adyacente y en vano traté de explicar lo que deseaba. El mozo me preguntaba cosas en japonés y por alguna extraña razón no lo comprendía. En ese momento me vi reflejado en un espejo adherido a una de las columnas del recinto y noté, para mi gran asombro, que había perdido mi apariencia asiática y que me había convertido en un señor inglés, vestido de negro, con galera, bigote y bastón. Al quitarme la galera, ya que es de mala educación usar sombreros en interiores, descubrí que mis cabellos rojizos estaban pulcramente peinados con una raya en el costado. Salí del café, paré un taxi y me dirigí al aeropuerto. Tomé el primer avión con destino a Londres.
Así sucedió que comencé a viajar por todo el mundo. En cada nuevo país que llegaba, siempre de acuerdo a mis cambios morfológicos, me veía obligado a partir porque nuevamente mi aspecto había mutado.
Luego de largos meses viajando de un continente a otro, se me acabó el dinero. Me encontraba en un país desconocido. Comencé a buscar trabajo y me contrataron en un negocio de artículos de pesca que, misteriosamente, era atendido por un pequeño robot. Como dicho artefacto hacía todo el trabajo, yo me dedicaba a tomar té y a escribir haikus. El robot me miraba con envidia, pero por algún motivo nunca me dijo nada.

© Xafier Leib´s

sábado, abril 19, 2008

ATEMPORAL



Roberto era un típico habitante de la city. Apurado, ajetreado, constipado y melancólico. Siempre madrugando, rezongando por el reloj, el agua caliente, el café quemado. Por el colectivo que no llega, el paro de trenes, los subtes mugrientos y los pibes de la calle. Bufando por el laburo atrasado, el jefe histérico, las compañeras menopáusicas, los colegas mas jóvenes y pintones que él. El característico agrieta de la oficina. Formal hasta la medula.
Se había divorciado hacía diez años, los hijos ya estaban grandes y fracasaron un par de parejas que intentó sostener. Harto de apostar fichas, se decidió por la soledad.

-“Total, todas las minas son iguales”- solía conformarse por una decisión compulsiva que no le sentaba nada bien.
Y así andaba por las calles, con cara de traste todo el tiempo, frustrado, porque, convengamos que los hombres solos no son la mejor de las recetas.

Rutinario al mango, iba siempre al mismo café, pedía siempre lo mismo y se sentaba indefectiblemente en la misma mesa.
Justo aquel día de lluvia, levantaron las miradas al unísono y se sonrieron, se escrutaron, se dieron vergüenza y entablaron una conversación. Se contaron sus cuitas, llenas de sueños por cumplir, afán de felicidad y cosas que olvidar. Se había hecho tan tarde, que juntos se perdieron por la ciudad.
Terminaron la noche entre sábanas, hicieron el amor con soltura y salvajismo, con desenfado y locura. Todo lo que nunca intentaron antes, lo hicieron realidad aquella madrugada, entre suspiros inciviles y caricias vaporosas.

Cuando sonó el despertador, Roberto no fue a la oficina. Partió de shopping. Se compró jeans, remeras, zapatillas, hasta un reloj de pulsera más piola.
y un sugestivo conjunto de lencería negra para él.


© Viviana Álvarez

EXTRAÑA PASAJERA


Extraña pasajera (inédito)

por Andrés Aldao

Era su último viaje al interior. Tendría, luego, el merecido descanso, el final de ese trajín semanal y repetido, abrumador. La pendiente estriada, un fastidio que fue asfixiándolo... Siempre la valija llena de libros, los catálogos, algunos pedidos urgentes. El mandadero de los editores. El cadete...
Ahora viajaría a Rosario. Vuelta a la rutina, la ruta 9, el paisaje agreste, moroso, calcado del viaje anterior (fuese al norte, al sur o al oeste). La copia ritual y tediosa de su vida. Prevista, aburrida.
Subió al micro cuando los pasajeros ocupaban ya sus lugares. Abajo, asiento D, pasillo, leyó. Estaba ubicado antes del final, pegado al WC, las dos letras que lo turbaban y despuntaban la levedad de su juicio. Que le importunaban la calma durante los viajes....
Todavía lo acorralaba la cobardía de abrir la boca y pedir permiso a quien estuviera a su lado. El prejuicio, el no incomodar, la timidez y el rubor que remolcaba desde su niñez. A veces le llevaba una hora animarse hasta que, con voz de flauta dulce, pedía el aciago permiso por favor, apenas esbozado, un trémulo cuchicheo.
Siempre llevaba un libro, una novela por lo general, y se entretenía con la lectura. Leía la mitad a la ida, y el resto en el viaje de regreso. Aunque esta vez cerró los ojos, intentó relajarse, no pensar...

El asiento de la ventanilla estaba ocupado por una mujer. La miró de reojo, como para intuir de antemano qué podría ocurrirle durante el trayecto.
Transcurrió un largo rato hasta que la vecina le preguntó la hora. Se atrevió entonces a observarla sin pecar de imprudente: La siete y cuarto... Era de edad mediana, un perfil interesante y el cabello grisáceo, tenía la voz contraltiana con matices foráneos.
¿Va a Rosario? preguntó con simulada indiferencia. Sí, tengo que encontrarme con mi ex marido...La respuesta le pareció una muestra de confianza, el deseo tácito de la mujer de revelarle confidencias.
¿Problemas? aventuró. Oh sí...Vinimos casados de Hungría y, luego de veinte años de matrimonio, él se enamoró de otra mujer.Ahora estoy sola en este país. Se lo cuento porque ya no me importa nada,
¿ comprende usted? musitó.

El micro cortaba camino, el paisaje se perdía entre bovinos que pastaban, árboles estoicos y solitarios, y un horizonte monótono. El sol, espigado en el contraluz, resaltaba el perfil de la mujer, le daba una tonalidad especial, un entorno áureo, casi irreal.
La vecina de asiento, imperturbable, seguía relatando los pormenores de su vida de inmigrante con el ex marido. Él no podía dejar de mirarla. Estaba cautivado por la mujer, por el sonido de la voz, el cabello gris que caía en cascadas sobre los hombros, la mirada intensa reposando sobre sus ojos miopes. Sonreía, empequeñecido ante la mujer extraña que no cesaba de narrarle sus cuitas. Y él vivía esos momentos como una realidad agradable, un prodigio.
La mujer le preguntó, con gesto afable: ¿no lo fastidio? ¿no le aburre mi monólogo? Y él, temoroso de que callase, apresuró la respuesta: no no, siga por favor... Al rato ella calló, cerró los ojos, ladeó la cabeza y pareció adormecerse. La contemplaba con los ojos perdidos, mientras imaginaba diálogos improbables, inspirados en los libros que leía, quimeras que alentó a lo largo de su existencia gris... Vida de vendedor de libros en provincias, sumiso, zalamero, apagado.
El micro estaba entrando en la estación terminal de Rosario. Bajó el pasaje y se fue encaminando a la baulera. El empleado comenzó a sacar los bolsos y paquetes y a entregarlos. Ella recibió el suyo y le sonrió. Él hizo una seña de que esperase. Ella muequeó una sonrisa y echó a andar. Él la miraba, impaciente y turbado.
Cuando recibió la valija caminó hacia la sala de espera. No la vio, había desaparecido. Recorrió con la vista el recinto. Nada. Encaró a uno de los pasajeros del micro.
−Perdón, ¿usted no vio pasar a la señora que estaba a mi lado...?
El hombre lo miró en silencio.
−Yo no vi a nadie sentado en ese asiento.
−¿Pero cómo...? Si yo hablé con ella todo el viaje...
−Señor, a usted sólo lo vi dormir... ■

© Andrés Aldao

L U C Í A


por Marta Ravizzi


La siesta se desperezaba bajo un cielo verdiazul de enero. El camino, como un viejo mensajero, traía y llevaba alguno que otro vecino, además de viento.
Era una siesta, calurosa como todas las del norte. Seguramente el perro pensaba lo mismo puesto que dormitaba bajo la mesa del patio.
Fue en ese verano del 1944 que sucedió todo.
Lucía estaba de vacaciones en casa de sus abuelos. Era casi una niña, apenas catorce años plenos de inocencia y credulidad. A pesar de vivir en la ciudad con sus padres y hermano, ignoraba muchas cosas de la vida, esas que se iban aprendiendo con los años y a los tumbos porque nadie explicaba nada, en aquel tiempo. De esas cosas no se hablaba.
Los días se estiraban perezosos, como al descuido, y la tarde se empecinaba en quedarse pegada al cielo. Días largos de enero. Cuando llegaba la noche, aparecía el sosiego.
Solo un poco.
El calor era agobiante, y la noche corta como para refrescar la casa y las cabezas.
A Lucía le encantaba subir a la bicicleta y recorrer el camino polvoriento, sentir ese polvo que de tan volátil se le metía entre el pelo, entre los ojos y a veces, entre sus pensamientos. La siesta era su predilecta, sola cabalgaba en su bici como si fuera un potro bien domado, y salía bajo el sol irreverente, que le mostraba toda su ferocidad. No importaba, con un sombrero de paja, un cono amarillo, parecido a un gran dedal, sobre su cabeza, le demostraba que no tenía miedo. Presentía que no era prudente salir a esa hora, sin saber muy bien por qué, pero algo en el aire le sugería que tuviera cuidado.
La abuela, siguiendo las viejas costumbres de la familia, calló. Bueno, es que la abuela nunca hablaba. Pero esta vez calló y calló, como si todo fuera parte de la consigna.
Detrás del granero, donde se guardaban las maquinas de labranza y el sulky, había un galpón en el que se almacenaban las semillas y alimento del ganado. Allí, Lucía guardaba su bicicleta. Era un sitio seco, sin goteras por el forraje, y por eso la chica colocaba allí su compañera de aventuras, para que la lluvia no la estropeara.
Cuando caía la tarde y volvía con los cachetes rojos de sol y esfuerzo, parecía otra persona. El aire y el verano, cómplices amigos, le regalaban ese tono a su piel confundiéndola con un damasco. Lucia volvía, dejaba la bici, y corría hacia la casa a beber un buen vaso de leche fría con alguna galleta o simplemente vainillas.
Después de darse un baño, donde se quitaba el polvo del camino, de las hojas de los eucaliptos o de las briznas del pasto, Lucía también se desprendía de sus deseos. Los dejaba junto a la bañera, colgados en la percha del baño, donde estaba su ropa de fajina, la que se calzaría al otro día, y junto con ella, se calzaría nuevamente sobre los hombros todos sus sueños.
Lucía tenía ilusiones como cualquier chica de su edad: conocer mundo, conocer el mar, conocer el amor.
Ese verano Lucía creció de golpe.
La abuela calló.
Cuando volvió esa tarde de su paseo habitual, fue a guardar su bicicleta. El cielo, con francos signos de pena, le gritaba que estaba preparaba la tormenta.
Ella no entendió, no se dio cuenta, pero en el galpón cerealero la esperaba ese huracán que cambiaría su vida para siempre.
La encontraron ya entrada la noche, con su ropa desgarrada y manchas de sangre. Solo atinaba a llorar. Nadie pudo sacarle una palabra de aquello tan brutal que le había pasado.
La abuela tenía lágrimas en los ojos, la abrazó fuerte, meciéndola en silencio.
El abuelo, pulcro y recién bañado, fumaba su pipa de todos los días leyendo las noticias. Miró a Lucía con el ceño fruncido, sin disimular su gesto de reproche hacia su mujer.
No era la primera vez que, luego de revisar los galpones, con un vaso de whisky y su pipa se sentaba a leer como de costumbre, sin pensar en otra cosa, en el silló preferido del living.
Lucía jamás pudo soportar el olor a tabaco.

Marta Ravizzi

YO SOY BORGES



Este cuento no es inédito, pero creemos que será apreciado por los lectores que no lo conocen.

Estimada seňora Ester Mann:

Durante veinte aňos he borroneado esta carta de cien maneras diferentes, pero recién hoy, después de tanto tiempo, me he decidido a escribirla y enviársela.
Antes de presentarme, debo decirle que conozco y admiro su trabajo de periodista. Todas las semanas leo con atención el suplemento literario del diario en el que usted escribe, y nunca me ha defraudado. Sé también que su especialidad es la obra de Jorge Luis Borges y esto es lo que me impulsó a dirigirme a usted. La considero una persona seria y espero que lea esta carta hasta el final, aunque le parezca un delirio de viejo... De viejo, sí, ya que esta semana cumplí ochenta y nueve aňos.
La edad me ha obligado a escribirle. Ya no me queda mucho tiempo y mi imaginación trabaja sin descanso. Me asusta pensar que moriré sin que nadie sepa la verdad, sin que nadie sospeche que el seňor Borges no fue el verdadero autor de toda la literatura que se le atribuye.
Pero me estoy adelantando... Me arriesgo a que usted haga un bollo con este papel y lo tiré al canasto.
Me llamo Jacinto Chiclana (sí, no se asombre). Nací en Buenos Aires en 1915 y mi vida fue rutinaria hasta los 20 aňos. Ahí cambió todo: una maldita noche de juerga maté a un hombre. Por diversas circunstancias que no hacen al caso, me internaron en el Vieytes, donde transcurrió la mayor parte de mi vida adulta, hasta que en el 85 un mediquito joven y con ganas de cambiar cosas me dio el alta. Desde ese momento intenté contactarme con Borges, pero él ya estaba enfermo; al poco tiempo se fue del país y no pude hablarle.
Siempre me gustó escribir; ya desde chico escribía cuentos y obritas de teatro, y en la adolescencia poemas y ensayos. No pensaba en esa época que mis escritos tuviesen algún valor, simplemente escribía...

Estudiante de ingeniería en la universidad, mi futuro estaba encaminado a la construcción, no al arte. Pero, cuando mi destino se desplegó convirtiéndose en adversa realidad y me vi internado en un manicomio, con la alternativa de salir de allí para ir a parar a la cárcel, la escritura fue mi refugio, mi única posibilidad de olvidar el medio que me rodeaba y amenazaba convertirme en un loco de verdad. También influyó el estímulo constante del poeta Jacobo Fijman, cuyo nombre y obra, estoy seguro, usted debe conocer...
Todo esto es posible que no le interese, pero debo aclarar los hechos para que no queden dudas en su mente. Por los aňos 40 apareció en el loquero un periodista de cierto renombre, con la idea de escribir una serie de artículos sobre la vida de los pobres infelices del Borda... Si, como usted ya supone, era él, Borges.
Me llevó varios meses acopiar el valor necesario para hablarle y entregarle algunos manuscritos. Él me trató con mucha amabilidad, prometió leerlos y darme su opinón.
En una posterior visita me detalló el interés de su editor por mis trabajos, instándome a continuar.
Yo ya me veía publicado, entrevistado, viajando por el mundo para presentar mis libros: ¡libre...!
Por supuesto, no fue así. Mi noción del tiempo en esa época era muy difusa: recibía cada quince días, como todos los internados, electroshocks. Sumado a la cantidad de sedantes con que nos atiborraban diariamente, vivía en una especie de nebulosa y no percibía cuánto tiempo transcurría entre las visitas del periodista. Cada vez que llegaba, le entregaba nuevos manuscritos y recibía a cambio nuevas promesas y confirmaciones...
Concretando: el famoso cuento “El acercamiento a Almotasin”, que figura en todos los manuales como un ejemplo de ficción y que analiza un libro inexistente es, en realidad, una obra que el Sr. Jorge Luis Borges escribió basándose en mi manuscrito de igual nombre. ¡Sí! Yo escribí “El acercamiento...” y este ilustre escritor lo evaporó, publicando la crítica de un libro presuntamente imaginario. ¡Cómo fue admirado! Y yo, sumido en mi ignorancia, esperando ver los resultados de sus gestiones. Hoy pienso que cuando Borges afirmó en una entrevista que él escribe para sí mismo, y continuaría haciéndolo aunque nadie lo leyera, seguramente pensaba en mí.
Así, podría continuar dándole otros ejemplos, pero la falta de pruebas de lo que afirmo me frena. En efecto, no tengo forma de demostrar lo que asevero: entregué los originales a Borges y nunca me los devolvió... Han pasado muchos aňos y todas las personas involucradas han muerto: médicos que me veían escribir, enfermeros que fueron testigos de mis entrevistas con este señor, familiares con los que compartí mis esperanzas...
Para manifestar mi sinceridad debo aclararle que el lenguaje que caracterizó a Borges no es el mío. En efecto, confieso que él pulió mis cuentos y fantasías otorgándoles su propio estilo, agregándoles citas en latín, francés o inglés. Yo no era un hombre tan culto. Sólo contaba con la educación escolar y universitaria además de la lectura de todo cuanto caía en mis manos. Pero, de todas maneras, él tendría que haber compartido conmigo su gloria. Después de todo, yo le di ideas y argumentos que lo llevaron a la notoriedad. ¿Alguien puede recordar qué escribió Borges antes de 1940? ¡Por supuesto que no! ¡Sus ensayos y artículos periodísticos hubieran muerto de vejez mucho antes que él!
A punto de terminar mi carta le aclaro que durante todo el período de mi internación nunca supe que Borges se había convertido en un escritor reconocido mundialmente: siempre creí que seguía siendo un periodista. En 1985, cuando quise conectarme con él, me dirigí al diario en el que había colaborado cuarenta años atrás: ahí me enteré quién era Jorge Luis Borges y comencé a leer su obra una y otra vez... Créame que la conozco de memoria...
A esta altura, usted se preguntará qué es lo que quiero... En fin, no mucho... Desearía tan sólo que venga a verme, que me entreviste, que publique en su diario el resultado de la conversación y las conclusiones a las que ha llegado. Anhelo, asimismo, compartir con alguien este secreto que me ha angustiado en los últimos veinte años. El reconocimiento del mundo, aunque fuere a través de una sola persona − usted −, sería un consuelo y me permitiría morir en paz. Quedo a la espera de su respuesta con la expectativa de ser comprendido.

Suyo, Jacinto Chiclana

******
Pasaron varios días, terminé algunos trabajos que tenía entre manos y me acerqué a la dirección que Chiclana me indicó. Me abrió la puerta una mujer joven que dijo vivir en esa casa desde hacía unos meses. No conocía a Jacinto Chiclana ni había oído nunca su nombre. Me dirigí a la casa vecina y allí tuve más suerte: conocieron al anciano señor Chiclana, pero éste había muerto varios años atrás. Al mostrarles el sobre con el sello de correos del mes anterior me miraron perplejos: no sabían nada.
Volví a la oficina; no compartí con nadie este asunto. No quería ser objeto de las cínicas burlas de mis compañeros que siempre me acusaban de ser una pobre ingenua. Tampoco me decidía a hacer un bollo y tirar la carta a la basura. La guardé en una carpeta y pretendí olvidarla. Pero no podía; una y otra vez la revisaba para comprobar la fecha del sello de correos...

En diciembre de ese mismo año, sin pensarlo, y siguiendo un impulso irrefrenable, publiqué la carta cuando el Director del diario me pidió algún artículo para el Día de los Inocentes.
¿Debo revelarles que el 31 de Diciembre, como premio a mi originalidad, obtuve un triple aguinaldo? Una vez más, alguien recibía los laureles que pertenecían a Jacinto Chiclana... ●


© Ester Mann − octubre de 2004

Ejército al ataque


por Elsa Janá

Las estaba inspeccionando con una lupa, cuando Pablo se acercó a preguntar: “¿Sigue a los soldados de cerca, comandante?” Eramos tan chicos. Y el abuelo siempre alimentaba nuestra imaginación y curiosidad con sus historias sobre los ejércitos. Nos embelesaba con esas aventuras tan intrigantes como inspiradoras,
A veces, íbamos hasta el agujero del hormiguero a espiar con linterna y lupa. Y hasta una vez con el largavistas que Pablo le robó por un rato a la patrona de la casa. Nunca pudimos verificar la veracidad de los hechos, porque dentro del hormiguero lo único que se veía era oscuridad. Pero que ese ejército revolucionaba la tierra cuando actuaba mancomunado, nunca lo pusimos en duda.
Lo poderoso de su actuar conjunto lo comprobamos aquel día en que la inundación se había adueñado del barrio. Ibamos para el colegio, caminando por el medio de la calle, cantando “los viejos marineros salieron a pasear, navegando un velero rumbo a alta mar…”. De pronto, se nos vino encima un auto en sentido contrario, abriendo un mar de agua en dos paredes —como la historia de aquella salida del desierto que también nos fascinó, pero después, cuando fuimos grandes...
Vimos que el auto se acercaba y, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, saltamos juntos al primer montículo de tierra seca que asomaba por arriba de la vereda de barro. Parecía tan seco… Y de repente nos hundimos en él, porque carecía de firmeza. Era un gran hormiguero que acababa de reventar, y quedamos a disposición del ataque mancomunado del ejército de coloradas, que nos mordían como desesperadas.

De inmediato, vino el baño de agua helada, cuando nos tiramos a la inundación, con guardapolvo y hasta con el portafolios de cuero, para arrancarnos al ejército del cuerpo. Yo tardé en curarme de la pulmonía, vos del ataque de alergia. Ninguno de los dos de la panzada de gritos por las picaduras. Pero todo se soportó, porque la historia que nunca pudimos contarle al abuelo, es que vos y yo, solitos, pudimos contra el ataque del ejército, comandante de mi infancia feliz…Y claro que quiero volver a jugar con los ejércitos... ■


Elsa Janá

miércoles, febrero 20, 2008

UN HOMBRE EN EL PARQUE


Ester Mann, Buenos Aires, 1941, tiene una larga colección de relatos cortos basados en su experiencia y recuerdos de juventud, cuando aún -pensaba...- era posible soñar con un mundo distinto, mejor. La vida le enseñó que es muy poco lo que cambia y mucho lo que defrauda...

Esperaba desde las siete en el mismo banco de siempre, aunque sabia que ella no aparecería hasta las siete y cuarenta y cinco. El sendero iluminado acentuaba las sombras del banco en el que Oscar estaba sentado. Ella vendría de la parada, por su derecha, y caminaría con sus pasitos cortos y rápidos hacia la izquierda, sin mirar a los lados, concentrada en sus pensamientos o vaya a saber en qué.
Transitaría por el sendero, atravesando el parque, cruzaría la avenida y llegaría a su casita de una sola planta. Allí la esperarían los padres para cenar y él, Oscar, volvería a su departamento de soltero para esperar el día de mañana a las siete de la tarde.
Su trabajo, las visitas a la familia, los encuentros con amigos eran simples formas de matar el tiempo hasta la hora de verla. Lo peor eran los fines de semana, cuando ella no trabajaba y no regresaba de la oficina a las siete y cuarenta y cinco, como todos los días.

En el verano se hacía más peligroso observarla: a esa hora era aún de día, y ella podía ver a ese desconocido que hacía meses que la esperaba e incluso la seguía.
Pero ella, por apatía o indiferencia, no le prestaba atención.
En sus insomnios, imaginaba distintas formas de conocerla, de iniciar una relación. Pero todas se complicaban por su cortedad, la cobardía, el miedo al rechazo.
Pensaba que mientras no hiciera nada, podría conservar la esperanza de que un día llegarían a conocerse, y ella lo amaría como él la amaba.
La tarde de primavera en que se le cayó el libro, casi le dirigió la palabra... Corrió, lo levantó y las palabras que se agolparon en su garganta, todas las frases que había preparado en las noches sin sueño, se redujeron a un inaudible “Señorita!” .
Ella dio vuelta la cabeza, tomó el libro murmurando un “gracias”
lacónico, y continuó su camino.

Hacía tres días que ella no venía... Oscar, desesperado, decidió atravesar el parque, cruzar la avenida y tocar el timbre de la casita. Antes de cruzar vio la gente y el auto blanco, decorado con cintas y flores.
Se detuvo, inmóvil como una piedra, y la vio salir, más hermosa que nunca, con su vestido y el ramo de azahares. A su lado, un joven de esmoquin la tomaba del brazo y juntos se dirigían al auto. La blancura de la ropa y el brillo del automóvil lo encandilaron y sus ojos, húmedos, se nublaron.

A partir de la tarde siguiente, el banco que los faroles de la plaza no iluminaban, quedó solitario, oculto entre los arbustos. ■

© Ester Mann


PEQUEÑO MUNDO


Después que el tren de las nueve pasaba, mi abuelo, Jefe de Estación, cerraba la oficina y regresaba a la casa. Muchas veces me pregunté si el estado le había asignado aquel puesto o era un título propiciado por él, aprovechándose de ser el único ferroviario en Los Cardos.

Su vivienda estaba a sólo metros, en el mismo predio del ferrocarril, con ingreso por el sector de andenes y frente a la bomba de agua. Yo tenía la impresión que la nona lamentaba la rapidez con que partían los vagones y cargueros. En cuanto la figura retacona y obesa del marido se acercaba, interrumpía la regada y apresuraba su paso hacia la cocina. Era hombre impaciente. El mate debía estar sobre la mesa, caliente y espumoso para cuando llegara y el pan, más tostado de un lado que de otro. Todo controlaba, incluso aquellas tareas que no eran de su competencia. Le decía a mi nona como colocar el apresto y repasar los cuellos de las camisas, nada menos a ella, que llevaba años en comunión con la plancha. En lo único que no intervenía era con las tareas escolares. Esa es cosa de mujeres, decía, logrando que su falta de conocimientos pasara desapercibida. La abuela en cambio, con sólo segundo grado, parecía una maestra. Buena en aritmética y mejor, corrigiendo ortografía.
El hombre de la casa tenía otras particularidades. Le gustaba dormir en el catre del cuarto de planchado y debía hacerlo desde mucho tiempo atrás, porque la nona descansaba en cama de una plaza. Nunca acertaba mi nombre, me llamaba Damiana o Adriana, quizás por olvidadizo o porque pronunciar Mariana le recordaba a mi madre. Tampoco acostumbraba almorzar ni cenar en familia. Yo lo prefería así, odiaba los privilegios: verlo ingerir aquellos bocados jugosos de lomo al romero o porciones dobles del budín con nueces.

Las mujeres comíamos más tarde: verduras, un caldo con trozos de pan tostado entre el aroma a carne asada que aún, impregnaba la cocina. Después, en el patio, bajo el parral, la nona me ayudaba con las divisiones. Adentro era imposible, la radio se escuchaba a máximo volumen en el cuarto de planchado.

Don Cañas está?, preguntaba cada tanto algún asiduo al club del pueblo y mi abuela, sin decir palabra, sacaba dinero de la lata del arroz y se lo daba. El dominó y el truco perdían al abuelo y, muchas veces, debí buscarlo con algún pretexto para que, al menos, durmiera unas horas antes que pasara el tren. Comprendí entonces, la devoción de la nona por Santa Rita y sus prolongadas cadenas de oración a la patrona de lo imposible.
Por momentos, la abuela me apenaba, siempre tan tolerante, guardando silencio, dejándose retar como un niña y siendo protagonista de sus propios dichos, no se encierra una sirena en un lata de sardina, rezongaba por lo bajo. Nunca le dije nada para no mortificarla ni agregarle condimentos a su callada furia. Hacía tiempo que se venía quejando de no poder comprar un simple diario. ¡Eso sí que es tirar la plata! reiteraba el abuelo, aunque él, en el club, se gastara todo en jugadas, tabaco y oportos o lo que era peor, en innecesarias camisetas de frisa que le vendía su amigo el turco. Entonces la nona – sin otro remedio – leía repetidamente su misal, viejas anotaciones en el reverso de boletas o las cartas que mamá le escribió alguna vez desde Chivilcoy. La cosa era leer y apaciguar la impotencia que le cruzaba la garganta. Sin embargo, algo debió suceder en ella cuando, de un día para otro, cambió su rutina. Me acompañaba a la escuela y de allí se iba a la huerta de los Ordóñez en busca de verduras. ¿Por qué no lleva el canasto? le pregunté en una oportunidad y, por toda respuesta, frunció los hombros. La noté repentinamente más informada, comentaba cosas de las que antes no hablaba, conocía sucesos acontecidos en lugares distantes. Supuse que escuchaba radio a escondidas del abuelo, aunque él siempre la llevaba consigo o la guardaba en su ropero, bajo llave.

Durante cierta fecha patria, el abuelo se pasó el día en los festejos del club y en mi escuela, una pared se desmoronó en el patio, en pleno acto. Nos dejaron salir antes. Al regreso, me asomé por la ventana de la cocina para sorprender a la nona. Ella, ensimismada en lo que estaba haciendo, ni siquiera advirtió mi presencia. Sobre la mesa tenía todo listo para planchar y, a un costado, un pequeño baúl abierto que, a distancia, parecía contener recortes de periódicos. Ocupó el otro extremo del mesón para retirar las verduras de los envoltorios que don Ordóñez le improvisaba en papel de diario. Colocó los repollos, las papas y zanahorias en el canasto y luego, sacudió las páginas con un paño seco hasta dejarlas limpias, las alisó con la mano para, finalmente, pasarles la plancha encima. Ya sentada, estiró las piernas sobre la banqueta baja de mimbre y la vi leer, ansiosa, aquellas hojas de diario todavía humeantes.

Bajé la cabeza hasta perderme de su posible mirada. Decididamente, Bernardo Cañas no merecía aquella mujer.

Liliana Chavez

2 º Premio Internacional Novelarte 2006

LA BOCA SECA


Perfilaba de atrás un rumor amargo, antes de darse vuelta. Los dientes blancos, bordeaban la inocencia del reflejo de sonreír por imprevistos.
Estaba sentado en el quinto banco a la espera de que el mundo se abriera cuando pasara entre los otros, cómo alguna vez se había divido un mar, sólo que negro en vez de rojo.

A los doce años, el colegio no alcanza para entender. Era su último día en el medio del mes de junio. En su latitud, las clases terminaban a fin de año.
Le había escrito a Diego durante dos años por las noches, cuando golpeaba la mesa de la cocina haciendo deberes... No por Internet, sino poniendo en cada letra un sueño que venía desde los pies y se encerraba en su mano.

En el obligado acto de homenaje a la bandera argentina, el director del colegio anunció que el club de fútbol más popular lo “tomaba prestado” por un año, para jugar en las inferiores. El momento se cerró con un aplauso tan fuerte que se destiñeron los colores de la bandera. El azul y oro de la camiseta que llevaba puesta contra su piel, eran más fuertes que todo el cielo que conocía; y el oro no era plata sino un sol que jamás desaparecía. Ni aun ya, conociéndolo a Galileo.

Pensó en los barcos de su puerto. En el Riachuelo tan denso, tan espeso, podía encontrar los encabezados de cada carta, las que empezaban casi siempre con el Querido Diego.
Natalia, de trece, la de dos filas más atrás, la de los pequeños momentos del recreo, era más fuerte que cualquier boca que hablara. La boca seca, después del primer beso.

Mercedes Sáenz



Tomado del Blog de Mercedes:


www.mercedessaenz.blogspot.com

viernes, febrero 01, 2008

EL AMANECER


por Ronit Sela

Una manito en mi rostro y un murmullo infantil revolotean en mi sueño mezclándose con él, hasta que al final me despierto del todo. Guil está sentada en la cama, a mi lado, se ríe dulcemente y consigue que olvide mi enojo.
Antes, en un pasado no muy lejano, antes de ser madre, en una situación así la ira era inevitable: tres de la mañana, el comienzo de un largo día.
Salgo rapidamente de la cama. Gay todavía duerme y es una pena despertarlo. Mientras me visto y abrigo a Guili me invaden dos pensamientos: uno, el que siempre me consuela del cansancio de las mañanas: “dormiré la siesta”, el otro, el recuerdo súbito y conmovedor... hoy es el cumpleaños de Gay.
A las cuatro y media decido salir a pasear, aprovechar la obligación de estar levantada para ver la salida del sol. Me envuelvo yo misma y a Guili en la campera y el gorro de lana y la siento en el cochecito. Afuera, aún está oscuro y frío. El balbuceo de Guili, alegre, ininteligible, expresa entusiasmo por el paseo nocturno, por la oscuridad, por la luna y las estrellas. Un poco antes de llegar a los pinos me detengo, me doy vuelta mirando hacia el pueblo cercano, de donde sale el sol. A nuestro alrededor ya hay un poco de luz, y una línea anaranjada, pálida, se ve por encima de las casas blancas en el horizonte.
Mientras estoy allí, esperando al sol, surgen las palabras. Una detrás de la otra, simples, se unen en frases como si siempre hubieran estado dentro mío, esperando este preciso momento-
“Pude ver la aurora
el día en que nació mi amado.
Ver la oscuridad convertirse en luz
Como ocurre en mi corazón
Desde que estás conmigo.
El buen miércoles
Porque naciste
Y porque logré amarte
Y pasar contigo
Este viaje,
Eterno
A la luz

Vuelvo en mi recuerdo a esos días, antes de conocerte, trato de expresar su esencia. Atrapar la punta del hilo intrincado que me condujo al cambio, que abrió la angosta brecha en la puerta cerrada durante tanto tiempo. Intento entender el milagro.

¿Dónde comenzó, de hecho?
¿En un anhelo, en una fantasía?
¿Tal vez en la desilusión, en las decepciones?
¿Con Raquel, que me enseñó cómo todo puede cambiar si movemos un poquito el caleidoscopio?
¿O con Tulik, que me enseñó cuán indigno se puede ser desistiendo del amor, o con Ofer con quién aprendí cuán bajo se puede llegar renunciando a uno mismo?
De los días con Ofer lo que más recuerdo es la gran tristeza.
La valija lista esperaba en el dormitorio, ya preparada para dejarlo mucho antes de que yo lo estuviera.
Bolsas de plástico llenas de basura que no teníamos fuerza para bajar, café con crema “larga vida” en lugar de leche que siempre olvidábamos comprar.
Desidia.
Dos veces casi se incendia la casa cuando olvidamos una vela encendida y nos dormimos.
La sombra de las persianas en la pared durante la noche, donde se perdía mi mirada en las charlas interminables, desesperantes.. El frío que me transmitía, su miembro fláccido en mi mano.
Cada tantos días resolvía que ya basta, que no tenía sentido seguir. Me ponía un últimatum:”si no mejora hasta...me voy”. No mejoraba. Y yo no me iba.

Lilaj, la nueva moza, me saludó con un “Buen día” alegre y enervante. Supongo que mi respuesta no fue tan gozoza, porque me preguntó si estoy bien, y desde ese punto débil que tengo, que supone que si cuento mi problema desaparecerá o se resolverá o algo pasará, le detallé mi cruel experimento conmigo misma. Sobre Ofer, para quién no soy suficientemente buena, que ya no pierde tiempo en disculpas banales como “te mereces más”. La rigidez que me ataca cada vez que quiero dejarlo, lo débil, ciega y tonta que me siento, y a pesar de todo tengo miedo de estar con otras personas que no sean él.
Tambien ella, como otros, me dijo - como si fuera lo más obvio y sencillo - ¿Qué haces con él? Déjalo de una vez y listo, y me contó que justo está buscando una compañera para su departamento.
Con toda la desdicha que era mi forma de vida en esa época, vivir con ella me pareció una idea totalmente descartable. Ella me parecía aburrida y falsa, sin esa alegría que demostraba casi siempre. Nunca creí en las personas alegres.
Pero dos semanas más tarde, cuando la fealdad se apoderó en tal forma de ese departamento de Herzlya que ya no había lugar para ninguna otra cosa, entendí finalmente que debía irme.
Fui con Ofer a ver el departamento en la calle Florentin (Sur de Tel Aviv). Me sentía como si fuéramos a visitar mi tumba. Por eso no me importó que la entrada era oscura y tétrica y las escaleras estaban muy sucias. El departamento, pequeño y viejo, tenía esa dudosa magia de las viviendas de los jóvenes en Tel Aviv, pero la habitación de Lilaj estaba iluminada y llena de colorido. Ella estaba con algunos amigos, envuelta en una calidez y una calma que sólo surgen entre buenos camaradas, con alegría, esa alegría despreocupada que tal vez –empecé a pensar- era verdadera. Charlamos, fuimos derecho al grano, no quería prolongar esa situación humillante –entre Ofer y Lilaj me sentía como una nena rechazada por todos- determinamos que me mudaría el primero de marzo. No tuve dificultad en decidir ya que todo me parecía vacío y sin sentido.
Todo el viaje de vuelta a Herzlya, en la autopista, esperé que Ofer me instara a quedarme, que ahora que mi partida era real se enamorara de mi otra vez a pesar de todo. Pero él se mostraba alegre y simpático como hacía tiempo que no lo estaba. Y yo supe que debía irme, que desde su punto de vista yo ya me había ido.

Cuando nosotros ya vivíamos juntos, recordé nuestro primer encuentro. Trivial hasta tal punto que fue casi un insulto para nuestro desconocido futuro, pero al mismo tiempo apropiado. Nuestro desconocimiento de ese futuro indica la total inocencia con que lo viviremos, disfrutando de la divina providencia, sin dudas,ese encuentro que borró todo lo que sabía, todo lo que viví –los hombres, las humillaciones, desilusiones, programaciones. Como si fuera la primera vez, como esa primera vez tiene que ser.
Solía reconstruir ese encuentro con cuidado, temiendo olvidar los detalles, dándole a cada uno –a posteriori- un significado oculto. Tú, tu extraño sombrero hindú, sentado frente a mí en la última mesa de Kapulski, la que usábamos nosotras, las mozas, para la comida al final del turno. A pesar de tu presencia, presencia desconocida y masculina, comí con apetito, manteniendo con Lilaj la charla típica de las camareras que consistía en chismes sobre las otras muchachas. Me pareciste indiferente y antipático porque no te reiste de las vivezas que yo decía con estudiada impasibilidad. Pero luego, cuando lo comenté con Lilaj, me aclaró que tu estabas simplemente, cansado.

Me mudé un jueves primaveral de comienzos de marzo. La noche anterior Ofer me ayudó a cargar las cosas en mi pequño Volswagen: no era mucho. Después volvimos a la última noche de silencio frente a las persianas verdes. Un corto silencio esta vez, ya que en verdad no tenía lo qué esperar y me hundí en un pesado sueño.

Antes de dormir lloré, y Ofer, con espiritú profético me dijo- “no te preocupes, al final encontrarás a alguien que sea lo bastante débil y estúpido como para quererte tal cual eres”. En ese momento, las palabras dichas por el que se suponía que era el amor de mi vida, me parecieron expresión de mi cruel destino. Hoy, sé que esa profecía fue verdadera. Solo que la estupidez y la debilidad que me auguró fueron una interpretación errónea de la fuerza y la inteligencia que me esperaban en ti.

Por la mañana nos despedimos con una naturalidad aparente, desconectada del drama que vivimos en los últimos meses. Ofer, como todo el tiempo desde que captó que yo me iba de veras, estaba amable y cordial, casi un “gentleman” –y para mí era parte de su maldad, para que yo no pudiera recordar porqué me iba. Quedamos en comunicarnos para pagar la cuenta de teléfono y electricidad y me fui, superando las ganas de besarlo para ahorrarme la humillación.
Cuando llegué al departamento Lilaj aún dormía, y yo, plena de esa extraña energía que se me despierta en los momentos de total desesperación, empecé a limpiar mi habitación y a ordenar la ropa en el placard.
En uno de los intervalos entre limpieza y arreglos fui a la pieza de Lilaj. Me paré en la puerta y ella me invitó a sentarme y me ofreció una bebida. Ese día no seguí ordenando y limpiando. El cansancio y la tristeza, esa misma desesperación que me hacía reservada, me posibilitaba escuchar y verla de pronto con otros ojos, haciendo la charla más y más sorprendente. Esa tarde duró horas. Bajé a comprar pastelitos, seguimos hablando y de súbito sentí la embriaguez de haber elegido acertadamente, de haberme liberado de esa penuria que me impuse en los últimos meses, y la magia de descubrir de pronto la belleza en otra persona.
Lo que más me atraía en Lilaj era su completa falta de planes, aspiraciones o exigencias de sí misma o de la vida. Vivir con ella era como estar de vacaciones en algún otro país, y cuando, parada en el pequeño y frágil balcón miraba hacia la calle Florentín, me parecía que estaba en Grecia: la línea del horizonte por detrás de las casas viejas se transformaba en mi imaginación en una extenso mar azul. Cada día esa sensación de estar en otro país se profundizaba, y otros lugares de Tel Aviv y del país en general se me hacían extranjeros. También los países que me recordaban me parecían más y más exóticos y lejanos. Desde ciertos ángulos, especialmente de noche, el sur de Tel Aviv semejaba Nueva York o Tokyo, el centro y el norte parecían ciudades europeas y el camino a la casa de mis padres, en Guedera, me recordaba la campiña de Holanda o Francia.
Fue un verano de vestidos de punto cómodos y cortitos, de zuecos abiertos con tacos altos. Un verano de sábados llenos de humo en la pieza de Lilaj y de gente que entraba y salía. Los días pasaban tranquilos, del cigarrillo a la bolsita de golosinas, paseos al kiosko y otra taza de café instantáneo para todos. Música que se oía todo el tiempo como fondo, música que yo escuchaba con encantada fascinación, descubriendo en cada palabra profundos mensajes.

En la nube que cubre mi memoria de esa época, tuve una corta relación con un muchacho llamado Tulik: la propia estupidez de dicha relación se escondía en la estupidez de ese nombre.

¿Te acuerdas de esa fiesta en Jerusalem? Llegué temprano con Tulik, que la había organizado, y recuerdo que los vi de lejos cuando llegaron, tú, Lilaj y Shiri, y a pesar de que vivía y trabajaba con Lilaj y los vi el día anterior, cuando entraron me di cuenta que los extrañaba y me sentí apartada y sola. Incluso al final de la fiesta me dio rabia no poder volver a casa con ustedes, y tuve que quedarme con Tulik y arrastrarme a la casa de sus amigos, y ahogarme de calor en mi autito. Cuando llegué finalmente a casa, alguien ya estaba durmiendo en mi cama, así que tiramos una frazada en el saloncito de la televisión.¿Te acuerdas cómo saltaste por encima cuando te fuiste? Yo estaba medio desnuda, y creo que me avergoncé un poco de que me veas así, con ese muchacho con el que en realidad no tenía razones para estar, salvo su parecido con Daniel D. Louis y el hecho de que en cierta oportunidad, en el Japón, no se interesó por mi.

Despues de tres meses, en un instante, el telón brumoso que me permitía estar con él, se levantó de golpe y ya no fui capaz de soportarlo ni un segundo más. Decidí viajar otra vez a Japón y él era un obstáculo en mi plan, así que lo dejé en seguida, sin la culpa que me acompañaba en todas las separaciones decididas por mí.
Después que nos separamos sentí un gran alivio, aunque también tristeza, porque despues de años de fantasías de pareja, de alguien que me salvaría de la desolación, había llegado a perder las esperanzas. En verdad, ya no creía que lo iba a conseguir. Hasta mis ensueños sexuales se referían a mujeres- pensar en hombres me angustiaba hasta tal punto que ahogaba todo impulso sexual.
A principios de agosto, luego de unos rápidos preparativos y sin la excitación de mi primer viaje, como corresponde a una veterana viajera, volé a Japón vía Londres, donde estaría un día y una noche. La empresa de aviación me dio un hotel de primera categoría y pasé el día caminando sin rumbo, escuchando en mi Walkman a Smiths. Los Smiths debían combinar con el marco londinense, pero me devolvieron a Florentín, a los sábados en la pieza de Lilaj, donde aprendí a escucharlos y disfrutarlos.

Cuando bajé del avión en Osaka, estaba tranquila con respecto al ingreso a Japón. Tal vez porque contaba con otro pasaporte, argentino, o tal vez porque no tenía verdaderos deseos de estar allí. Pero apenas entré al salón de llegada vi el cartel: “Los pasajeros con pasaportes asiáticos o sud americanos esperar aquí”. No entendí por completo lo que pasaba. Aún cuando estuve inmersa en el duro interrogatorio de un empleado japonés serio y con anteojos, al que mis sonrisas no hacían mella, y tampoco cuando encontró en el fondo de mi bolso el pasaporte israelí marcado con el negro sello de la expulsión.
Despues de una hora ya estaba en el avión para volver a Israel. Estaba agotada por los vuelos, pero no triste o desilusionada. Y ya en el aeropuesto de Londres, mientras esperaba el avión a Tel Aviv, entendí que me alegraba volver. Lilaj vino a buscarme al aeropuerto y en la puerta del departamento había un enorme cartel: “BIENVENIDA”, lleno de citas y bromas que sólo nosotras dos conocíamos. Me colmó un sentimiento de esperanza y de regreso al hogar.
Al día siguiente fuimos a visitar a Gay al kibutz, a la casa a la que se había mudado esa misma semana. Lilaj dijo que él pidió que yo vaya. Me sorprendió, porque pensaba que él no simpatizaba conmigo. Cuando ya estábamos en su casa, Gay me dio un cassete que grabó para mi viaje, y me dijo que seguramente no me dejaron entrar al Japón porque olvidé retirarlo de su casa antes de viajar. Yo, doblemente asombrada, me llené de una inexplicable alegría.
Pasamos juntos un día agradable en el kibutz, que fue lo más cercano a la naturaleza en un largo tiempo, y de pronto me gustó, como si se hubiera abierto una grieta en mi cubierta de“ciudadana elegante” que vestía como una armadura en los últimos años. Aún despues de ese sábado, despertando de un largo letargo, decidí prestar atención al cielo, a los árboles, los pájaros. Camino al trabajo, cuando estaba detenida en los semáforos, me admiraba cada cansado y polvoriento arbolito que veía.

Estoy sentada en la cama de Lilaj.
Hay mucha gente, charlas, risas y música, pero yo te miro a ti.
Estás sentado frente a mí, acariciando un cachorrito de uno de los amigos de Lilaj que está de visita.
Miro tus dedos que acarician el cuerpo del cachorro, alisan su pelo marrón y de pronto, como una visión, sé que algún día esos dedos, tus manos, acariciarán así mi cuerpo.
No me siento emocionada, no es un momento dramático, es una certeza simple y serena.

Un jueves, directamente del turno en Kapulski, fui al primer adiestramiento en Gitano, humillante como todo primera instrucción, la confusión, la extrañeza, y más que nada, la arrogancia de la camarera veterana que sólo hacía una semana que trabajaba allí.
Después del trabajo dormí en la casa de Orit, una amiga de Kapulski que vivía cerca, ya que al día siguiente debía trabajar otro turno y no tenía sentido volver a Florentín. Orit y yo hablamos hasta tarde, tomando cerveza y fumando, y cuando, finalmente nos fuimos a dormir, di vueltas en la cama ajena. Pensamientos e imágenes de ese largo día, corriendo ida y vuelta en mi cabeza, despertándome por completo a pesar del cansancio. A las cinco de la mañana decidí levantarme. Me senté en el balcón de esa casa extraña, frente a mí la aurora gris de Tel Aviv, consolándome con el café y el cigarrillo.
Cada vez que me acerco a nuestra historia de amor, se me hace más difícil.
Las palabras se niegan a ser escritas, a definir el milagro, a recluirlo dentro de ellas. La historia, a pesar de los años que transcurrieron desde entonces, aún revolotea en mí con emoción.

El turno del viernes en Gitano fue largo y duro, y para mí, después de una noche sin dormir, fue interminable. Cuando llegué a casa ya era de tarde. Dormí tres horas y me desperté confusa y transpirada, sin saber dónde estoy, si era de mañana o la mitad de la noche. Inmersa en el sueño y el cansancio que no se habían disipado, me dirigí a la pieza de Lilaj y me senté en su cama. Como todos los viernes, Gay llegó en ese momento. Prendí un cigarrillo y charlamos un poco mientras Lilaj se bañaba.

El cansancio me llevó a sentirme cómoda contigo, a sentir de repente la proximidad que hay entre nosotros, cercanía familiar, cálida, casi íntima, fuera de lo común en mis relaciones con muchachos.

Después llegó Shiri, y cuando estuvimos un rato sentados en el balcón, Lilaj me propuso ir con ellos a un espectáculo en el HUMUS BAR. Dudé, ya que había planeado pasar algunas horas tranquilas, sin hacer nada e irme otra vez a dormir. Pero la tela liviana a cuadritos del vestido corto que Orit me dio la noche anterior, compensaron, en cierta manera, el oscuro cansancio en el que estaba inmersa, y como me moría de ganas de ponérmelo, decidí ir con ellos.
Durante el camino, en el auto, me senté atrás con Gay. Como parte de esa cómoda y amistosa intimidad que se instaló entre nosotros más y más, sentí un tenue pinchazo, impalpable, casi inasible de algo más.
Hablamos sobre perros, y dije que si adoptara uno, sería uno vagabundo, para salvar de la calle por lo menos a un perro. Mientras hablábamos me sentí seductora, atractiva, a pesar de que el contexto de la charla con Gay, casi mi primer verdadero contacto amistoso platónico, junto con el cansancio, me confundía, me distraía y me impedía saber lo qué ocurría.

En el pub repleto de gente, entre los acordes del espectáculo de Blues, volvió a mi ese sentimiento conocido de la adolescencia – la impresión de que mi vida es emocionante, como si me estuvieran filmando para algun corto en el que soy la heroína. Moviéndome según las instrucciones de un escenógrafo interno, sentí de pronto que debo salir afuera, estar sola un rato, respirar aire puro. Era una sensación de que “algo va a ocurrir”, pero era extraña ya que no la acompañaba los deseos desesperados e impacientes de antes, sino una paz sorprendente, desconocida. Expectativas, pero serenas.
Afuera, fumé un cigarrillo y miré pasar a la gente y a los autos que eran como el decorado de mi película. Volví y me senté otra vez en el pub oscuro, lleno de gente, hasta el final del espectáculo y a través de esa nube de cansancio pero tambien con esa vieja y nueva emoción de la adolescencia, sentí como Gay me miraba.
Volvimos juntos del pub y nos despedimos en la calle. Lilaj fue a dormir a lo de Shiri, Gay se fue a su coche, estacionado enfrente y yo, abrumada de cansancio, subí las escaleras de mi casa, dicidida a irme derecho a dormir, sin lavarme los dientes siquiera. Me saqué los zapatos y antes de alcanzar a llegar a mi pieza, golpearon la puerta.

Eras tú. ¿Puedo tomar un café antes de irme? Estoy muerto de cansancio, dijiste. Y yo, que en circunstancias normales hubiera sospechado de ti, incómoda por tener que cambiar mis planes, dije “por supuesto”, demasiado agotada para dudar. Sabía que dentro de un rato me iría a dormir, que no había otra alternativa, y sentí hacia ti un cariño puro, tan inocente que no podía atribuirte una intención que no fuera la que enunciaste.

Nos sentamos en la habitación de Lilaj. Yo en la cama, contra la pared, mirando a Gay y experimentando toda la situación por entre esa nube de agotamiento, que a medida que el tiempo pasaba se convertía en conocida, agradable, como la sensación hacia una persona extraña cuando se pasa muchas horas con ella. Gay estaba sentado en una silla frente a mí, tomando en silencio el café, que él mismo, aunque yo no quería, nos preparó a los dos. A pesar de la bruma, era conciente de que estábamos sentados en la pieza de Lilaj, solos, tarde por la noche, porque de pronto sentí ese conocido embarazo, pero combinado con bienestar, porque de todas maneras, era Gay, y tambien porque el cansancio no me permitía sentir otra cosa.
Hablamos un poco, una charla acompañada con una pequeña incomodidad, distante y oscura. Después de un rato, sin dudar, y sin pensar que “no está bien” dije que estoy muy cansada y quiero dormir. “¿En serio?” preguntó. En otro tono, sorprendido, tímido y defraudado que mi cerebro oscurecido captó sin darse cuenta, sin entender su significado. “Sí, debo dormir”.

“Tengo muchas ganas de besarte”, me dijiste, y yo, tranquila como si fuera la cosa mas predecible del mundo que el mejor amigo de Lilaj, el que casi olvidé que es un hombre, y por eso podía estar así con él, ahora, me quiera besar,dije, “Ah! Bésame
entonces”.
Y te acercaste, me besaste y mi mano acarició tu nuca, no porque fuera necesario, no porque así lo hacen en las películas, mi mano parecía independiente en ese momento, porque mi cerebro planificado y estricto, neutralizado por el cansancio, me permitió lo que nunca hice: vivir el momento presente, responder a lo que ocurría con la inocencia de una niña.

De hecho, ¿dónde termina la historia?
Hace ya siete años que estamos juntos. Cinco casados. Tenemos dos hijas, una de tres años, la otra de algunos meses.Sé que estos números no te dicen nada, que algunos ni los recuerdas, que no tienen ningún significado frente a la eternidad, y tampoco frente a nuestra vida, entretejida fibra por fibra, algunas doradas y la mayoría grises, olvidadas en la corriente vital que transcurre, a pesar de que son igualmente queridas. Y de todas maneras, de vez en cuando me gusta hacer una especie de inventario, contarme a mi misma esta historia sobre nosotros. Tal vez porque en un tiempo no creía posible estar con alguien tanto tiempo (a pesar de que lo deseaba con toda mi alma y quizá por esa misma razón), acaso porque no creía que podría ser madre (y no sabía si lo deseaba o no), o porque no me atrevía a soñar con una historia de amor como ésta, en la que cada día que pasa vivo el final feliz, me quedo despues de la palabra FIN y descubro, cada vez, que es aún, en realidad, sólo el principio.
Pero esta historia, la escrita, decido terminarla aquí. Mañana le celebramos a Guili, nuestra primogénita, el tercer cumpleaños. Tu estás afuera ahora, preparando nuestro regalo: un cuadrilátero de arena. Por ahora, me parece el mejor espacio para finalizar. ■