Foto de Cartier Bresson

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sábado, julio 19, 2008

MI PRIMO EL CURA


Mi primo, el cura

Recuerdo que tendría más o menos treinta años cuando empecé a pensar en Dios. Salvador, mi primo, el cura, oficiaba la misa en la iglesia del Pilar; y yo iba casi todos los domingos a escucharlo. A pesar de que Salvador era menor que yo, fue mi confesor. Llegaba hasta él, cargada de pecados, y se los vomitaba todos de una vez. Liberarme de mis culpas me traía alivio. Mi primo fue un pionero. Me confesaba cara a cara, sin cortinita de por medio. Y mientras yo hablaba sin parar, él se pasaba un pañuelo por la frente, y las mejillas. Sudaba mucho. Siempre sudaba. La tía Melanie hubiera dicho: “Son las hormonas que le hierven por dentro”. Pobre Salvador. Después de la misa, me reunía con mis amigos poetas en el café Victoria. Y allí, entre un café, un cigarrillo y otro, Belén leía sus prosas; Guadalupe, sus poesías; y yo les contaba acerca de algunos planes que tenía dándome vueltas y vueltas en la cabeza. Algunas veces llegaba acompañada por mi primo, el cura. Mis amigas lo adoraban. Qué buena época ésa de mis treinta años. Estaba sola. Sola, pero feliz. Coqueteaba mucho. Jugaba mucho al amor. Creía que los treinta iban a durar para siempre, pobre de mí.

Dejé de tener noticias de Salvador cuando me instalé en Brasil. Le mandé varias cartas. No sé si llegaron; nunca las contestó. Tía Rosita y tío Pepe no lo nombraban. Mis primas, tampoco. Era la década del 70. En el país estaban pasando cosas horribles. Pensé en él. En sus ideas. Presentí que, por idealista, podrían haberle cortado las alas. Tuve miedo. Fui cobarde. Me encerré en mi cascarón, como decía Juliana; y no pregunté más. Hasta que, después de varios años, lo encontré. Fue en el 78, en París. Hacia frío. Yo salía de una galería de arte, donde mi amiga brasileña Duilia Weyler presentaba sus obras, y me topé de frente con él. Estaba muy delgado. Vestía un gabán negro que le quedaba demasiado grande. Tenía los ojos hundidos, brillantes, como afiebrados. Canosa la barba crecida. Largo el pelo, sujeto con una cinta. Y una boina roja coronando su cabeza. No lo reconocí. No quedaba casi nada de aquel Salvador que me confesaba, sin cortinita de por medio. Cuando me llamó, “Amelia”, y me tocó en el hombro, tuve la sensación de encontrarme ante un muerto. Pero fue sólo un segundo. Salvador estaba vivo. Los dos estábamos vivos. Y nos abrazamos. Y nos besamos como cuando éramos chicos. “Quiero que conozcas me refugio” me dijo bajito, y me tomó de la mano. Y sentí que aquella antigua alquimia volvía a funcionar. Y me deje llevar. Esa noche, en su buhardilla parisina, nos emborrachamos. Nos reímos. Recordamos nuestras vidas tan dispares y, en algunos aspectos, tan idénticas. Y esa vez fue él quien se confesó conmigo. “Te quiero” me dijo, y me besó en la boca. “Desde aquella tarde, ¿te acordás?; cuando, sentados en el patio de tu casa, compartimos un Laponia”. “Sí, me acuerdo. Fue cuando la nona Josefa nos sorprendió lamiendo el mismo helado y nos vaticinó que íbamos a morir quemados en el infierno”. Y, al decirlo, sentí un escalofrío, y presentí a la nona, y volví a tener el mismo miedo de aquella tarde, y me deshice del abrazo. “Este encuentro de hoy, no fue por acaso” dijo, y agregó: “A mí no me importa el presagio de la nona”, y volvió a besarme. Y a mí tampoco me importó. Y me entregué a su cuerpo. Y el amanecer nos encontró desnudos y sudados. Con sudor de gozar. De amar. Seguimos amándonos hasta que las sombras se adueñaron nuevamente de la buhardilla. Después, Salvador agarró un atado de Particulares, negros, sin filtro, prendió dos y me ofreció uno. “¿Donde los conseguiste?” le pregunté, mientras una bocanada me perfumaba la boca. No hubo respuesta. Se encogió de hombros y, en silencio, seguimos fumando. Me gustó fumar en la cama. “Tengo frío” le dije. Y me volvió a abrazar. Me gustó fumar abrigada por los brazos de Salvador. Mientras la habitación se iluminaba con la luz intermitente de la casa vecina.

Al salir, la calle estaba desierta. Sólo vimos a un viejo, durmiendo la mona, sobre el umbral del burdel de al lado. Caminamos con las manos entrelazadas, como dos chicos. Yo me sentía feliz. Se lo dije. El sonrió. Después, me hizo detener en el medio de la cuadra y, mirándome con aquellos ojos verde esmeralda, brillosos, como afiebrados, me adelantó: “En poco tiempo tengo pensado volver a la Argentina”; y yo sentí que se desmoronaba el mundo. Le dije que estaba loco. Que era peligroso. Le rogué que se quedara en París. Que en un mes yo también volvería. Que podríamos volver juntos al Brasil. Que no se arriesgara. No me escuchó. Se rió de mis miedos. Después de esa noche no supe nada más de su vida.

Durante el tiempo en el que lo había creído desaparecido, soñaba con encontrarlo. Cuando lo encontré en París, me alegré de verlo vivo. Pero, más tarde, otra vez la incertidumbre de no saber.

En una de mis vueltas a Buenos Aires, visité a los tíos. No pude averiguar nada En esa casa no se hablaba del tema. Tía Rosita había sacado hasta su retrato que, siempre, había estado sobre el piano. Hasta que un día me enteré de su muerte. Me enteré de que Salvador había partido una tarde en la que, por casualidad, lo vi al tío Pepe salir de la iglesia del Pilar. Cruzar la plaza, sentarse debajo del añoso gomero y ponerse a llorar. Recuerdo que me acerqué. Nos miramos. No pronunciamos ni una palabra. No hacía falta. Los ojos del tío lo decían todo.


Él fue el primero de lo primos, que partió. A todos nos costó acostumbrarnos a su ausencia. Carmela, las Marías, Estela, Rafael y yo lo lloramos. Pero a mí se me había ido la alquimia que me hacía feliz. El alma me había quedado vacía. Nadie la pudo volver a llenar.

Fragmento de mi novela: La Casa de la calle Arcos

Anamora- 2007

2 comentarios:

mercedes sáenz dijo...

Es un líndisimo fragmento de tu muy buena novela Anamora Felicitaciones. Un abrazo. Mercedes Sáenz

Alicia Susana Gómez dijo...

Quisiera leer la novela completa. Pero, si en este fragmento, tus personajes cumplieron su deseo de amor, son dos privilegiados. ¿Cuántos cumplen sus sueños en la vida?
¡Hermoso!!!
Alicia Susan Gómez