Foto de Cartier Bresson

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domingo, abril 20, 2008

LA BICICLETA


LA BICICLETA

Salí de mi casa y por un momento reapareció el viejo temor –que la bicicleta no estuviese allí-, pero aún antes de mirar supe que me esperaba al lado de la baranda, sin candado, a pesar de los consejos reiterados de mis padres que me advertían que al final me la iban a robar, que debía ponerlas en el depósito.
Bajé en el ascensor, paré la bicicleta con el impulso acostumbrado y, abajo en la entrada, me subí y empecé a andar.
El murmullo zumbante de las ruedas me daba una sensación agradable que me prometí recordar pero, como siempre, en la esquina mi cabeza ya estaba en otro mundo.
Siempre me imaginaba todo tipo de inconvenientes que podían surgir, cada objeto que veía era un accidente potencial: deslizarme a la banquina, por ejemplo, tragarme la puerta de un auto que se abría, o caerme dentro de una boca de tormenta abierta.
Pero no sólo los posibles accidentes me preocupaban. También era consciente de cosas interesantes que me podían sorprender, en especial la posibilidad que de pronto pasara algún conocido, alguien que yo deseara ver.
Entonces enderezaba la espalda, me controlaba y trataba de reflejar la imagen de una joven llena de gracia andando en bicicleta. Esto duraba sólo unos minutos, hasta que mi cabeza se iba por otros senderos y volvia a montar en la forma que me era más cómoda, desgarbada, la cabeza agachada, la espalda torcida.
Tambien ese día estaba ensimismada en distintos pensamientos, cuando de pronto me dí cuenta que estaba en una calle que me era desconocida, en un barrio que nunca visité. Un poco tarde entendí que el muchacho que me explicó, sonriente, el camino, me hizo equivocar. Y cuanto más viajaba, más me alejaba del mundo seguro y conocido, sola por completo en el universo. Se acercaba el atardecer y la fiesta a la que pensaba ir me parecía lejana e inalcanzable, como si nunca fuera a llegar, que jamás encontraría a mis amigos, ellos también tan lejanos e inaccesibles que pensé que eran invención mía. Ya había una completa penumbra. Las luces de los autos que venían en mi dirección me provocaban un sentimiento de soledad: montada sola en mi bicicleta, que ahora parecía más pequeña y expuesta.
Ya sentía la angustia conocida que precede al llanto, cuando vi a lo lejos el salón, iluminado con múltiples luces de colores, y me inundó el alivio.
Todos habían llegado, y contentos de verme me instaban a sacar el registro de conductor de una buena vez y abandonar los estúpidos viajes en bicicleta.
Yo, por supuesto, asentí y relaté, divertida, como casi me pierdo.

Despues comenzó el invierno. El viento frío me hacía lloriquear los ojos y si llovía era imposible montar en bicicleta. Empecé a tomar clases de manejo, la bicicleta quedó olvidada, sin el candado, apoyada en la baranda de la escalera, al lado de nuestro departamento.
Uno de los primeros días de la primavera siguiente, cuando salía de casa a esperar al profesor de manejo, miré sin pensar la baranda vacía y me dí cuenta que ya no estaba allí; que, de hecho, no tenía ni idea de cuándo la vi por última vez.
No fue, como pensé tantas veces, ni como me imaginé que sería. Y a pesar del esfuerzo... no me embargó ni un asomo de tristeza. ■

Ronit Sela

2 comentarios:

mercedes sáenz dijo...

Qué bueno leerte Ronit! Estaba esperando algo de una narradora muy buena. Felicitaciones. Mercedes Sáenz

silvia dijo...

Ronit, tu escritura es limpia, clara, te lleva hacia el final sin que uno sienta el pasar de los párrafos. Ya una vez te dije que en algunas cosa me recordabas a , nada menos, Virginia Woolf. Si pudieras conseguir su pequeño libro de relatos
LONDRES....Mis felicitaciones.

Silvia Loustau