Foto de Cartier Bresson

Foto de Cartier Bresson

sábado, abril 19, 2008

YO SOY BORGES



Este cuento no es inédito, pero creemos que será apreciado por los lectores que no lo conocen.

Estimada seňora Ester Mann:

Durante veinte aňos he borroneado esta carta de cien maneras diferentes, pero recién hoy, después de tanto tiempo, me he decidido a escribirla y enviársela.
Antes de presentarme, debo decirle que conozco y admiro su trabajo de periodista. Todas las semanas leo con atención el suplemento literario del diario en el que usted escribe, y nunca me ha defraudado. Sé también que su especialidad es la obra de Jorge Luis Borges y esto es lo que me impulsó a dirigirme a usted. La considero una persona seria y espero que lea esta carta hasta el final, aunque le parezca un delirio de viejo... De viejo, sí, ya que esta semana cumplí ochenta y nueve aňos.
La edad me ha obligado a escribirle. Ya no me queda mucho tiempo y mi imaginación trabaja sin descanso. Me asusta pensar que moriré sin que nadie sepa la verdad, sin que nadie sospeche que el seňor Borges no fue el verdadero autor de toda la literatura que se le atribuye.
Pero me estoy adelantando... Me arriesgo a que usted haga un bollo con este papel y lo tiré al canasto.
Me llamo Jacinto Chiclana (sí, no se asombre). Nací en Buenos Aires en 1915 y mi vida fue rutinaria hasta los 20 aňos. Ahí cambió todo: una maldita noche de juerga maté a un hombre. Por diversas circunstancias que no hacen al caso, me internaron en el Vieytes, donde transcurrió la mayor parte de mi vida adulta, hasta que en el 85 un mediquito joven y con ganas de cambiar cosas me dio el alta. Desde ese momento intenté contactarme con Borges, pero él ya estaba enfermo; al poco tiempo se fue del país y no pude hablarle.
Siempre me gustó escribir; ya desde chico escribía cuentos y obritas de teatro, y en la adolescencia poemas y ensayos. No pensaba en esa época que mis escritos tuviesen algún valor, simplemente escribía...

Estudiante de ingeniería en la universidad, mi futuro estaba encaminado a la construcción, no al arte. Pero, cuando mi destino se desplegó convirtiéndose en adversa realidad y me vi internado en un manicomio, con la alternativa de salir de allí para ir a parar a la cárcel, la escritura fue mi refugio, mi única posibilidad de olvidar el medio que me rodeaba y amenazaba convertirme en un loco de verdad. También influyó el estímulo constante del poeta Jacobo Fijman, cuyo nombre y obra, estoy seguro, usted debe conocer...
Todo esto es posible que no le interese, pero debo aclarar los hechos para que no queden dudas en su mente. Por los aňos 40 apareció en el loquero un periodista de cierto renombre, con la idea de escribir una serie de artículos sobre la vida de los pobres infelices del Borda... Si, como usted ya supone, era él, Borges.
Me llevó varios meses acopiar el valor necesario para hablarle y entregarle algunos manuscritos. Él me trató con mucha amabilidad, prometió leerlos y darme su opinón.
En una posterior visita me detalló el interés de su editor por mis trabajos, instándome a continuar.
Yo ya me veía publicado, entrevistado, viajando por el mundo para presentar mis libros: ¡libre...!
Por supuesto, no fue así. Mi noción del tiempo en esa época era muy difusa: recibía cada quince días, como todos los internados, electroshocks. Sumado a la cantidad de sedantes con que nos atiborraban diariamente, vivía en una especie de nebulosa y no percibía cuánto tiempo transcurría entre las visitas del periodista. Cada vez que llegaba, le entregaba nuevos manuscritos y recibía a cambio nuevas promesas y confirmaciones...
Concretando: el famoso cuento “El acercamiento a Almotasin”, que figura en todos los manuales como un ejemplo de ficción y que analiza un libro inexistente es, en realidad, una obra que el Sr. Jorge Luis Borges escribió basándose en mi manuscrito de igual nombre. ¡Sí! Yo escribí “El acercamiento...” y este ilustre escritor lo evaporó, publicando la crítica de un libro presuntamente imaginario. ¡Cómo fue admirado! Y yo, sumido en mi ignorancia, esperando ver los resultados de sus gestiones. Hoy pienso que cuando Borges afirmó en una entrevista que él escribe para sí mismo, y continuaría haciéndolo aunque nadie lo leyera, seguramente pensaba en mí.
Así, podría continuar dándole otros ejemplos, pero la falta de pruebas de lo que afirmo me frena. En efecto, no tengo forma de demostrar lo que asevero: entregué los originales a Borges y nunca me los devolvió... Han pasado muchos aňos y todas las personas involucradas han muerto: médicos que me veían escribir, enfermeros que fueron testigos de mis entrevistas con este señor, familiares con los que compartí mis esperanzas...
Para manifestar mi sinceridad debo aclararle que el lenguaje que caracterizó a Borges no es el mío. En efecto, confieso que él pulió mis cuentos y fantasías otorgándoles su propio estilo, agregándoles citas en latín, francés o inglés. Yo no era un hombre tan culto. Sólo contaba con la educación escolar y universitaria además de la lectura de todo cuanto caía en mis manos. Pero, de todas maneras, él tendría que haber compartido conmigo su gloria. Después de todo, yo le di ideas y argumentos que lo llevaron a la notoriedad. ¿Alguien puede recordar qué escribió Borges antes de 1940? ¡Por supuesto que no! ¡Sus ensayos y artículos periodísticos hubieran muerto de vejez mucho antes que él!
A punto de terminar mi carta le aclaro que durante todo el período de mi internación nunca supe que Borges se había convertido en un escritor reconocido mundialmente: siempre creí que seguía siendo un periodista. En 1985, cuando quise conectarme con él, me dirigí al diario en el que había colaborado cuarenta años atrás: ahí me enteré quién era Jorge Luis Borges y comencé a leer su obra una y otra vez... Créame que la conozco de memoria...
A esta altura, usted se preguntará qué es lo que quiero... En fin, no mucho... Desearía tan sólo que venga a verme, que me entreviste, que publique en su diario el resultado de la conversación y las conclusiones a las que ha llegado. Anhelo, asimismo, compartir con alguien este secreto que me ha angustiado en los últimos veinte años. El reconocimiento del mundo, aunque fuere a través de una sola persona − usted −, sería un consuelo y me permitiría morir en paz. Quedo a la espera de su respuesta con la expectativa de ser comprendido.

Suyo, Jacinto Chiclana

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Pasaron varios días, terminé algunos trabajos que tenía entre manos y me acerqué a la dirección que Chiclana me indicó. Me abrió la puerta una mujer joven que dijo vivir en esa casa desde hacía unos meses. No conocía a Jacinto Chiclana ni había oído nunca su nombre. Me dirigí a la casa vecina y allí tuve más suerte: conocieron al anciano señor Chiclana, pero éste había muerto varios años atrás. Al mostrarles el sobre con el sello de correos del mes anterior me miraron perplejos: no sabían nada.
Volví a la oficina; no compartí con nadie este asunto. No quería ser objeto de las cínicas burlas de mis compañeros que siempre me acusaban de ser una pobre ingenua. Tampoco me decidía a hacer un bollo y tirar la carta a la basura. La guardé en una carpeta y pretendí olvidarla. Pero no podía; una y otra vez la revisaba para comprobar la fecha del sello de correos...

En diciembre de ese mismo año, sin pensarlo, y siguiendo un impulso irrefrenable, publiqué la carta cuando el Director del diario me pidió algún artículo para el Día de los Inocentes.
¿Debo revelarles que el 31 de Diciembre, como premio a mi originalidad, obtuve un triple aguinaldo? Una vez más, alguien recibía los laureles que pertenecían a Jacinto Chiclana... ●


© Ester Mann − octubre de 2004

2 comentarios:

mercedes sáenz dijo...

Ester, sin duda es de los mejores relatos que he leído. Mercedes Sáenz

silvia dijo...

Creo que ya lo dije, pero es un relato que merecería estar en la mejor antología. Una escritura perfecta y una intertextualidad sorpresiva. Mis felicitaciones,

silvia