Foto de Cartier Bresson

Foto de Cartier Bresson

domingo, mayo 20, 2007

El cuarto del abuelo


A mis nieta Zohar (brillante)


Aquí no hay secretos… Entre estos papeles, recortes y carpetas sólo vas a encontrar sueños perdidos, mucha tristeza y rabia. Eso sí, tratá de dejar todo en orden. Así le habló el abuelo a Zohar cuando ella le preguntó si podía entrar al cuarto de trabajo durante su ausencia. ¡Qué raro! No se le ocurrió averiguar por qué se me antoja curiosear allí...
El Abue viajó y ella se quedó con la abuela. De todos modos, le llevó algunos días decidirse a entrar en el cuarto del Abue. Desde que recuerda, el lugar era como la celda de un monasterio, llena de misterios y pasadizos: él siempre escribiendo, la mirada en el monitor, perdida a veces vaya a saber en qué laberintos. Y la música esa que lo acompaña a toda hora. Tangos de mi tiempo, de mi juventud, solía decirle con esa constancia de viejo que a veces no recuerda y repite.
Dudaba... Era una inusual sensación de respeto. Como si atravesar la puerta del cuarto de trabajo fuese una intrusión, inmiscuirse en secretos de su pasado. Confundida, se preguntaba: ¿Qué derecho tengo a invadir este santuario, revolver sus cosas, penetrar en sus recuerdos?
El descaro de los quince años y esa sensación de misterio inexplicable, fueron más fuertes que el escrúpulo o la sensación de culpa por el inminente fisgoneo. Cuando era más pequeña y el abuelo tecleaba con sus dos dedos mayores (casi todos emplean los índices, pensaba) Zohar atisbaba en silencio sus rasgos, o los gestos repetidos, como fruncir la frente, escribir con los dientes apretados o dar vueltas en la silla con la mirada ausente. Entonces la veía y le hablaba con esa voz apayasada, relatándole las cosas más absurdas, las invenciones más extravagantes en un lenguaje tan adulto que (suponía el abuelo), aportaron mucho al nivel del vocabulario de la nieta.
Ahora, todo ese universo de fantasía donde el abuelo era el mago, el ilusionista, estaba a su disposición... Cruzando nomás esa puerta que siempre permanece abierta. Como una invitación cordial a compartir el silencio, el espacio de trabajo, a contemplar la atmósfera arcana que impera en ese aposento repleto de papeles, carpetas, recortes, la computadora encendida, el teléfono sitiado por papeles, lapiceras y tarjetas. Y la impresora y los diccionarios. Aunque (era obvio) reinaba allí una advertencia tácita, acechante: ¡cuidado, intrusos, no invadir, no tocar, no leer!
Contemplaba la coreografía del cuarto e imaginaba que era un lugar lleno de encanto y misterio. A veces fantaseaba que mientras el abuelo dormía se deslizaba por el cuarto investigando los prodigios de esos aparatos. Cerraba los ojos y parecíale percibir a los duendes de la noche danzar en el cuarto silbándole esas melodías que tanto placer le dan al Abue. En aquellos días debía hacer enormes esfuerzos para no revolver entre el papelerío buscando la intriga, el misterio o el placer; tal vez por simple compulsión, curiosidad o aventura. Pero no se atrevía...
Luego de aquella primera vez que fue sorprendida no le quedaron ganas de repetir el delito., aunque siguié con los deseos de zambullirse entre esas páginas impresas, papeles desordenados, mezclados con papeluchos y sobres. ¡Qué estás haciendo con esos papeles! ¡sos una delincuente! ¡que nunca más te vea en este cuarto! ¿me oíste? Tenía siete años. Se puso a llorar. El Abue la abrazó, secó sus lágrimas y luego le dio una conferencia acerca del orden que debe imperar en un cuarto de trabajo, que su cuarto era un archivo perfecto... Hasta que la nieta echó una mirada inocente alrededor del “orden” y comprendió, entonces, que su abuelo era un soñador. Pero no se atrevió a contradecirlo: él la había sorprendido en pecado.
A veces escuchaba las conversaciones telefónicas del Abue. Podía estar una hora en amena charla sin que tuviera noción del tiempo. Pero le agradaba oírlo, sobre todo cuando algo le causaba gracia y entonces estallaba en ruidosas carcajadas. Conoció, también, los momentos en que el abuelo actuaba como un tremendo cascarrabias, siempre llamando la atención, criticando, dando indicaciones, discutiendo. Y sin embargo ella percibía la generosidad del abuelo. Como la fachada de un monstruo que guarda en su interior un corazón de niño, tierno con los pequeños, amando a los perros como a hijos (excepto los mini perros, a quienes rechaza por principio).

Esa tarde se decidió. Entró al cuarto a oscuras. Abrió los postigos y echó una mirada. Recordó sus advertencias: “...y tratá de dejar todo en orden”. El desorden era tan descomunal, que tuvo que sentarse en la silla giratoria para recuperarse. No había un solo lugar vacío y temblaba pensando que un leve estornudo podría desencadenar un terremoto.
Contempló las paredes y advirtió algunos retratos. Uno de ellos era una antigua foto en blanco y negro: allí estaba el abuelo de jovencito (muy buen mozo, se le ocurrió) con otros dos muchachos. Calzaba zapatos negros con parte de la capellada blanca: y a pesar de los años reconoció fascinada un gesto muy suyo. Era cuando aún tenía el pasado corto y un futuro largo. En otro retrato, bastante reciente, el abuelo aparecía ya mayor. Y pensó con pena que en esa otra foto el Abue tiene un pasado muy largo, y el futuro... Desechó el pensamiento y se quedó callada.
No le hizo falta la prudencia. Sentada allí, respirando esa atmósfera monacal y turbulenta, Zohar decidió dar vueltas y vueltas en la silla giratoria, como en una calesita fantástica, embriagándose con los espíritus y los espectros que, seguramente, la acechaban desde los libros dispersos, las hojas entremezcladas, los recovecos taponados por carpetas, el pulcro y habitual desorden que era la rutina de su abuelo. Dejó de dar vueltas. La silla se detuvo. Cerró los postigos y por primera vez, sin angustias, sin curiosidad ni compulsión, abandonó el recinto. Este cuarto es el espíritu vivo del abuelo, su mundo. Decidió no profanarlo.
Cuando el Abue regresó, Zohar le dijo que no había estado en el cuarto. La miró a los ojos, se sonrió y le dio el regalito que había traído para ella: “¡Tomá! Es una agenda para que aprendas a anotar las cosas y ser ordenada como yo.”


Andrés Aldao

3 comentarios:

Sonia Cautiva dijo...

¡Cómo me hubiera gustado tener a mi Abue! Cómo me hubiera gustado tenerlo así, desordenado, cascarrabias, pletórico de papeles, desordenados junto a fotografías. Lo tuve poco, muy poco y lo necesité mucho. Este Abue de Zohar siento que representa a mi Abue Joan José y Matías(así consta en los pàpeles que guardo aún con saudade.
Señor Andrés,¡Hermoso!

Mercede dijo...

Ahi no hay misterio. Tanto la maravilla de la foto como la ternura y excelencia del relato que conmueve muchísimo. Mercedes Sáenz

Oscar Néstor dijo...

Este relato trae reminiscencias de los tiempos, ya desgraciadamente idos, de los maravillosos abuelos.
Estàn guardados, como tesoros, en el baùl de los mejores recuerdos.