Foto de Cartier Bresson

Foto de Cartier Bresson

miércoles, mayo 30, 2007

TE CAMBIO LA FIGURITA, ¿QUERÉS?

Merci Sáenz


Si se recuerdan las pequeñas paredes que se hacían en la arena con las manos chicas, que tenían forma de inderrumbables murallas, las montañas que sostenían nuestro mundo en el sur, son hoy en la memoria tan frágiles como fuertes fueron en la infancia.

Jugábamos de pantalón corto, para que las rodillas no estuvieran permanentemente mojadas, ni dibujando jirones que, cosidos, eran como caras de títeres que siempre nos miraban en los momentos de detener el juego, cuando una pierna quedaba sobre la otra pidiendo un silencioso permiso para descansar un rato.
El hecho de jugar con pantalón corto, a veces en residuos de escarcha, fue una elección nuestra, cansados de los retos de mamá que con paciencia de abuela, teniendo veinte y pico de años, vivía en en las afueras de Comodoro de Rivadavia, en pleno campo, con hijos que nacían prácticamente uno detrás del otro.
La casa era chiquita y no digo pequeña, sin gas natural, ni luz eléctrica, con cocina a leña de donde salían las tortas de cumpleaños que tiempo después, en Buenos Aires, supe que eran las más torcidas del mundo. Esas circunstancias eran momentos placenteros, que se miden cuando uno conoce la regla y la escuadra, el compás que jamás tenía la mina de lápiz en su lugar y las gomas de borrar, que nunca pertenecieron a una sola cartuchera.
Mamá era una rubia de rodete, pelo molestoso para esa época y era imposible que los vientos (que para nosotros eran de juguete) la dejaran tranquila a la hora en que llegaba papá.
Papá solía irse de esquila tres o cuatro días a un puesto, no muy lejos, a pocas leguas. No lo veíamos salir, lo hacía temprano, pero lo veíamos volver en tardes de poca luz, sobre un caballo que montaba él sólo, tenía puesto siempre un poncho colorado fuego, grueso y de telar, que llegaba casi hasta las patas del animal, gris plomo, lobuno.
Los adultos de esa casa nunca estaban de mal humor, no sé como hacían. No existía en nuestras fronteras la psicología, pero tampoco la posibilidad de desobediencia. Tal vez por la amabilidad de mamá y esa mezcla de autoridad subliminal de papá que, cuando quería que algo no se hiciera, solo tosía, con dos tonos secos de una tos que no era de fumador. Esa misma tos la usaba con los perros, los caballos y los hijos del capataz, que eran siete.
Era como una aparición verlo llegar, nos poníamos en fila por orden de nacimiento, sin que jamás nos hayan indicado nada. Duraba sólo un instante hasta que sus botas altas tocaban la tierra y entonces sus pasos se acercaban cansados y nos rozaba la cabeza.
Eso era todo.
Pero quedó en la memoria, porque fue de los pocos gestos que parecían naturales, simultáneos, y era el momento en que el Dios de un segundo, el que se bajaba de su caballo, se convertía en hombre.
Hay un contraste que se entreteje de viento silbando en los oídos y de venidas a Buenos Aires, donde a mamá tanto su familia como la política la esperaban para parir. Casi todos nacimos acá. Nos fuimos de las tierras del Sur cuando nació el número siete. Se mezclaban acá las costumbres de una familia de clase media, de polleras escocesas para las mujeres y pantalones grises para los que tuvieran la suerte de haber nacido varón. Es que resultaba curioso que nuestro hermano mayor no pudiera jugar con nosotros, el dios del rojo fuego tenía temor a que se afeminara. Después de él veníamos cinco mujeres seguidas. Cuando nació el séptimo, a los pocos meses, sabía tirar la pelota, apretar los puños para un simulacro de boxeo y tragarse el llanto, independiente de su valentía, porque calladamente, no era bueno que llorara. Jugó a las espadas inventadas mucho antes de lo previsto para cualquier chico.
Cuando se transitó por una determinada infancia y se ha llegado a grande, especialmente en campos inhóspitos del sur, los sectores de la memoria son iguales a los potreros, con poco alambre porque el viento todo lo tira, con miles de ovejas, como pequeñas islas blancas, con la cola contra el viento e intentando siempre comer la poca pastura que existía.
Otra cosa eran las cabras. Parecían no necesitar nada, saltando de un lugar a otro, cerca de la casa, cerca de los cerros, no se tropezaban con sus propias ideas, parecían libres a pesar de que a veces, al azar, una era elegida para ser clavada en cruz delante de las brasas, que en el frío adquieren colores que nunca más vuelven a repetirse en la memoria .
Si en mi cabeza existen pinceladas de buenos momentos, los encuentro, juntando ostras en una playa pedregosa y gris en que el sol tapaba el frío y convertía en plateado todo lo que tocaba. Nos dispersábamos por lugares inmensos, saltando como las cabras. Caminábamos marcha atrás haciéndole burla a los cangrejos. No había miradas de control ni sensación de alerta. Al mar le decíamos el cielo acostado y a su blancura ovejas obedientes que venían sin miedo a saludarnos. Ningún baqueano ni ovejero las corría de atrás.
En retazos de agua que quedaban entre las rocas, aún en pleno invierno, hundíamos los pies y ahí sí nos mojábamos más de lo debido. Pero no había retos, tal vez una toalla o un cambio de ropa no parecía importante.
Nunca supe si papá alguna vez en esas playas inmensas utilizó su incorporado código de dos toses. El viento y el mar siempre fueron más fuertes. Eso sí, en cuanto empezaba a bajar el sol estábamos atentos, si un brazo musculoso y de camisa remangada hacia un gesto parecido al de los maquinistas de tren cuando necesitaban sonar su bocina, inmediatamente subíamos al auto de turno sin decir nada. Creo que es el gesto que se usa en los ejercicios militares cuando hay que juntar silenciosamente a los soldados.
Es con absoluta intención que no quiero poner nombres, al menos todavía, porque el Dios del fuego, entre otras cosas escribía y, tal vez predestinado por los evangelios, el título de su libro y su contenido ganaron un premio importante.
Tengo la sensación no sólo en la memoria sino también en las entrañas, que un libro empezó a escribir otra historia en nuestras vidas.
En ésa época el primer año de colegio se llamaba primero inferior; connotaciones aparte, el más grande de mis hermanos terminó el año en Comodoro Rivadavia sin saber leer ni escribir y no precisamente por no tener condiciones, sumado a que el campo se había prendido fuego en gran parte, decidieron que se vendía todo y que nos instalaríamos en Buenos Aires.
El traslado fue complicado para la época, pero fue un traslado.
El tema puntual era la inserción definitiva e integrarse al resto de chicos pequeños fue, sin que lo supiéramos, todo un desafío. Teníamos una mezcla de tazón sostenido con las dos manos en el desayuno para aplacar el frío con la prohibición, también incorporada, de jamás apoyar los codos en la mesa. Los cubiertos, entre bocado y bocado debían estar cruzados sobre el plato, nunca como si fueran los remos de una lancha redonda.
Ya entonces éramos nueve hermanos. Un varón, cinco mujeres, tres varones.
Alquilaron un departamento en una de las cuadras más lindas de Buenos Aires, el colegio quedaba en la esquina y hasta que no tuve capacidad para hacerlo no sabía que vivía en un lugar parecido a un pedacito de Francia. Le decían la calle de las embajadas.
El primer día de clase no sabía mucho qué hacer ni qué decir. Todas las de mi edad tenían unos libros que entre sus hojas guardaban, cuidadosamente, figuritas de colores fuertes y llenas de brillantina.
Encontré una en el piso. La levanté sin saber su cotización, ni su pertenencia, ni quién era el personaje. Como a una mariposa con las alas débiles, la encerré entre mis manos, haciendo fuerza sólo con la punta de los dedos... Como había visto en esas playas inmensas las conchillas de las almejas. No sabía si de allí saldría una perla, o la había convertido en rehén para poder comunicarme con el resto.
Era bueno que usáramos delantales blancos, por eso de que en el montón uno se siente rebaño.
Guardé silencio el mayor tiempo posible, un poco obligada por la vergüenza y otro poco porque nadie me hablaba. Me parecía oportuno el hermetismo. Porque cuando no se sabe nada sobre alguien, sólo las pequeñas referencias de nuestros padres, el silencio hace imaginar en los otros las cosas más maravillosas o más deplorables. No sabía cual de estas dos sentencias me iban a ser aplicadas, pero sí necesitaba especular con el misterio. Necesitaba no mostrar miedo que, con seguridad, era con lo único que contaba.
En el Colegio todas las monjas estaban vestidas de blanco, con una fuente de peces de colores en el medio de un jardín con palmeras. Las clases eran muy luminosas y en todas ellas, había pájaros y plantas.
Este recuerdo me ha servido mucho en la vida, no sólo aprendí a ver luz donde no la espero, sino a enamorarme de cualquier cosa que pudiera venir de un santo descalzo y de bastón de palo. Ninguno de mis hijos se llama Francisco. Tal vez porque es como entiendo el amor y como entiendo a la Iglesia. Tal vez ponerle ese nombre cuando un amor así desborda, es condicionarlo a algo, y no estaba en mis planes que ninguno fuera educado bajo la presión de nada que debería hacerse por elección.
Llegó el recreo y me senté en el borde de la fuente, con las manos juntas, unidas solamente por la punta de los dedos. Corrían a mí alrededor un montón de chicas de todos los tamaños, haciendo bastante ruido. Sentía que mi silencio no lo escuchaba nadie y yo trataba de imaginar si debajo del agua los peces se escuchaban entre si. Parecía que el alboroto de afuera era de otro planeta y plácidamente nadaban prisioneros en un mundo fabricado para ellos. Yo no sabía a esa edad si habían conocido otros.
Una sombra oscureció todo mi cuerpo, alguien se había sentado frente a mí, con ojos grandes y dos trenzas y no requirió mi nombre.
Me preguntó que tenía en las manos. Le contesté que una figurita que no quería estar en las hojas de un libro. Abrí mis manos apenas y cuando la vió, me preguntó si quería cambiarla por la más difícil de Blancanieves. Le dije que sí e hicimos el cambio. Nunca supe si engañé o me engañaron. Sabía que estaba poniendo en práctica los códigos de Buenos Aires. Que tenía que volver a casa, cruzando la calle con mis hermanas menores de la mano, porque amablemente era lo que había pedido papá, que ahora parecía otro hombre. El también tenía algo escondido entre las manos, algo que cambiaría nuestras individuales y pequeñas historias, mientras la amabilidad de mamá seguía intacta.
Era curioso: a medida que pasaba el tiempo, a pesar de que la vida permanentemente es simultánea, cómo se perfilaba la personalidad de cada uno, pero para el afuera del mundo éramos un bloque de nueve.
Para salir todos juntos a cualquier evento social, además de contar con la ayuda de los más grandes para alistar a los más chiquitos, nos sentaban a los que ya estábamos bañados, peinados y vestidos en la mesa de comedor, del comedor de los grandes.
Una nueva frontera, una isla de roble bueno y oscuro que nos sostenía sentaditos, moviendo las piernas sin parar por la impaciencia lógica, pues papá, concordando con el estilo de nuevo hombre que era, ahora había impuesto una orden amable y en voz tranquila: parálisis parcial, eso significaba que sucediera lo que sucediera, nadie podía moverse de un lugar. Seguía vigente la imposibilidad de desobedecer. Esta orden era utilizada en plazas, estando de visita, o en alguna esquina en donde hubiera que esperar algún momento por la charla distraída de los adultos.
En caso de ser necesario utilizaba “el silencio absoluto” que, por supuesto, lo único que se escuchaba era silencio. Nunca entendí, ni aún siendo una de las mayores, como los bebés no lloraban. Nada sabía en esa época del subconsciente colectivo, ni de la masificación de las populares de fútbol, ni siquiera de algún pacto que por conveniencia hubiéramos hecho.
La orden que menos se usaba era la de parálisis total, en alguna prueba de dobladillo, si es que papá pasaba por ahí, o para revisar alguna garganta rebelde y roja.
“El silencio parcial” se ponía en práctica cotidianamente pues nos permitía hablar poco, bajo, y de allí surgían juegos, burlas, tiradas de papelitos, adivinanzas y algunos tenían la posibilidad de quedarse dormidos.
Mamá seguía siendo la misma persona amable y cariñosa y no sé como encajaba en esa ecuación matemática, tal vez porque no sumábamos diez y cualquier cosa divida por nueve, según la prueba del nueve de ese entonces, da cero.
Papá seguía escribiendo, ganaba premios, dicen que tenía éxito. Yo no entendía demasiado, pero sé que por alguna época de esas empecé a escribir. No inventaba demasiado, a pesar de tener mucha imaginación, tenía miedo de transgredir alguna regla que no conocía.
Cuando el más grande tenía catorce años y el menor dos, papá se fue de casa, y nunca más volvió a vivir con nosotros.
No hay diálogos ni nombres, porque no importan como se llamen ciertas cosas que sucedieron a mediados del siglo pasado, aunque fueran ciertas. El corazón quiere entenderlo, pero la razón no la deja.
Sólo me pregunto, ahora que veo la vida de todos mis hermanos, la mía propia, que los veo de frente y perfil, de lejos y de cerca... No sé por cuál figurita me hubiera cambiado, no sé si me hubiese quedado atrapada entre las hojas de un libro. No sé si me atrapó la vida como a una vieja figurita de Blancanieves y me dejó flotar suavemente entre peces que no conozco. Sólo sé que estoy viva. Y que por ella me deslizo; y por momentos feliz. No deja de acompañarme una sensación de locura y de sentirme diferente de los que considero mis pares.
Los nueve estamos vivos, y mamá y papá también.

1 comentario:

Doris dijo...

Notable exposición de una forma de educar en las sociedades de América.