Foto de Cartier Bresson

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miércoles, diciembre 19, 2007

Esa tarde tranquila de feriado

por Ester Mann


La mujer volvía del parque con los dos chicos. Empujaba el cochecito del nene con sus dos manos, el nene, tan chiquito y tierno, dormía...La nena, de casi tres años, parloteaba como siempre y le hacía preguntas que ella contestaba distraída.Iba agarrada a la barra del cochecito y por momentos se subía al pedal delantero. La mujer pensaba en la larga tarde de feriado que la esperaba. El marido estaría encerrado en el cuartito haciendo fotografías hasta la noche. Ella estaba aburrida...La aburría jugar con la nena. Llegaron al bar de la esquina y para matar unos minutos más, decidió entrar a tomar algo: un café, coca cola para la nena. Vio, distraída, mucho movimiento en la calle para un feriado y aun a la hora de la siesta. Fin de la primavera y un día de calor. Terminaron de tomar, muy rápido para su gusto, y cruzaron la calle. En la vereda varios vecinos la señalaron: “¡Ahí viene! ¡Ahí viene la esposa!


Una espada le atravesó el pecho. Los autos policiales, la gente agrupada en la calle, ¿tenían relación con ella? ¡No! ¡Imposible! Siguió caminando lentamente, pera ya no con distracción y aburrimiento: con miedo y a la vez con un presentimiento de desgracia inevitable. Lo que fuere ya esta allí y ella va, fatalmente, hacia ello.


De antemano está resignada y pronta para abrazar su destino...Siempre supo que la felicidad era una trampa, siempre intuyó que cualquier día la desgracia la estaría esperando, que la paz era una farsa montada ¿por quién? ¿Acaso la vida no le había demostrado una y otra vez que ella no era como todos? Está cansada, demasiado cansada para huir o retroceder....


Como en una obra de teatro se vio caminar hacia la casa con los dos chicos, se vió subir las escaleras y entrar al departamento. Toda la ropa tirada en el suelo, varios tipos de civil, inclusive uno con pinta de hippie, revolvian los libros, los discos, tiraban, separaban, hablaban entre ellos... Ella empezó a gritar, pero no había perdido el control, sólo actuaba, actuaba y se veía actuar, ni a sí misma le resultaba convincente su indignación y sus amenazas y ellos las tomaban a broma.


Uno escribía un informe del allanamiento en la máquina de escribir portátil que encontró en el estudio. Le quitaron el bebe de los brazos y se lo entregaron a una de las tan caritativas vecinas que antes, en la calle, la habían identificado en alta voz. Como si tuviera taponados los oídos, escuchaba un fondo de llanto, la nena lloraba pero ella no la consoló...


Ya nunca más pudo consolarla. A partir de esa tarde de feriado, la nena tuvo que arreglarse sola.


Esa tarde tranquila de feriado, a la hora de la siesta, en un aburrido día del fin de la primavera, terminó la pequeña vida de esa joven mujer.

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La nena era muy pequeña para tener planes o ideas sobre el mundo, por lo que de inmediato su corazón cavó trincheras y enterró su corto pasado. De ahí en más, su vida siempre se movió bordeándolas, esquivándolas, rodeándolas... El duro carozo de su pena quedó bien enterrado y cubierto por la tierra acumulada durante los años siguientes y fue olvidado. El miedo, la desilusión, la angustia de ese día se arrinconaron en el pozo y esperaron...Toda vez que algo desconocido aparecía o alguien la lastimaba el hoyo liberaba de las profundidades cierta medida de soledad, un poco de inquietud, de desesperanza. Con el tiempo y aunque tenía una buena vida, se convirtió en una mujer impaciente, irascible, nerviosa. Nunca pudo abrir la cueva y desenterrar las raíces podridas de su primera infancia...


Su hermanito, en cambio, no había perdido nada, porque nada tenía. En sus dos semanas de vida no había adquirido ninguna experiencia. El dolor de la separación fue un hecho dado, como el sol, el frío, el calor...Sí, desaparecieron los olores y sonidos que lo habían acompañado durante nueve meses y dieciseis días, pero aparecieron otros que tambien le dieron alimento, calor y cuidados. Se convirtió en un hombre fuerte, terco, que confiaba sólo en sí mismo. Aprendió que el mundo cambia a su alrededor, pero él tiene su yo y puede confiar en él.





Hasta aquí la historia mínima de tres personas. Los que los frecuentaron afirman que rehicieron su existencia, curaron sus cicatrices, se volvieron a conocer y amar y hasta el día de hoy continúan viviendo en paz y armonía.


Sin embargo, otros, que tal vez los conocen mejor, aseguran que nunca superaron el pozo de soledad que cavó ese día en sus almas, no pudieron reconocerse y hasta el presente estos tres seres viven en distintos continentes, no tienen trato entre sí, ni saben sus nombres o lugares de residencia actuales. ■





© Ester Mann

2 comentarios:

Mercedes Sáenz dijo...

El dolor trabaja especialmente los feriados. Muy buen relato. Reconocer en esos protagonistas a muchos. Vacío por saber que nadie va a saberlo y sentirlo de la misma manera que el que lo vivió

silvia dijo...

Esther, has logrado poner en palbras el dolor de cuando nos destrozaban el mundo.

silvia